Cuando la libertad parece posible
Venezuela, exilio y memoria: cuando incluso la posibilidad de libertad moviliza historias personales y colectivas.
Durante los primeros días de enero ocurrió algo que, aun envuelto en versiones cruzadas y lecturas políticas diversas, sacudió a millones de personas dentro y fuera de Venezuela: la imagen —para muchos impensada— de un régimen que parecía eterno mostrando, por primera vez, signos de quiebre. No fue solo una noticia. Fue una sensación colectiva. Breve, intensa, profundamente movilizadora. Una palabra volvió a ocupar conversaciones, pantallas y memorias: libertad.
No sigo la política internacional con obsesión ni vivo pendiente del minuto a minuto geopolítico. Sin embargo, confieso que lo ocurrido —o, al menos, lo que comenzó a mostrarse— me atravesó de una manera inesperada. Tal vez porque no fue solo Venezuela lo que apareció en mi cabeza, sino un recorrido personal más largo, más íntimo y profundamente latinoamericano.
Durante diez años viví en España. No me fui solo. A mi alrededor siempre hubo personas que, como yo, habían dejado su país. Argentinos, venezolanos, colombianos, cubanos. Cambiaban los acentos, pero las razones, salvando distancias, se repetían con una precisión inquietante: economías asfixiadas, gobiernos de izquierda que prometieron justicia social y entregaron expulsión silenciosa, relatos épicos sostenidos sobre la partida de su propia gente.
Recuerdo especialmente a un amigo muy cercano, Bruno. Era cubano. Se había ido con su familia siendo apenas un niño y recaló en Galicia, donde nos conocimos. Compartimos charlas interminables, silencios cargados de historias que no siempre necesitaban palabras. Cuba no era para él un concepto ideológico ni una consigna: era una ausencia. Una patria suspendida, inaccesible, detenida en el tiempo.
Por eso, cuando en estos primeros días de enero comenzaron a circular imágenes y reportes que mostraban a Nicolás Maduro esposado fuera de Venezuela, trasladado para declarar ante la justicia estadounidense, pensé en Martín. Pensé también en tantos venezolanos que conocí durante mi larga estadía en España. Personas formadas, trabajadoras, dignas, obligadas a reconstruirse lejos de su tierra. Sentí una emoción difícil de describir: alivio, júbilo, algo muy cercano a la justicia poética.
Desde una mirada liberal —que no oculto— creo que al mundo siempre le hace bien la idea de que exista un dictador menos entre nosotros. Que los regímenes autoritarios no son invulnerables. Que incluso cuando parecen consolidados, pueden caer. Que los pueblos no olvidan, aunque tarden. Y que la historia, pese a todo, sigue abierta.
Ya habrá tiempo —y lo habrá— para los análisis técnicos, tácticos y estratégicos: para comprender cómo fue el operativo, qué rol jugaron los organismos de inteligencia, qué acuerdos internacionales lo hicieron posible y qué consecuencias geopolíticas tendrá. Habrá especialistas que desmenucen cada decisión, cada movimiento y cada actor involucrado. Hoy no escribo desde ese lugar. Hoy escribo a título personal, desde la emoción y desde la convicción de que lo ocurrido marca un antes y un después.
Lo vivido durante ese fin de semana fue, para millones, un hecho histórico. Comparable, en impacto simbólico y emocional, a otros momentos donde el mundo presenció la caída de figuras que parecían inamovibles, como el derrocamiento de Saddam Hussein en 2003. No por las formas, sino por el mensaje: ningún poder es eterno cuando se sostiene sobre el miedo y la miseria.
Queda camino por recorrer, es evidente. Ningún pueblo se libera de un día para el otro. Ojalá el próximo sea Cuba. Lo digo con humildad y respeto, pero sin resignación. Porque cuando incluso la imagen de la caída de un tirano devuelve esperanza a quienes se vieron obligados a irse, algo profundo se ha movido. Y porque, a veces, creer que es posible ya es el primer acto de emancipación.
Por Ecus — Editorial de libertad
“La libertad no se concede: se conquista.” — Friedrich Hayek
