Trump afirma que la dictadura cubana está a punto de caer por el corte de suministro de petróleo venezolano
La advertencia de Donald Trump sobre un inminente colapso en Cuba vuelve a exponer el talón de Aquiles del régimen: una economía dependiente del “petróleo político”. Sin los envíos de Venezuela y con señales de freno desde México, la isla enfrenta más apagones, escasez y presión social, en un modelo estatal que no genera divisas ni energía propias y queda a merced de los cambios de poder en la región.
Donald Trump aseguró que Cuba “está a punto de caer” porque dejó de recibir petróleo desde Venezuela. Pero en las últimas horas el panorama se endureció: México —a través de Pemex— habría pausado/suspendido cargamentos, y Rusia, por ahora, no anunció un salvataje energético (se limita a declaraciones y gestos diplomáticos).
Trump hizo la afirmación ante la prensa antes de un mitin en Iowa, vinculando el destino del régimen cubano con el corte del crudo venezolano. Venezuela llevaba alrededor de un mes sin despachar crudo a la isla, mientras Washington endurece el cerco sobre la cadena de suministro.
El problema para La Habana es que no se trata solo de Venezuela. La presidente de México, Claudia Sheinbaum, no negó reportes sobre la suspensión de envíos a Cuba y lo enmarcó como una “decisión soberana”, mientras crecen los costos diplomáticos frente a la presión de Estados Unidos. En la misma línea, Pemex suspendió/canceló un cargamento que debía salir en enero de 2026 (incluyendo menciones a un embarque retirado del calendario). La agencia AP también consignó que México pausó al menos temporalmente esos envíos, con un mensaje público deliberadamente ambiguo.
Con ese doble corte, el golpe es directo: menos combustible significa más apagones, menos transporte y más parálisis económica. No es casual que México haya pasado a ser un proveedor clave: Reuters señaló que en 2025 México fue el segundo mayor abastecedor y detalló volúmenes de entregas de Pemex a lo largo del año.
¿Y Rusia? En Moscú sobran declaraciones contra el “chantaje” y las amenazas sobre Cuba, e incluso la cancillería rusa calificó como inaceptable esa presión. Pero en lo concreto no aparece un puente energético capaz de reemplazar a Venezuela: un despacho de EFE remarcó que, hasta ahora, Rusia optó “por las declaraciones y el simbolismo” y que la ayuda de aliados no alcanza para cubrir el vacío dejado por Caracas. En paralelo, TASS difundió una respuesta de la diplomacia rusa ante versiones de un eventual bloqueo naval, centrada en la condena política y legal del escenario, no en un plan de suministro.
En paralelo, en plena desesperación por sostener el sistema eléctrico, Cuba salió a comprar combustible en África: un cargamento pequeño, de calidad incierta/baja y pagado al contado a través del hub de Lomé (Togo). Sin embargo, hasta el momento no hay confirmación de que ese buque haya llegado a la isla; incluso reportes de seguimiento marítimo indican que el petrolero Mia Grace —que había zarpado rumbo a La Habana— cambió su manifiesto y desvió el rumbo hacia República Dominicana, lo que aumenta las dudas sobre el arribo efectivo del combustible.
El trasfondo es el de siempre: cuando una economía depende del “petróleo político” —acuerdos entre Estados, subsidios cruzados y afinidad ideológica— el día que el grifo se cierra no hay mercado que amortigüe el impacto. Lo que en tiempos “de amigos” se vendía como solidaridad, en tiempos de giro geopolítico se convierte en fragilidad estructural: no hay divisas, no hay inversión, no hay capacidad de reacción.
Mientras tanto, la presión en Washington sigue escalando: Reuters reportó que la administración Trump evalúa medidas más duras para frenar las importaciones de petróleo hacia Cuba, incluyendo opciones que circularon como bloqueo total. Si ese escenario avanza y México mantiene el freno, Cuba queda ante una disyuntiva: racionamiento cada vez más severo o negociar condiciones de supervivencia.
