“Soy inocente”: Maduro declaró ante un juez en Nueva York, pero el relato choca con la historia

Vestido con ropa de presidiario, acusado de narcotráfico y escoltado bajo custodia armada, Nicolás Maduro declaró por primera vez ante un juez federal de Nueva York. Se proclamó “inocente” y dijo seguir siendo “el presidente” de Venezuela. Su esposa, Cilia Flores, también se declaró inocente. Ambos volverán a comparecer el 17 de marzo. La escena judicial contrasta brutalmente con décadas de impunidad, propaganda y poder absoluto.

Maduro trasladado a declarar

En una audiencia de apenas 30 minutos, Maduro habló por primera vez en un tribunal estadounidense desde su captura y traslado a EE.UU. Acusado formalmente de narcotráfico y de operar en asociación con cárteles, el ex hombre fuerte del chavismo negó todos los cargos. “Soy inocente, soy un hombre decente”, afirmó ante el juez, al tiempo que insistió en que “sigo siendo el presidente de mi país”.

La imagen fue elocuente: camisa naranja, pantalón beige, zapatillas de prisión y auriculares para escuchar la traducción. A pocos metros, su esposa, también con ropa carcelaria. Ambos confirmaron su identidad ante el tribunal y solicitaron una visita consular, derecho que el juez autorizó.

La próxima audiencia quedó fijada para el 17 de marzo, mientras la defensa anticipó que impugnará la legalidad de la captura, calificándola como un “secuestro militar”, y alegó problemas de salud de ambos detenidos.

El reo Nicolás Maduro y su esposa Celia Flores trasladados a declarar ante el juez

El traslado: del poder absoluto al banquillo

Maduro y Flores fueron trasladados desde una cárcel federal en Brooklyn hasta Manhattan bajo un operativo de máxima seguridad que incluyó helicóptero, convoyes blindados y custodia armada. Afuera del tribunal, manifestantes venezolanos se congregaron entre consignas contra el chavismo y reclamos por la intervención estadounidense.

Estados Unidos no reconoce a Maduro como jefe de Estado legítimo tras la controvertida elección de 2024, un punto central que debilita su argumento de inmunidad soberana. La defensa ya fue intentada —sin éxito— por el dictador panameño Manuel Noriega en los años noventa.

La acusación: narcotráfico y poder

El expediente judicial, de más de 25 páginas, acusa a Maduro y a su entorno de facilitar el envío de miles de toneladas de cocaína hacia Estados Unidos en coordinación con organizaciones criminales. De ser condenados, podrían enfrentar cadena perpetua.

Mientras tanto, la nueva autoridad interina en Venezuela, Delcy Rodríguez, reclamó la restitución de Maduro, aunque en paralelo buscó un tono más conciliador con la Casa Blanca, hablando de “relaciones respetuosas”.

Desde Washington, el presidente Donald Trump afirmó que Estados Unidos “administrará” Venezuela de manera temporal, mientras que el secretario de Estado Marco Rubio aclaró que no habrá un gobierno cotidiano, sino el mantenimiento de una “cuarentena petrolera”.

Venezolanos expectantes fuera del tribunal

Editorial El Liberador

La escena de Maduro declarándose “inocente” no es una novedad: es la última pieza del guion de toda cleptocracia cuando cae del poder. El dictador que controló jueces, fiscales, elecciones y medios ahora se presenta como víctima, habla de derechos, de legalidad y de decencia.

Durante años, la izquierda internacional repitió que Venezuela era asediada por el “imperialismo” y que Estados Unidos codiciaba su petróleo. Hoy, ese mismo líder que se decía baluarte de la soberanía comparece acusado de narcotráfico, vestido de preso, y defendido por abogados que hablan de secuestro y problemas médicos.

La paradoja es obscena: el régimen que negó derechos básicos a millones de venezolanos ahora exige garantías procesales. El mismo poder que persiguió, encarceló y expulsó a opositores hoy invoca inmunidad y justicia.

El juicio recién empieza y, como corresponde en un Estado de Derecho, Maduro tendrá defensa y debido proceso. Pero hay una verdad que ningún alegato puede borrar: Venezuela fue devastada bajo su mando, millones huyeron del país y fortunas incalculables salieron al exterior mientras la población se empobrecía.

Que hoy diga “soy inocente” no borra el colapso, ni el exilio, ni el hambre, ni la corrupción estructural. Solo confirma algo más profundo: cuando se termina el poder, también se termina el relato.

icono
el.liberador.diario@gmail.com |  + posts
Compartí esta noticia

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *