Efemérides: Los orígenes históricos de la Navidad

Aunque en el hemisferio sur la Navidad se celebra en pleno verano, su imaginario de frío, nieve, luces y “noche larga” tiene una explicación histórica: nació en el hemisferio norte, donde el 25 de diciembre cae cerca del solsticio de invierno. Allí, en la época más oscura y fría del año, pueblos antiguos festejaban el “renacer” de la luz y del sol; con el tiempo, el cristianismo adoptó esa fecha para conmemorar el nacimiento de Jesús. Por eso, en el hemisferio sur —donde las estaciones están invertidas— conservamos una tradición invernal… celebrada bajo el calor del verano.

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Cada 25 de diciembre, miles de millones de personas celebran la Navidad, ya sea con un sentido religioso o simplemente cultural. Esta festividad (del latín nativitas, “nacimiento”) conmemora el nacimiento de Jesús, pero ha sido adoptada incluso por no cristianos alrededor del mundo. Su historia, sin embargo, se remonta a antiguas celebraciones paganas del solsticio de invierno y ha evolucionado a través de los siglos hasta la forma en que hoy la conocemos.

Raíces paganas en el solsticio de invierno

Las raíces de la Navidad se hunden en antiguas festividades paganas asociadas al solsticio de invierno (alrededor del 21-22 de diciembre en el hemisferio norte). En el Imperio romano, diciembre era tiempo de grandes fiestas: se celebraban las Saturnales del 17 al 23 de diciembre, una suerte de carnaval en honor al dios Saturno, con banquetes, intercambio de regalos y jolgorio general. Tras esos días de fiesta, el 25 de diciembre los romanos conmemoraban el Natalis Solis Invicti o nacimiento del Sol Invicto, culto solar instaurado por el emperador Aureliano en 274 d.C., marcando simbólicamente el “renacimiento” del sol tras la noche más larga del año. En la misma época, otros pueblos también festejaban el triunfo de la luz en pleno invierno –por ejemplo, en Persia se atribuía al 25 de diciembre el nacimiento del dios Mitra, vinculado al Sol–, reforzando el significado especial de esta fecha en diversas culturas.

Representación artística de las Saturnales romanas, festival pagano del solsticio de invierno.

Mientras tanto, los primeros cristianos no celebraban el nacimiento de Cristo (ni cumpleaños en general), pues veían esas fiestas de cumpleaños como costumbres paganas. Durante los primeros dos siglos del cristianismo, la Pascua de Resurrección fue la festividad principal. No fue sino hasta el siglo III cuando algunos teólogos cristianos comenzaron a reflexionar sobre la fecha del nacimiento de Jesús, proponiendo diversas fechas (20 de mayo, 21 de marzo, 15 de abril, etc.) antes de llegar a diciembre. Este contexto sentó las bases para que, poco después, la joven Iglesia cristiana asociara la celebración del nacimiento de Cristo con aquellas fiestas de solsticio ya existentes.

La adopción cristiana en la Antigüedad tardía

En el siglo IV, con el auge del cristianismo en el Imperio romano, la Navidad comenzó a tomar forma oficialmente. Según los historiadores, la Iglesia decidió fijar el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús justamente para reemplazar o cristianizar las celebraciones paganas del solsticio. El papa Julio I, en el año 350 d.C., propuso formalmente esa fecha, y en 354 el papa Liberio la decretó de manera oficial como festividad cristiana. De esta manera, la antigua fiesta del Sol Invicto y las Saturnales fueron absorbidas por la celebración cristiana de la Natividad, sustituyendo el culto al sol por el simbolismo de Cristo como “luz del mundo”.

La elección del 25 de diciembre resultó estratégica: la religión cristiana, recién oficializada en tiempos del emperador Constantino, buscaba imponerse sobre los cultos tradicionales del Imperio. Los fieles conversos podían seguir celebrando en esa misma fecha, pero ahora en honor al nacimiento de Jesús en lugar de a las deidades solares. El primer registro documentado de una Navidad el 25 de diciembre data del año 336 d.C. en Roma, durante el pontificado del obispo Liberio. Hacia el año 380 d.C., el emperador Teodosio I declaró el cristianismo religión oficial del Imperio, consolidando la observancia generalizada de la Navidad el 25 de diciembre en todos los territorios romano.

Cabe mencionar que en un principio no todas las iglesias coincidieron en la fecha: en muchas comunidades cristianas de Oriente la Epifanía del 6 de enero (que conmemoraba la manifestación de Jesús, incluyendo su nacimiento y otros eventos) era la fiesta principal. Con el tiempo ambas tradiciones –Navidad y Epifanía– se entrelazaron, dando lugar al período festivo que va del 25 de diciembre al 6 de enero. Finalmente, a partir de la Alta Edad Media la Navidad del 25 de diciembre prevaleció como celebración del nacimiento de Cristo en Occidente, mientras el 6 de enero quedó como día de Reyes o Epifanía. La iglesia desarrolló además un periodo de preparación espiritual: las cuatro semanas de Adviento previas a Navidad, similares a la Cuaresma antes de Pascua. Para el siglo V, la Navidad ya se había establecido como una de las fiestas más importantes del calendario cristiano anual.

Tradiciones navideñas en la Edad Media

Durante la Edad Media, la Navidad se enriqueció con nuevas tradiciones y se arraigó profundamente en la cultura popular. La celebración dejó de ser solo litúrgica y pasó a ser también una fiesta comunitaria marcada por banquetes, cantos y representaciones dramáticas. En plazas y catedrales se organizaban obras de teatro religioso (los misterios medievales) que recreaban escenas del nacimiento de Jesús, mezclando pasajes de los Evangelios y elementos legendarios para educar y entretener al pueblo. Igualmente, surgió la costumbre de montar belenes o pesebres: se atribuye a Francisco de Asís la creación del primer belén viviente en 1223, dando inicio a una tradición de escenificar la Natividad con figuras que perdura hasta hoy.

La Navidad medieval también era tiempo de festines y ferias. Se celebraba con grandes banquetes, bailes y convivios señoriales y campesinos, en un ambiente de alegría colectiva. Muchas de estas costumbres buscaban traer un respiro de calor humano y luz en pleno invierno, manteniendo el espíritu de las antiguas fiestas del solsticio pero ahora dentro del mundo cristiano. Incluso se instituyeron tradiciones de paz: por ejemplo, en el siglo XI la Iglesia promovió la “Tregua de Dios” en Navidad, pidiendo suspender las guerras feudales durante esas fechas en recuerdo de la paz que anunciaba el nacimiento de Cristo.

Festines de Navidad en la Edad Media

No obstante, hacia finales de la Edad Media y comienzos de la Moderna, algunas voces críticas cuestionaron estas celebraciones. La llegada de la Reforma protestante en el siglo XVI trajo cambios en la forma de vivir la Navidad. En ciertos ámbitos de influencia protestante más estricta, la Navidad llegó incluso a prohibirse temporalmente: durante el gobierno puritano en Inglaterra (mediados del siglo XVII) se vetó la fiesta navideña por considerarla una celebración “poco bíblica” y con elementos paganos encubiertos. Sin embargo, el arraigo de la Navidad entre la gente común era tan fuerte que estas prohibiciones no perduraron. Con el tiempo, la celebración popular terminó imponiéndose de nuevo, demostrando que la Navidad había echado raíces profundas en la sociedad europea.

Transformaciones en la Edad Moderna

La Edad Moderna (siglos XVI al XIX) trajo consigo importantes transformaciones y ampliaciones del significado de la Navidad. Por un lado, hubo intentos de reorientar las tradiciones: el reformador Martín Lutero, por ejemplo, deseaba apartar la atención del culto a los santos y centrarla en Cristo. En las regiones protestantes, Lutero promovió que el intercambio de obsequios pasara del 6 de diciembre (día de San Nicolás) al 25 de diciembre, atribuyendo los regalos no a un santo sino al propio Niño Jesús (Christkind). De este modo, en el siglo XVI se reforzó la costumbre de dar regalos durante la Navidad, integrándola firmemente a la festividad cristiana.

Hacia el siglo XIX, la Navidad empezó a tomar la forma reconocible que tiene hoy en día. En la época victoriana, por ejemplo, se enfatizaron los valores familiares, la caridad y el “espíritu navideño” de buena voluntad –impulsados en parte por obras como Canción de Navidad (1843) de Charles Dickens, que retrató la Navidad como tiempo de generosidad y unión familiar. También en el siglo XIX se internacionalizó la tradición del árbol de Navidad adornado: lo que había nacido como una costumbre regional germánica se difundió por Europa cuando la corte británica adoptó el árbol navideño. En 1841, la reina Victoria de Inglaterra (influenciada por su esposo alemán Alberto) instaló un árbol decorado en el Castillo de Windsor, y la prensa divulgó ilustraciones de la familia real alrededor del árbol, desatando la moda en numerosos países. Asimismo, en esta era cobró fuerza la figura de Papá Noel (Santa Claus) como símbolo secular de la Navidad: basado en la leyenda de San Nicolás pero transformado en un bonachón repartidor de regalos, su imagen actual de abuelo de barba blanca y traje rojo se terminó de consolidar a fines del siglo XIX y principios del XX gracias a poemas, ilustraciones de artistas como Thomas Nast e incluso anuncios comerciales.

San Nicolás

Otra transformación notable en la Modernidad fue el aspecto comercial de la Navidad. A medida que crecía la sociedad de consumo, los regalos navideños pasaron de ser modestos obsequios caseros a bienes comprados en tiendas. Para mediados del siglo XIX, los comercios de ciudades como Nueva York y Londres comenzaron a utilizar la figura de Santa Claus en sus escaparates para atraer clientes e incentivar las ventas navideñas. Así, la Navidad se fue convirtiendo también en una temporada de intercambio económico intenso, algo muy distinto de las austeras navidades de los primeros cristianos. Sin embargo, a pesar de esta comercialización, el sentido profundo de la Navidad –sea espiritual o de fraternidad humana– continuó siendo el corazón de la celebración para muchas personas.

La Navidad en la actualidad: tradición y herencia

Hoy en día, la Navidad es una festividad global celebrada en numerosos países y culturas, trascendiendo diferencias religiosas. Incluso comunidades agnósticas o de otras religiones participan de esta época festiva, que combina ritos religiosos cristianos con costumbres familiares y populares. Muchos elementos del pasado persisten en la Navidad contemporánea. Por ejemplo, las reuniones en torno a mesas abundantes, con cenas y banquetes, recuerdan las celebraciones invernales de antaño; se mantienen encendidas luces decorativas y velas para iluminar la oscuridad del invierno, como en los antiguos rituales del solsticio; y el intercambio de regalos sigue ocupando un lugar central, práctica heredada tanto de las Saturnales romanas (donde se obsequiaban figurillas y velas como símbolo de buena suerte) como del relato cristiano de los Reyes Magos ofreciendo presentes al niño Jesús. Igualmente, adornar las casas con plantas perennes –como guirnaldas de acebo, muérdago o el árbol de Navidad mismo– evoca la creencia ancestral en la vitalidad de la naturaleza durante el invierno.

Por supuesto, en medio de estas costumbres compartidas, la Navidad conserva su significado religioso para millones de cristianos. Persisten tradiciones litúrgicas iniciadas siglos atrás: la Misa de Gallo o misa de medianoche cada Nochebuena, los villancicos (canciones navideñas cuyo origen se remonta a cantos populares medievales) entonados en iglesias y hogares, y la instalación de pesebres o nacimientos que rememoran la escena de Belén. Al mismo tiempo, el aspecto festivo y familiar de la Navidad –las reuniones de seres queridos, los árboles adornados, los regalos traídos por Papá Noel o los Reyes Magos– crea un sentido de continuidad con el pasado. En la Navidad moderna convergen así múltiples capas históricas: el homenaje espiritual al nacimiento de Jesús y las antiguas esperanzas de renovación que acompañan al solsticio, la alegría ruidosa de las Saturnales y la solemnidad piadosa de la Edad Media, la generosidad de San Nicolás y la imaginación infantil alimentada por los cuentos modernos. Es una fecha en que, de algún modo, el pasado y el presente se unen cada diciembre, manteniendo vivas las tradiciones a la vez que cada generación le añade sus propios matices.

El árbol de Navidad: de ritual pagano a símbolo cristiano

Entre los símbolos más universales de estas fiestas se destaca el árbol de Navidad. Curiosamente, sus orígenes son paganos: en las antiguas culturas europeas, especialmente entre los pueblos germánicos y escandinavos, existía la tradición de adornar árboles perennes durante el solsticio de invierno. En el norte, se celebraba el Yule decorando un árbol sagrado (a veces identificado con Yggdrasil, el “árbol del universo” de la mitología nórdica), ya que se creía que su verdor invernal representaba la continuidad de la vida en medio del frío. Los celtas, vikingos y otros pueblos encendían hogueras y colocaban ramas verdes en sus hogares para llamar el regreso del sol. Estas prácticas paganas rendían culto a la naturaleza y buscaban asegurar la fertilidad de los campos una vez que pasara el invierno.

Ilustración del siglo XIX de un salón familiar de la Reina Victoria (Inglaterra) y Alberto (Alemania) con árbol de Navidad decorado (grabado publicado en 1848)

Con la expansión del cristianismo por Europa, el árbol adquirió un nuevo significado simbólico. Una leyenda emblemática cuenta que, hacia el año 723 d.C., el misionero inglés San Bonifacio se topó en la región de Hesse (actual Alemania) con un roble gigante que los paganos dedicaban al dios Thor y al que ofrecían sacrificios cada solsticio. Bonifacio taló aquel árbol sagrado para demostrar la supremacía del Dios cristiano; al caer el roble, según la historia, nació en su lugar un pequeño abeto. El santo señaló ese abeto perenne y lo proclamó símbolo del Dios verdadero, explicando que su forma triangular recordaba a la Santísima Trinidad. Desde entonces, cuenta la tradición, los conversos empezaron a decorar abetos en Navidad. Se dice que Bonifacio colgó manzanas del árbol (representando el pecado original de Adán y Eva) y velas encendidas (representando a Cristo como luz del mundo) para dar un significado cristiano a lo que antes fue un rito pagano. Así, un elemento de la naturaleza venerado en el paganismo fue resignificado como símbolo del “árbol de la vida” ligado al nacimiento de Jesús.

Si bien no existe un consenso absoluto sobre los detalles históricos, se sabe que la costumbre del árbol navideño floreció en Alemania. Durante la Baja Edad Media y comienzos de la Moderna, en algunas festividades cristianas se usaba un “árbol del Paraíso” para escenificaciones religiosas: se colocaba un pino adornado con obleas (hostias, símbolo de redención) y manzanas rojas (símbolo del pecado) para representar el jardín del Edén en obras teatrales sobre Adán y Eva. Con el tiempo, este árbol ritual se asoció a las fiestas de Navidad. Hacia el siglo XVI, los hogares luteranos alemanes ya decoraban árboles en Nochebuena, colgándoles dulces, frutas y velas. De hecho, una popular tradición atribuye al propio Martín Lutero la idea de poner velas en el árbol: inspirado en la estrellada noche invernal, habría añadido luces para imitar el brillo de las estrellas entre las ramas.

Durante el siglo XVIII, el uso del árbol de Navidad estaba bien afianzado en Alemania. Luego, en el siglo XIX, esta tradición traspasó fronteras. La monarquía británica jugó un rol clave en su difusión internacional: la reina Carlota (esposa germana de Jorge III) llevó el primer árbol a la corte inglesa a finales del siglo XVIII, pero fue la reina Victoria junto al príncipe Alberto quienes realmente popularizaron el árbol navideño desde 1841, al instalarlo en palacio y presentarlo en ilustraciones difundidas por los periódicos. La imagen de una familia aristocrática celebrando en torno a un abeto iluminado causó sensación, y pronto la moda del árbol decorado se extendió por toda Europa y América. Para fines del siglo XIX, tener un árbol adornado en casa se había vuelto sinónimo de Navidad en muchas partes del mundo.

En cuanto a su transformación simbólica en el contexto cristiano, el árbol de Navidad actual conserva muchos de aquellos significados añadidos con el tiempo. Su figura triangular se interpreta como un recordatorio de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Las antiguas manzanas dieron paso a esferas brillantes de colores, que simbolizan los dones de Dios a la humanidad. Las velas de cera fueron sustituidas por lucecitas eléctricas, pero su mensaje permanece: representar a Jesús, la luz del mundo, venciendo las tinieblas. En la punta del árbol se suele colocar una estrella, en alusión a la Estrella de Belén que guio a los Reyes Magos y, metafóricamente, a la fe que guía a los creyentes. Otros adornos y cintas simbolizan la unión familiar y la alegría que rodea a estos festejos. En resumen, el árbol de Navidad ejemplifica a la perfección cómo una costumbre de raíz pagana fue adoptada y adaptada por la tradición cristiana: de ser un emblema de la vida natural y la esperanza en el sol naciente, pasó a ser un signo del renacer espiritual y la luz divina que para los cristianos representa el nacimiento de Jesús.

Así, al contemplar hoy un árbol de Navidad iluminado, con sus decoraciones multicolores, estamos conectando con varios estratos de la historia humana: la veneración ancestral por la naturaleza en invierno, la creatividad evangelizadora que le dio un nuevo significado religioso, y la calidez festiva que ha hecho de este símbolo un infaltable centro de la Navidad en hogares de todo el mundo. La Navidad misma, en conjunto, es un rico tapiz tejido con hilos paganos y cristianos, medievales y modernos, que nos recuerda cómo las tradiciones pueden transformarse y perdurar a través del tiempo, celebrando siempre la luz, la vida y la esperanza en medio de la oscuridad del invierno.

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