Desesperado a 11 días del balotaje, Lula aceleró una reforma populista y redujo la jornada laboral en Brasil

El presidente brasileño convirtió la medida en una de sus principales banderas para intentar recuperar terreno frente a Flávio Bolsonaro. Empresarios advierten que el costo por hora podría subir 22% y que el cambio amenaza empleos.

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Con el balotaje presidencial a apenas once días, Luiz Inácio Lula da Silva consiguió una de las victorias políticas que más necesitaba en la recta final de la campaña: el Congreso brasileño aprobó la reducción de la semana laboral de seis a cinco días y bajó el máximo de 44 a 40 horas semanales sin reducción salarial.

La reforma elimina progresivamente la denominada escala 6×1, bajo la cual millones de brasileños trabajan seis días y descansan uno. El nuevo régimen garantiza dos jornadas semanales de descanso y será implementado de manera gradual: dos meses después de su promulgación, el límite bajará a 42 horas y, un año más tarde, llegará a las 40.

Aunque el reclamo existía desde antes de la campaña, el momento elegido para acelerar su sanción resulta imposible de separar de la elección del 25 de octubre, cuando Lula buscará mantenerse en el poder frente a Flávio Bolsonaro. La propia reforma se convirtió durante las últimas semanas en una de las principales propuestas electorales del mandatario del Partido de los Trabajadores.

Lula puso toda la maquinaria política detrás de la reforma

El oficialismo aceleró el tratamiento en el Senado y consiguió que la enmienda constitucional fuera votada dos veces durante la misma sesión. El resultado fue prácticamente unánime: 75 votos afirmativos y apenas uno negativo.

Lula celebró inmediatamente la aprobación y presentó la reforma como una conquista de los trabajadores, destacando que permitirá disponer de más tiempo para la familia y el descanso.

Pero desde sectores opositores también aparecieron acusaciones de oportunismo electoral y cuestionamientos por las prisas con las que la iniciativa llegó al recinto justo antes de una elección extraordinariamente ajustada. Incluso legisladores que acompañaron el proyecto cuestionaron el calendario elegido para aprobarlo.

El cálculo político es evidente: el cambio impactará principalmente entre trabajadores de comercio, gastronomía, hotelería y servicios, sectores numerosos y de ingresos bajos y medios donde Lula necesita reforzar su desempeño electoral.

Una medida popular cuya cuenta pagarán las empresas

El punto más controvertido es que las cuatro horas semanales que dejarán de trabajarse no implicarán una reducción proporcional de los salarios.

En otras palabras, el Congreso decidió aumentar por ley el valor efectivo de cada hora trabajada y trasladar ese mayor costo a los empleadores.

La Federación de Comercio de São Paulo calculó que el costo de la hora laboral podría aumentar alrededor de 22% y advirtió sobre un riesgo de pérdida de hasta 1,2 millones de puestos de trabajo. Se trata de una proyección empresarial y no de un resultado comprobado, pero anticipa cuál será el principal problema de la reforma una vez que desaparezca el festejo político.

La reducción horaria puede beneficiar directamente al trabajador que conserve su empleo y su salario. La pregunta económica es qué harán las empresas que operan con márgenes estrechos cuando necesiten cubrir las mismas horas de apertura y producción con una jornada legal menor.

Las alternativas serán contratar más personal, pagar horas adicionales, automatizar tareas, trasladar costos a precios o directamente reducir operaciones.

Flávio Bolsonaro terminó acompañando

La jugada electoral de Lula tuvo, sin embargo, una particularidad: Flávio Bolsonaro también terminó votando a favor.

El candidato del Partido Liberal había cuestionado originalmente la reforma e incluso la había definido como oportunista. Pero cambió su posición en los últimos días después de recorrer el país y reconocer que la eliminación del régimen 6×1 cuenta con fuerte respaldo popular.

Ese giro dejó al oficialismo sin la posibilidad de presentar la votación como una división simple entre Lula y Bolsonaro.

Flávio buscó neutralizar una bandera particularmente atractiva en términos electorales y terminó acompañando una medida que previamente había cuestionado. El oficialismo respondió acusándolo, paradójicamente, de oportunismo.

El resultado muestra hasta qué punto la campaña condicionó el debate: los dos candidatos terminaron respaldando una reforma cuyos costos económicos todavía están en discusión.

Lula necesita remontar

La urgencia política tiene una explicación sencilla.

En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro obtuvo 47,03% de los votos válidos y Lula 45,16%, dejando al actual presidente detrás de su rival de cara al balotaje.

Las últimas mediciones muestran una competencia extremadamente cerrada. Una encuesta de Quaest difundida esta semana ubicó a Bolsonaro con 46% y a Lula con 44%, una diferencia dentro del margen de error de dos puntos.

En ese escenario, cualquier medida capaz de movilizar a millones de trabajadores puede adquirir un enorme valor electoral.

La reforma laboral representa exactamente eso: un beneficio inmediato, fácil de comunicar y de enorme impacto simbólico, aprobado cuando faltan menos de dos semanas para votar.

Del beneficio inmediato a la discusión que llegará después

Desde la izquierda brasileña, el argumento es que una economía moderna debe permitir que los avances productivos se traduzcan en más tiempo libre y mejores condiciones laborales. El oficialismo sostiene además que jornadas más cortas pueden mejorar productividad, salud y calidad de vida.

El cuestionamiento liberal apunta a otro lugar: el Congreso puede reducir por ley las horas trabajadas, pero no puede eliminar por decreto el costo económico de hacerlo.

Si la productividad compensa ese aumento, la transición podrá absorberse. Si no ocurre, parte del costo terminará apareciendo en precios, márgenes empresarios, menor contratación o automatización.

Esa discusión probablemente quede para después del 25 de octubre.

Por ahora, Lula obtuvo lo que buscaba: una reforma de enorme popularidad para exhibir durante los últimos días de campaña y presentarse como el defensor de los trabajadores frente a Bolsonaro.

La medida puede tener fundamentos laborales legítimos y cuenta con respaldo social suficiente como para haber recibido apoyo transversal. Pero su aceleración a once días de una elección en la que Lula necesita revertir una primera vuelta adversa le otorga un componente electoral imposible de ignorar.

Brasil tendrá ahora semanas laborales más cortas. Después del balotaje llegará la otra pregunta: quién absorberá finalmente el costo de la promesa.

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