Costa Rica: la derecha arrasa en las presidenciales con el 48% de los votos afianzando la tendencia en América
Con la inseguridad y el narco como telón de fondo, la candidata oficialista Laura Fernández se impuso en primera vuelta y promete profundizar el rumbo de Rodrigo Chaves. La oposición quedó lejos y la izquierda, otra vez, sin volumen electoral.
Costa Rica cerró las urnas con un mensaje bastante nítido: seguir con el “estilo Chaves”, pero con sello propio y una agenda de seguridad todavía más arriba en el orden de prioridades. Con el conteo preliminar avanzado del Tribunal Supremo de Elecciones, Fernández se encaminó a una victoria clara que supera el 40% necesario para evitar balotaje.
Los números que marcan la elección: Fernández rondó el 48,5%, el economista Álvaro Ramos quedó segundo con ~33,3%, y la candidata progresista Claudia Dobles terminó por debajo del 5%. En una boleta con cerca de 20 postulaciones, en la práctica la competencia real fue un mano a mano bastante temprano.
El resultado no solo define el Poder Ejecutivo: también reordena el Congreso. El espacio de Fernández, el Partido Pueblo Soberano, quedó proyectado como la primera fuerza en la Asamblea Legislativa de Costa Rica, con alrededor de 30 de 57 bancas (mayoría simple, pero sin “súper mayoría”). Detrás aparece el Partido Liberación Nacional con un bloque sensiblemente menor.
¿Quién es Fernández y por qué le dicen “la Bukele” de Costa Rica? En campaña se vendió como continuidad del oficialismo, sí, pero sobre todo como una figura de “orden”, con un discurso directo contra el delito y la política tradicional. Fue parte del núcleo de Chaves (asesora, ministra y jefa de gabinete), y ahora propone medidas fuertes contra la violencia vinculada al narcotráfico, incluyendo reformas y herramientas excepcionales en zonas críticas.
El apodo viene por su admiración explícita por Nayib Bukele y por la idea de copiar el formato “mega-cárcel” de máxima seguridad: el modelo es el esquema salvadoreño de encarcelamiento masivo y control territorial, adaptado a la realidad costarricense. Es un giro significativo para un país que durante décadas se contó a sí mismo como “la excepción” centroamericana en materia de seguridad.
El contexto explica mucho. En Costa Rica la inseguridad se comió la agenda pública: el país llegó a registrar cerca de 900 homicidios el año pasado, un dato que empuja a buena parte del electorado a pedir respuestas rápidas y visibles. Y ahí Fernández logró algo clave: convertir la elección en un plebiscito de continuidad “con más firmeza”, mientras la oposición discutía por fragmentos.
En ese cuadro, ¿qué rol jugó la izquierda? Más bien el de actor secundario. Dobles quedó debajo del 5% y el progresismo no consiguió instalar una alternativa competitiva frente al binomio “mano dura + anti-casta” del oficialismo. La candidata progresista quedó muy relegada en la carrera, confirmando una tendencia regional donde la seguridad y el hartazgo con la política pesan más que los clivajes ideológicos clásicos.
Para entender cómo se llegó hasta acá, conviene mirar el historial reciente de presidencias en Costa Rica:
Laura Fernández (2026–): triunfo de la heredera política de Chaves, que consolida una continuidad oficialista y obliga a los partidos tradicionales a reacomodarse.
Óscar Arias Sánchez (2006–2010): segundo mandato de uno de los referentes históricos del Partido Liberación Nacional, en un contexto de apertura económica y desgaste del bipartidismo.
Laura Chinchilla (2010–2014): continuidad del PLN, con agenda de seguridad, pero marcada por escándalos y pérdida de respaldo social.
Luis Guillermo Solís (2014–2018): quiebre del sistema tradicional con la llegada del Partido Acción Ciudadana, canalizando el voto castigo.
Carlos Alvarado Quesada (2018–2022): profundización del ciclo del PAC, atravesado por crisis fiscal, pandemia y tensiones sociales.
Rodrigo Chaves (2022–2026): irrupción de un liderazgo confrontativo, anti-casta y de fuerte discurso de orden.
En buena parte de América, el péndulo político se movió por dos motores que hoy pesan más que cualquier relato: miedo (inseguridad, narco, descontrol territorial) y hartazgo (Estado caro, ineficiente, lleno de intermediarios y privilegios). Por eso se consolida una nueva demanda social: menos chamuyo ideológico y más resultados. En ese clima, avanzan presidentes que hablan el idioma del orden, el ajuste y la libertad económica: Donald Trump volvió a la Casa Blanca tras el ciclo demócrata de Joe Biden, con promesas de endurecer la frontera y volver a un enfoque más pro-industria y menos regulatorio; en la región, Javier Milei enterró al peronismo gobernante y empujó una agenda de shock con equilibrio fiscal, poda del gasto y desregulación a una velocidad inédita, al punto de crear un Ministerio de Desregulación y Transformación del Estado; y en Centroamérica, Costa Rica acaba de ratificar una línea de mano dura con Laura Fernández, presentada como la “Bukele tica”, en continuidad con el estilo confrontativo de Rodrigo Chaves y con la seguridad como prioridad absoluta.
Bolivia es otro síntoma del mismo cambio de época, aunque con su propia particularidad: lo que marca el giro no es solo el resultado electoral, sino el fin de un ciclo político y cultural. Con Rodrigo Paz se rompe el dominio del socialismo del MAS, y el nuevo gobierno ya empezó a moverse en la dirección que durante años fue tabú en La Paz: ordenar la macro, buscar financiamiento, recuperar reservas y avanzar en decisiones difíciles como revisar subsidios y distorsiones que sostuvieron artificialmente un modelo agotado. Ecuador también encaja en la foto: con Daniel Noboa revalidado, la sociedad eligió sostener una agenda de orden y seguridad y frenar el retorno del correísmo. Distintos países, distintas historias, pero una misma tendencia de fondo: después de años de estatismo con déficit, privilegios y violencia descontrolada, el electorado empieza a premiar a quienes prometen —y en algunos casos ya ejecutan— menos Estado, más control del delito y más libertad económica, aunque eso implique conflictos con corporaciones y una política acostumbrada a vivir de la caja.
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