El saqueo al Estado como dogma: del Juancito de Perón a la Cristina del Siglo XXI

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El 7 de mayo de 2025, el Senado argentino rechazó, por apenas un voto, la Ley de “Ficha Limpia”, impidiendo así que personas condenadas por corrupción —como Cristina Fernández de Kirchner— queden inhabilitadas para ejercer cargos públicos. Para muchos fue una derrota republicana. Para nosotros, fue una confirmación: el peronismo sigue siendo el principal garante del privilegio político, la impunidad legal y el saqueo institucionalizado.

Pero esto no es nuevo. La relación entre el peronismo y la corrupción es fundacional. No se trata de una desviación reciente sino de una matriz de poder que lleva más de 70 años encubriendo y premiando a quienes roban desde el Estado. Y nadie lo explicó con mayor claridad que Nicolás Márquez en su obra Perón, el fetiche de las masas.


El origen mafioso: Duarte, Evita y la corte de los milagros

Durante el primer peronismo (1946–1955), la corrupción no era un accidente: era la regla, sostenida por la obediencia fanática, el control mediático, el culto a la personalidad y el desmantelamiento institucional. Juan Duarte, hermano de Eva Perón y secretario privado del General, se volvió en pocos años uno de los hombres más ricos de la Argentina, acumulando propiedades, comisiones ilegales, autos importados y contactos en el mercado negro.

Según Márquez, Duarte era el “cajero informal” del régimen, operando entre la recaudación paralela y el reparto político. Su lujosa vida, sus fiestas fastuosas y su abrupto “suicidio” en 1953 son reflejo de un sistema que, cuando pierde funcionalidad, descarta a los suyos como piezas rotas.

Evita, por su parte, concentró más poder que cualquier otra mujer en la historia argentina. Aunque no hay pruebas de su enriquecimiento personal, sí las hay del uso clientelar y opaco de la Fundación Eva Perón, que manejaba cifras millonarias en nombre de los pobres, pero con mínima rendición de cuentas. Como escribió Márquez, la Fundación fue “una estructura cuasi estatal paralela”, con recursos ilimitados, nulo control y función propagandística.


Perón: el saqueo disfrazado de justicia social

En Perón, el fetiche de las masas, Márquez detalla cómo el peronismo dilapidó las mayores reservas de oro del mundo per cápita (acumuladas antes de 1946) para consolidar un modelo autoritario, corporativo y populista.

Mientras se clausuraban medios críticos, se encarcelaba a opositores y se instauraba un adoctrinamiento sin precedentes, Perón vaciaba las arcas del Banco Central con el pretexto de una falsa justicia social. ¿El resultado? Un Estado inflado, una economía estancada y una sociedad quebrada.


La herencia maldita: impunidad como política de Estado

Cuando en 1955 cae Perón, cerca de 2.000 funcionarios son arrestados. Sin embargo, como señala Márquez y confirma la historia judicial argentina, ninguno termina condenado. La corrupción peronista, incluso bajo gobiernos militares, fue protegida por un sistema judicial cómplice, débil o directamente cooptado.

Este patrón se mantiene intacto. Desde Menem hasta los Kirchner, pasando por la era de los barones del conurbano, el peronismo ha sido una maquinaria aceitada para la acumulación patrimonial a costa del erario público.


Cristina, la heredera de la impunidad

El reciente rechazo de la Ley de “Ficha Limpia” expone la continuidad entre el viejo peronismo fundacional y el kirchnerismo contemporáneo. Cristina Fernández fue condenada en 2022 por administración fraudulenta, y aun así —gracias a los votos peronistas— mantiene intactas sus aspiraciones políticas.

Es el mismo ADN que protegió a Duarte, que eximió de culpa a los saqueadores del 45, y que hoy garantiza fueros y blindajes judiciales. En palabras de Márquez, “el peronismo no es una ideología ni un movimiento: es un sistema de poder que parasita al Estado y coloniza la moral pública.”


El enemigo de la libertad no es nuevo

Para quienes aún sueñan con regenerar al peronismo o separar sus “alas”, esta nota debe ser una advertencia: no hay peronismo bueno. Hay estrategias distintas de saqueo y control. La supuesta defensa de los pobres solo ha servido para construir fortunas privadas con dinero público.

Desde El Liberador no lo dudamos: la corrupción no es una anomalía del peronismo, es su esencia misma. Y si los argentinos no rompen con esa cultura de sumisión al caudillo, seguirán siendo víctimas de un sistema que perpetúa privilegios, empobrece a la sociedad y aniquila la república.

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