Senado de EE.UU.: Denuncian encubrimiento de efectos secundarios de vacunas COVID
La opacidad de la administración Biden en la gestión de los riesgos de las vacunas contra el COVID-19 pone en tela de juicio la legitimidad de las políticas de salud pública y refuerza la necesidad de proteger la libertad individual.
El reciente informe del Subcomité Permanente de Investigaciones del Senado de EE.UU., encabezado por el senador Ron Johnson, arroja una sombra alarmante sobre el manejo de las vacunas contra el COVID-19 por parte de la administración Biden. La denuncia de que los CDC y la FDA ocultaron desde 2021 los riesgos de miocarditis y pericarditis tras las inoculaciones con vacunas de ARNm constituye algo más que un error burocrático: es, desde toda perspectiva libertaria, una traición a la confianza pública y un atentado contra la libertad individual.
Pero la polémica no se agota en los despachos de Washington. En los estadios, las pistas y los gimnasios del mundo, el cuerpo de los deportistas comenzó a hablar. Y lo que gritó fue silenciado por los medios, las instituciones y los «expertos». El caso más conocido en el mundo hispano es el de Sergio “Kun” Agüero, delantero de élite, quien debió retirarse del fútbol en noviembre de 2021 tras sufrir una arritmia cardíaca en pleno partido con el Barcelona. Hasta ese momento, Agüero jamás había registrado problemas del corazón.
El suyo no fue un hecho aislado. El número de atletas profesionales que debieron abandonar sus carreras por afecciones cardíacas aumentó significativamente tras la campaña de vacunación global. Según datos recopilados por el registro independiente GoodSciencing, entre 2021 y 2024 se registraron más de 1.800 casos de colapsos cardíacos o muertes súbitas en deportistas —una cifra sin precedentes en las décadas previas.
Algunos ejemplos notables:
- Danish Christian Eriksen colapsó durante la Eurocopa 2021 con un paro cardíaco. Aunque oficialmente no se relacionó con la vacuna, su caso se volvió bandera para muchos que comenzaron a cuestionar el relato único.
- Jacinda Barclay, estrella del fútbol australiano, murió a los 29 años con patologías cardíacas y cerebrales sospechosas.
- Rich Piana, culturista y personalidad del fitness, falleció de un paro súbito meses después de haberse inoculado.
¿Coincidencias? ¿Sesgos de selección? Tal vez. Pero el patrón es difícil de ignorar.
¿Ciencia o religión estatal?
La miocarditis inducida por vacunas fue admitida como un efecto secundario por la propia Pfizer en 2022, y confirmada por estudios como el publicado en Nature en 2024, donde se reconoce una mayor incidencia en varones jóvenes, con tasas que van de 1 a 10 casos por cada 100.000 dosis. Aunque los defensores del establishment sanitario aseguran que los beneficios superan los riesgos, lo central aquí no es el balance técnico, sino la ausencia de consentimiento informado genuino.
La fase 3 de ensayos clínicos —habitualmente de al menos 5 a 10 años— fue reemplazada por una “autorización de emergencia” sin precedentes. El producto fue impuesto mediante coerción institucional, pérdida de derechos civiles, despidos, persecuciones mediáticas y aislamiento social. Se nos dijo que era “por el bien común”. Hoy vemos que esa “bondad” ocultaba efectos que se conocían y se decidieron callar.
Un estado que ya no cura: administra obediencia
El informe del Senado estadounidense no es una revelación científica, es una radiografía moral. Muestra hasta qué punto la burocracia sanitaria puede funcionar como brazo propagandístico del poder político. Y cómo, en lugar de proteger, muchas veces sirve para someter. No sólo se ocultaron riesgos, sino que se sacrificó el debate público y se satanizó a quienes —con razón o sin ella— osaban preguntar.
Mientras tanto, jóvenes deportistas sanos son enterrados, familias lloran en silencio y los responsables siguen ocupando cargos, firmando convenios, cobrando subsidios y pidiendo más regulación.
Desde El Liberador, sostenemos que no hay ciencia verdadera sin libertad, ni salud pública sin responsabilidad individual. Y cuando el Estado se arroga el poder de decidir sobre nuestros cuerpos, nuestra salud deja de ser un derecho y pasa a ser un experimento.
Porque al final, lo que está en juego no es solo una vacuna: es el futuro mismo de la libertad.
