Macron y el reconocimiento a un Estado terrorista

El presidente francés apuesta al reconocimiento de un Estado controlado por Hamás, pese a su historial de terrorismo, represión y violaciones a los derechos humanos. Una decisión que, lejos de acercar la paz, legitima la violencia y envía un peligroso mensaje al extremismo internacional.

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La reciente declaración del presidente de Francia, Emmanuel Macron, sobre el reconocimiento formal del Estado palestino —previsto para septiembre en la Asamblea General de la ONU— marca un punto de inflexión en la política exterior francesa. Lejos de ser un gesto de reconciliación o un avance hacia la paz, esta decisión equivale a validar una entidad infiltrada por organizaciones terroristas, en especial Hamás, catalogada como tal por la Unión Europea, Estados Unidos, Reino Unido, Canadá e Israel, entre otros.

Macron justificó su postura asegurando que el reconocimiento “favorecerá la causa de la paz” y promoverá la solución de los dos Estados. Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario. Hamás gobierna Gaza desde 2007, tras derrocar violentamente a la Autoridad Palestina, y su historial está marcado por atentados brutales. La masacre del 7 de octubre de 2023, donde más de 1.200 israelíes fueron asesinados de forma atroz, es apenas el ejemplo más reciente.

Reconocer a Palestina en estas circunstancias equivale a premiar la violencia. El propio primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, lo resumió así: “Esto transmite la idea de que el terrorismo tiene éxito. Que asesinar, secuestrar y agredir puede ser recompensado con aceptación internacional.”

El reconocimiento impulsado por Macron no distingue entre la Autoridad Palestina —debilitada, dividida y sin elecciones desde 2006— y Hamás, que mantiene un control férreo y opresivo en Gaza. ¿A quién se estaría reconociendo, entonces?

Como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, Francia contradice sus propios principios al legitimar a un Estado bajo el control de una organización terrorista que practica ejecuciones extrajudiciales, adoctrina a niños, provoca hambrunas, usa civiles como escudos humanos, reprime protestas pacíficas, persigue opositores, encarcela periodistas y restringe los derechos de las mujeres. Lejos de ser un movimiento de liberación, Hamás funciona como una dictadura teocrática cuyo objetivo central es la destrucción de Israel.

Este giro de Macron —posiblemente influenciado por la presión internacional y por sectores islamistas dentro de Francia— deja serias dudas sobre la coherencia ética de su gobierno. Francia alberga la mayor población musulmana de Europa, y el crecimiento de sectores radicalizados ha encendido alarmas de seguridad en los últimos años. No es casual que, días antes de este anuncio, París haya abierto asilo a palestinos residentes en Gaza. La radicalización islámica ha provocado múltiples atentados terroristas en suelo francés, y legitimar indirectamente a Hamás puede interpretarse como una concesión peligrosa, que alimenta aún más la narrativa extremista.

La reacción internacional no tardó. Estados Unidos rechazó inmediatamente la decisión: el secretario de Estado, Marco Rubio, la calificó de “imprudente” y una verdadera bofetada para las víctimas del 7 de octubre.

Al reconocer a un pseudo-Estado sin instituciones democráticas, con un historial de terrorismo y violaciones sistemáticas a los derechos humanos, Macron no está apostando por la paz. Todo lo contrario: legitima la violencia y compromete la seguridad internacional, enviando el peor mensaje posible a los extremistas: que el terrorismo, al final, puede dar frutos políticos.

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Ludmila Radolovich
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