Efeméride del 25 de diciembre de 1991: la caída de la dictadura comunista de la Unión Soviética
El 25 de diciembre de 1991, mientras el mundo celebraba Navidad, Mijaíl Gorbachov anunció la disolución de la URSS: el final de un experimento comunista que nació como dictadura, dejó una estela de crímenes —Holodomor, gulags, censura y purgas— y terminó derrumbado por su fracaso económico y moral, frente a la superioridad del capitalismo y el grito silencioso de millones que escaparon del socialismo en busca de libertad.
El 25 de diciembre de 1991, Mijaíl Gorbachov anunciaba la disolución oficial de la Unión Soviética, poniendo fin a siete décadas de experimento socialista. La URSS había nacido de la Revolución de 1917 con la promesa utópica de una “dictadura del proletariado”, pero en la práctica se convirtió de inmediato en una férrea dictadura de partido único. Desde sus inicios, el Estado soviético utilizó la represión sistemática para consolidar su poder: la ideología marxista-leninista legitimó el uso despiadado de la fuerza para eliminar a cualquier clase “antagonista” o disidente. Bajo el mando de Lenin primero y sobre todo de Stalin después, el nuevo régimen erigió un aparato de represión estatal sin precedentes, con policía secreta (Cheka, NKVD, KGB) y un sistema legal que criminalizaba toda oposición. Muy pronto, palabras como “terror” y “represión” se volvieron moneda corriente en el léxico político soviético, reflejando la realidad de un gobierno que no dudaba en aplastar cualquier atisbo de libertad en nombre del proletariado. Lo que nació con el discurso de emancipación obrera derivó así en un régimen totalitario: un Estado policial que vigilaba, censuraba y castigaba a sus propios ciudadanos en pos de la ortodoxia comunista.
Los crímenes del régimen soviético
A lo largo de su existencia, la Unión Soviética incurrió en crímenes atroces contra su población y otros pueblos, consolidándose como uno de los regímenes más represivos del siglo XX. Entre sus principales atrocidades históricas cabe destacar:
- Holodomor (1932–1933) – La colectivización forzosa de la agricultura impuesta por Stalin desató en Ucrania una hambruna terrorífica conocida como Holodomor. Este “asesinato por hambre” arrasó con poblaciones enteras: se estima que la hambruna causada deliberadamente por las requisas estalinistas provocó la muerte de entre 7 y 10 millones de personas inocentes en 1932-33. La evidencia histórica apunta a que no fue un desastre natural ni un error, sino una política intencional para doblegar al campesinado ucraniano, hoy reconocida por muchos historiadores como un genocidio planificado.
- Censura sistemática y supresión de libertades – Desde sus inicios y a lo largo de toda su historia (1922–1991), el régimen soviético impuso una férrea censura ideológica en todos los ámbitos. No existía libertad de prensa ni de expresión: todos los medios respondían al Partido Comunista y solo difundían la propaganda oficial. Los libros “peligrosos” eran destruidos o confinados a archivos secretos; la información se manipulaba y ocultaba, y disentir abiertamente del discurso oficial podía costar la carrera, la libertad o la vida. Hubo breves periodos de relajamiento censurador – tras la muerte de Stalin en 1953 y durante la glasnost de Gorbachov en 1986 – pero incluso entonces la libertad de expresión fue muy limitada. En esencia, durante gran parte del siglo XX la URSS funcionó como una sociedad amordazada, sin prensa independiente, sin elecciones libres y sin derecho a la disidencia.
- Red de gulags (campos de trabajo forzado) – El terror soviético se institucionalizó en el sistema de campos de concentración conocido como GULAG. Desde 1930, la Dirección General de Campos de Trabajo Correccional (Gulag) gestionó cientos de campos a lo largo de la URSS donde eran enviados presos de todo tipo, particularmente “enemigos del pueblo” considerados opositores políticos. Se calcula que alrededor de 14 millones de personas pasaron por estos campos a lo largo de la historia soviética, sufriendo trabajos forzados en condiciones inhumanas. Las muertes por agotamiento, enfermedades, frío extremo y ejecuciones sumarias fueron masivas: más de un millón de decesos están documentados en los gulags entre 1934 y 1953. El Archipiélago Gulag, inmortalizado por Aleksandr Solzhenitsyn, se convirtió en sinónimo del horror totalitario: una herramienta para infundir miedo y eliminar físicamente a cualquiera percibido como disidente del régimen.
- La Gran Purga (1936–1938) – En la cúspide del terror estalinista tuvo lugar la Gran Purga, también llamada el Gran Terror. Fue una campaña de persecución política paranoica orquestada por Stalin, dirigida no solo contra opositores reales sino contra el propio Partido Comunista, las fuerzas armadas y la ciudadanía en general. En esos años, las denuncias, las confesiones bajo tortura y los juicios espectáculo sentenciaron a muerte o al gulag a cientos de miles de personas. Se purgó al Partido de supuestos “traidores”, se exterminó a la oficialidad del Ejército Rojo, se deportó a minorías étnicas enteras y se ejecutó o encarceló a ciudadanos de a pie acusados de saboteadores o espías imaginarios. Las estimaciones hablan de entre 681.000 y 2 millones de víctimas (entre fusilados y enviados a campos) solo durante este bienio negro. La Gran Purga sembró un clima de terror absoluto: la delación y la paranoia impregnaron la sociedad, destruyendo el tejido intelectual y militar de la nación a un nivel difícil de calcular.
- Persecución ideológica y purgas continuas – Más allá de episodios específicos, el régimen soviético mantuvo una persecución ideológica constante contra cualquier forma de desviación del pensamiento único comunista. Los disidentes políticos, demócratas, liberales, monárquicos, e incluso distintos marxistas críticos fueron tratados como “enemigos del pueblo”, categoría ominosa que justificaba su aniquilación. La mera sospecha de críticas al Partido o de tendencias “burguesas” podía conllevar encarcelamiento o ejecución. Asimismo, hubo persecución religiosa (iglesias cerradas, clérigos encarcelados o fusilados) y represión de minorías nacionales enteras, acusadas colectivamente de deslealtad. Stalin deportó a pueblos completos (chechenos, tártaros de Crimea, entre otros) a regiones remotas, en castigo colectivo bajo pretextos étnicos o políticos. Incluso después de Stalin, la intolerancia ideológica siguió vigente: hasta los años 80, los disidentes soviéticos que se atrevían a pedir reformas o libertades (desde escritores como Solzhenitsyn hasta científicos y defensores de derechos humanos) fueron vigilados por la KGB, difamados, internados en psiquiátricos o empujados al exilio. En suma, la URSS se constituyó en un aparato represivo total: un Estado-policía que elevó la violencia de Estado al rango de política cotidiana, dejando un saldo de decenas de millones de víctimas entre muertos, presos políticos y vidas rotas.

El fracaso estructural del socialismo frente al progreso capitalista
Más allá de la represión, la experiencia soviética evidenció un fracaso económico estructural que, con el tiempo, resultó insostenible. La economía centralmente planificada de la URSS logró industrializar al país a gran velocidad en sus primeras décadas, pero a costa de enormes sacrificios humanos y con grandes ineficiencias. Con el tiempo, esas fallas del modelo se hicieron patentes. La ausencia de señales de mercado condenó a la economía soviética a desequilibrios crónicos: sobreproducción de bienes inútiles y escasez aguda de productos básicos, todo al mismo tiempo. Para los años 1970 y 1980, la situación era insostenible: por mucho que se intentara planificar “científicamente”, sin oferta y demanda reales el sistema no podía asignar recursos de forma racional. El propio Partido se vio obligado a admitir tímidas reformas pro-mercado (la perestroika) al constatar que la planificación absoluta “era imposible” y que el país sufría carestías escandalosas en rubros esenciales.
Las tiendas soviéticas eran notoriamente deprimentes: largas colas y estantes vacíos pasaron a ser imágenes cotidianas del “paraíso de los trabajadores”. La Unión Soviética, aun siendo una superpotencia militar, no podía garantizar el abastecimiento de alimentos ni bienes de consumo para su gente. Hubo escasez crónica de productos tan básicos como papel higiénico, jabón, ropa o carne – artículos comunes en cualquier supermercado occidental brillaban por su ausencia en el bloque comunista. Mientras tanto, al otro lado del Telón de Acero, las economías occidentales basadas en el capitalismo demostraban un dinamismo muy superior. Países devastados tras la Segunda Guerra Mundial, como Alemania Occidental, Italia o Japón, disfrutaron “milagros económicos” bajo esquemas de libre mercado, alcanzando altos niveles de prosperidad para sus ciudadanos en pocas décadas. La comparación entre sociedades abiertas y sociedades planificadas se volvió irrefutable: el capitalismo democrático propició riqueza y avances, mientras el socialismo real derivó en escasez y estancamiento.

Un caso paradigmático fue el de las dos Alemanias. Tras la guerra, Alemania quedó dividida: el Oeste capitalista y el Este comunista. Cuarenta años después, la diferencia era abismal. La Alemania Oriental (RDA), bajo régimen socialista, llegó a 1989 con un PIB per cápita que era apenas el 31% del PIB per cápita de la Alemania Occidental. En otras palabras, después de décadas de planificación central, los alemanes del Este eran tres veces más pobres que sus hermanos del Oeste, a pesar de compartir historia y cultura. La falta de innovación tecnológica, la baja productividad, la mala calidad de los bienes producidos y la ausencia de incentivos individuales explicaban este rezago. El contraste era evidente también en el nivel de vida: en Occidente los ciudadanos gozaban de libertades, bienes de consumo variados y mayores oportunidades; en la URSS y sus satélites, en cambio, la población hacía colas durante horas para obtener alimentos racionados, tenía poco que comprar con sus rublos desvalorizados y vivía rodeada de industrias obsoletas. En suma, el sistema socialista fracasó en proporcionar bienestar sostenible. Sus logros puntuales (alfabetización, cierto desarrollo industrial, potencia militar) no compensaron la improductividad y la miseria relativa que acabaron minándolo desde adentro. Hacia fines de los 80, la Unión Soviética enfrentaba una crisis económica terminal – escasez de energía, tecnología atrasada, deuda y crecimiento nulo – que hizo inevitable su transición al capitalismo para evitar el colapso total. El contraste histórico no podía ser más claro: las economías de mercado de Occidente superaron ampliamente en prosperidad y libertad a la economía estatal soviética, dejando al desnudo el rotundo fracaso estructural del socialismo real.
Éxodo desde el “paraíso” comunista: la huida masiva hacia la libertad
Pocas evidencias tan contundentes del rechazo que generaban los regímenes comunistas como el constante éxodo de personas escapando de ellos. Durante la Guerra Fría, millones de seres humanos votaron con los pies, arriesgando todo para huir de los países socialistas hacia el mundo libre. Esta dinámica migratoria fue unidireccional: nadie escapaba del Occidente capitalista hacia la URSS, mientras que multitudes hacían lo imposible por huir en sentido contrario. El caso de Alemania Oriental es ilustrativo: la República Democrática Alemana perdió alrededor de 3 millones de ciudadanos que se fugaron al Occidente entre 1949 y 1961, en busca de oportunidades y libertades negadas en el Este. Tal sangría humana llevó al régimen comunista alemán, tutelado por Moscú, a construir el infame Muro de Berlín. Esta barrera de hormigón, alambre de púas y torres de tiro se levantó “con un único propósito claro: evitar la fuga masiva de los habitantes de la zona comunista hacia la libertad” en Occidente. Lejos de proteger a la población, el Muro fue una gigantesca cárcel a cielo abierto: dividió familias y convirtió a todo un país en prisionero de su gobierno.
Aun así, miles de alemanes orientales desafiaron al Muro durante sus 28 años de existencia. Las medidas de seguridad eran brutales – soldados autorizados a disparar a matar, alambradas electrificadas, perros entrenados – y sin embargo más de 200 personas fueron acribilladas a balazos mientras intentaban cruzar al otro lado buscando libertad. Estas muertes trágicas atestiguan la desesperación de quienes preferían arriesgar la vida antes que seguir viviendo bajo la opresión comunista. Y Alemania del Este no fue la única. En toda Europa del Este, millones buscaron escapar: húngaros, polacos, checos y otros aprovecharon cualquier resquicio (fronteras menos vigiladas, visados, refugio en embajadas occidentales) para huir del “Telón de Acero”. En 1989, antes de la caída del Muro, más de 13.000 alemanes orientales lograron huir vía Hungría en un solo mes, cuando Budapest abrió brevemente su frontera. Esa estampida anunció simbólicamente el principio del fin para el bloque soviético.

Fuera de Europa, la misma historia se repetía. Cuba, bajo la dictadura comunista de los Castro desde 1959, vio escapar a cientos de miles de sus hijos. Generaciones de “balseros” se lanzaron al mar Caribe en precarias embarcaciones, arriesgando todo por llegar a la Florida y a la libertad. Se calcula que cerca de un 20% de esos balseros perecieron ahogados o devorados por tiburones en el intento, cifra espeluznante que refleja hasta qué punto la gente huía del socialismo isleño a pesar del altísimo riesgo. Historias similares ocurrieron con los boat people de Vietnam tras 1975, con refugiados de Camboya, con norcoreanos escapando hacia China o Corea del Sur a través de zonas minadas, y con tantos otros ejemplos. En todos los casos, la dirección del escape es reveladora: las poblaciones huían de países marxistas-leninistas para refugiarse en naciones de economía libre. Este voto con los pies constituyó quizá el plebiscito más claro sobre qué sistema ofrecía realmente una vida digna. Mientras las élites comunistas hablaban de paraísos proletarios, sus ciudadanos construían túneles, escalaban muros, cruzaban alambradas o se hacían a la mar con tal de librarse del yugo colectivista. Cada persona que saltó el Muro de Berlín o que remó hacia Florida fue un testimonio viviente de que, en la pugna entre comunismo y libertad, la gente escogía la libertad.

El colapso soviético: triunfo del individuo sobre el colectivismo
La disolución de la Unión Soviética en 1991 no solo significó el fin de un Estado, sino que simbolizó el derrumbe de una ideología colectivista ante los valores de la libertad individual. El colectivismo marxista, que supeditaba los derechos del individuo a una abstracción llamada “el pueblo” o “la clase”, mostró su verdadero rostro: en palabras del pensador liberal Isaiah Berlin, resultó ser “tiranía en nombre de la liberación”. Durante décadas, la propaganda soviética proclamó la construcción de una sociedad igualitaria y justa, pero la realidad fue un “férreo e impiadoso régimen que abolió cualquier atisbo de libertad política, social y cultural”. La promesa de la utopía colectiva degeneró en un aparato opresor que negaba la iniciativa individual, la propiedad privada, la pluralidad política e incluso la conciencia personal. Por eso, cuando ese régimen colapsó bajo el peso de sus contradicciones, la victoria no fue solo geopolítica sino profundamente filosófica: fue la reafirmación de que el individuo y sus derechos inalienables prevalecen sobre cualquier proyecto colectivo impuesto a la fuerza.
El 25 de diciembre de 1991, al arriar la bandera roja del Kremlin, se selló la derrota histórica del comunismo y el triunfo de los ideales de libertad. Decenas de naciones que habían estado cautivas recuperaron su soberanía nacional (Estonia, Letonia, Lituania, Ucrania, Georgia y muchas más), y cientos de millones de personas dejaron de ser súbditos de un partido único para aspirar a ser ciudadanos con derechos. La caída del bloque soviético demostró que ninguna dictadura puede sofocar para siempre el deseo de libertad del ser humano. En última instancia, el colectivismo autoritario – que pretendía moldear a la sociedad anulando al individuo – no pudo con la aspiración individual a pensar, elegir y vivir en libertad. Como escribió un editorialista al celebrarse la caída del Muro de Berlín, “caía uno de los más espantosos símbolos de la dictadura comunista…, y quedaba una lección para actuales y futuras [generaciones]: la libertad se abrirá paso eternamente”. En efecto, la historia dio la razón a quienes confiaban en el ingenio, la creatividad y la dignidad del individuo frente a los dogmas uniformizadores. La derrota del experimento soviético fue, en esencia, la victoria de los valores liberales: gobierno limitado, economía de mercado, derechos humanos y soberanía del individuo sobre su propio destino.
25 de diciembre: una efeméride para celebrar la victoria de la humanidad sobre el totalitarismo
Por todo lo anterior, el 25 de diciembre de 1991 debe recordarse como una fecha de triunfo de la humanidad contra el totalitarismo. Aquel día, con la renuncia de Gorbachov y la extinción formal de la URSS, se cerró el capítulo de una de las tiranías más extensas y sangrientas del siglo XX. No se trata de regodearse en la humillación de un imperio caído, sino de celebrar la liberación que su caída supuso. La noche de Navidad del 91 marcó el nacimiento de la esperanza para millones de personas que hasta entonces habían vivido detrás de alambre de púas ideológico y fronteras cerradas. Fue, en cierto modo, el segundo “Día de la Victoria” en Europa – no contra el fascismo esta vez, sino contra otra forma de tiranía. Así como el 8 de mayo de 1945 representó la derrota del nazismo, el 25 de diciembre de 1991 representó la derrota del comunismo soviético. Ambas fechas simbolizan la victoria de los principios democráticos sobre la opresión, y ambas costaron ríos de sangre y sufrimiento.
Recordar esta efeméride desde una mirada liberal-libertaria es subrayar por qué la libertad importa. Es honrar la memoria de las víctimas del comunismo – los muertos de las hambrunas provocadas, los ejecutados en las purgas, los presos políticos que pasaron años en un gulag por pensar diferente, los balseros que nunca llegaron a la costa de la libertad. Es también rendir tributo al coraje de los disidentes, de los que se enfrentaron al régimen con una imprenta clandestina, una voz valiente o una protesta en las calles de Praga, Budapest o Moscú. El 25 de diciembre de 1991 el mundo comprobó que “el imperio de la mentira” – ese que sostenía la Unión Soviética – podía desmoronarse, y que los anhelos de democracia, libre mercado y respeto a los derechos humanos podían al fin materializarse en sociedades antes oprimidas.
En el contexto actual, cuando nuevas formas de autoritarismo y viejos nostálgicos del comunismo intentan reescribir la historia, es vital mantener viva la memoria de lo ocurrido. Conocer la verdad sobre la URSS – su origen dictatorial, sus crímenes atroces, su colapso inevitable – inmuniza a las nuevas generaciones contra los cantos de sirena del colectivismo. Por eso esta fecha no es solo un hito histórico, sino un llamado a la vigilancia permanente en defensa de la libertad. Cada 25 de diciembre deberíamos levantar una copa no solo por la Navidad, sino por la caída de un imperio tiránico y la emancipación de millones. Es un aniversario para celebrar la victoria de los ideales de 1776 y 1789 (la libertad individual, la búsqueda de la felicidad, la soberanía popular) sobre la oscuridad del totalitarismo del siglo XX. En definitiva, la disolución de la Unión Soviética fue una victoria de la humanidad: la libertad venció al miedo. Mantengamos vivo ese legado y recordemos siempre que, aunque el precio de la libertad es alto, sus frutos son el único camino hacia la dignidad y el progreso humano duradero.
