El Congreso rechaza más vetos de Milei: las cajas y la codicia como convicción
El rechazo al veto de Javier Milei dejó al descubierto a diputados que, elegidos con discurso de cambio, terminaron vendiendo sus votos por conveniencia, traicionando a sus electores y alineándose con el mismo populismo que prometieron combatir.
La histórica votación que rechazó el veto presidencial de Javier Milei sobre la ley de emergencia pediátrica del Hospital Garrahan y el financiamiento universitario dejó algo más que una derrota legislativa: expuso una traición flagrante al mandato popular. Con 181 votos afirmativos contra 60 negativos en el caso del Garrahan, y 174 contra 67 en el de las universidades, la oposición no sólo superó con holgura los dos tercios necesarios, sino que arrastró consigo a diputados elegidos bajo un discurso libertario o “republicano” que terminaron avalando el gasto público populista que prometieron combatir. La escena fue contundente: quienes llegaron al Congreso de la mano de Milei para equilibrar las cuentas y frenar el despilfarro dieron la espalda a sus votantes y se alinearon con las mismas prácticas que juraron desterrar.
Este golpe parlamentario reviste una gravedad institucional innegable. No se trata de un matiz ideológico ni de un voto de conciencia aislado, sino de una negación del contrato electoral. Miles de argentinos votaron por una agenda de equilibrio fiscal, reducción del gasto y rechazo al asistencialismo demagógico; sin embargo, varios de sus supuestos representantes optaron por traicionar ese mandato explícito, torpedeando el rumbo económico elegido en las urnas. En democracia, el voto popular es soberano: subvertirlo por conveniencia personal es una falta ética grave que erosiona la confianza en las instituciones. Si el Presidente vetó esas leyes por considerarlas perjudiciales para el erario y contrarias al programa de gobierno, el deber de quienes comparten esa visión era sostener el veto. Hacer lo contrario –y peor aún, junto al kirchnerismo y sus aliados históricos del dispendio– equivale a burlarse de la voluntad del electorado. Es difícil exagerar la gravedad de que varios diputados hayan contribuido a desestabilizar el esfuerzo de saneamiento fiscal del Gobierno por interés propio. En vez de honrar el resultado de 2023, estos legisladores se acomodaron a la vieja política del gasto fácil, esa que hipotecó el futuro del país una y otra vez.
Lo ocurrido confirma el peor diagnóstico que Javier Milei había hecho sobre la “casta”: para algunos, la política no es vocación de servicio sino un mercado de favores. En efecto, la Casa Rosada denunció que en los días previos se desplegaron negociaciones y presiones dignas del más crudo lobbying. Y finalmente, en el recinto, varios diputados mostraron que su lealtad estaba en venta. Los casos son elocuentes. Por un lado, ex libertarios que llegaron al Congreso en la lista de La Libertad Avanza se dieron vuelta ni bien dejaron de percibir beneficios personales. Oscar Zago y Eduardo Falcone, por ejemplo, abandonaron el bloque oficialista tras ser “excluidos del armado electoral” en Buenos Aires, enemistados con el armado de Karina Milei y Martín Menem, y terminaron votando gustosamente contra los vetos presidenciales. Es decir, cuando vieron peligrar sus futuras candidaturas, no dudaron en romper con Milei y pasarse al bando que garantiza continuidad a los fondos y privilegios. ¿Convicción ideológica? No, cálculo y resentimiento. Similar es el papelón de los cuatro diputados que formaron el mini-bloque irónicamente llamado “Coherencia”: Marcela Pagano, Carlos D’Alessandro, Gerardo González y Lourdes Micaela Arrieta. Todos ellos fueron elegidos por el espacio libertario y hasta hace poco proclamaban su fe en las ideas de la libertad, pero a la hora de la verdad votaron codo a codo con el kirchnerismo para reinstaurar leyes de mayor gasto público. Su “coherencia” resultó ser con sus ambiciones personales y no con los principios que anunciaban en campaña. Abandonaron a Milei lanzando críticas hacia la conducción del bloque –acusando supuestas faltas de diálogo o el protagonismo de la hermana del Presidente–, pero sus actos demostraron que su verdadera molestia era no recibir cargos o favores. Lejos de encarnar diferencias doctrinarias honestas, estos diputados evidenciaron que vinieron a la política a hacer negocios, no a defender ideas.
El colmo de la desfachatez lo aportó Carlos D’Alessandro. Este diputado puntano había votado inicialmente en contra de la “emergencia pediátrica”, alineado entonces con la postura austera del Gobierno. Sin embargo, tras pelearse con la conducción libertaria (se quejó de la intervención de su partido provincial, evidenciando que su prioridad eran sus propios feudos políticos), cambió súbitamente de postura. A la hora de rechazar el veto presidencial, justificó su voltereta alegando razones emotivas: “Votar en contra del Garrahan es votar en contra del equilibrio moral”, declaró en el recinto. Curioso equilibrio moral el de D’Alessandro: hace dos meses no tenía reparos en oponerse a ese mismo financiamiento extraordinario, pero ahora se arroga superioridad ética por apoyarlo. Resulta evidente que su brújula no es la moral ni la técnica presupuestaria, sino la oportunidad política del momento. Como él, muchos aprovecharon el fácil recurso de revestir su traición con un ropaje compasivo –¿quién se opondría a ayudar a niños enfermos o a universidades en crisis?–, cuando en realidad se estaban sumando al populismo fiscal que originalmente repudiaron. En nombre de una falsa sensibilidad, terminaron traicionando el cambio que prometieron impulsar.
En la sesión que volteó los vetos, varias ausencias se justificaron por “enfermedad” —incluidas dos diputadas electas por LLA, que optaron por no dar la cara en un momento definitorio—, un contraste que duele cuando se recuerda que Carlos Menem, con 78 años, afiebrado y con un principio de neumonía, bajó al recinto y votó igualmente en la madrugada del 17 de julio de 2008, ayudando a forzar el 36–36 que desembocó en el “no positivo” de Cobos. Los testimonios de esa noche —del entonces jefe de Gabinete Alberto Fernández y del opositor Ernesto Sanz— describen al riojano “moribundo de la gripe” pero sentado en su banca hasta el final. Compromiso institucional versus excusas de último minuto.
Otro capítulo de esta decadente “rebelión de los aliados” lo protagonizaron diputados de Juntos por el Cambio que se suponía iban a acompañar las banderas de la responsabilidad fiscal. El caso de Mendoza expone los riesgos de sumar candidatos “prestados” sin alineación ideológica: Pamela Verasay, segunda en la lista de Luis Petri en Mendoza (apadrinada por Alfredo Cornejo), será legisladora por la alianza Cambia Mendoza–La Libertad Avanza y sin embargo ya vota en contra del presidente Milei. Antes de renovar su banca con el partido del Presidente, Verasay acompañó a la oposición para rechazar el veto presidencial a la ley de financiamiento universitario.
En Santa Fe, en cambio, la dirigencia optó por un armado puro de cara a las legislativas de octubre, integrado por fieles al proyecto más que por celebridades electorales. Paradójicamente, esta lista sin nombres rutilantes es criticada por algunos dentro de la alianza por “no tener conocidos”. ¿A quién preferirían esos críticos internos? ¿A algún candidato famoso al estilo Pagano o a un diputado del PRO como Gabriel Chumpitaz? Chumpitaz quien estuvo meses arrodillándose delante de cualquiera que le prometiera una mínima posibilidad de entrar en la lista a diputados nacionales por Santa Fe para octubre dentro de La Libertad Avanza, y tras no ser elegido directamente votó a favor de reinstaurar las leyes de gasto –tanto en Garrahan como en universidades–, uniéndose así al coro populista contra el que se había definido. Figueroa Casas, por su parte, ya había mostrado su lado estatista al formar parte de la lista del radical socialista gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro. La diputada del PRO optó por una maniobra más calculadora: se ausentó en la votación del Garrahan (quizá para no aparecer votando contra un hospital de niños) pero sí apoyó derribar el veto en financiamiento universitario. En resumen, ninguno honró la plataforma de austeridad y cambio profundo que su espacio decía encarnar. Demostraron que sus convicciones flaquean cuando ven la posibilidad de quedar bien con el establishment político o con intereses creados. No sólo traicionaron a sus propios electores de centro-derecha, sino que evidenciaron la falta de cohesión ética en un sector de la oposición que, en teoría, debería ser aliado natural de un programa de ajuste del gasto. Su comportamiento terminó dando la razón a Milei cuando denunciaba la existencia de “radicales con peluca” o “pseudo-opositores” que, llegado el momento, se pliegan a la vieja politiquería. Que diputados del PRO cercanos a Mauricio Macri –como Silvia Lospennato, Héctor Baldassi, Sofía Brambilla o Álvaro González, entre otros– también hayan votado junto al kirchnerismo en esta instancia refuerza esa idea. En pocos días, Juntos por el Cambio pasó del discurso de la responsabilidad a aportar votos para aumentar el gasto: una voltereta ideológica difícil de explicar sin recurrir al cinismo.
Al final del día, el ejemplo de Santa Fe demuestra los beneficios de una lista 100% leal al proyecto: por más que algunos socios con más ambición de poder y dinero que convicción pataleen porque “no son conocidos”, se evitan las traiciones en momentos críticos. No hay que olvidar que la misma Granata que hoy enfrenta discursivamente al gobernador Pullaro por los medios, ella y su bloque completo se ausentaron cuando en la Legislatura había que votar contra la Reforma Constitucional socialista y el endeudamiento récord de 1.000 millones de dólares para «obra pública», conviertiendola en una aspirante a Marcela Pagano versión Santa Fe. En las difíciles, los supuestos aliados mediáticos desaparecen o votan en contra; en cambio, los soldados propios –aunque menos famosos– sostienen el rumbo sin titubear.
Al ver el resultado de esta votación, Milei declaró –con evidente frustración– que el Congreso se ha convertido en un aguantadero de lobbies y negociados. Cuesta refutarlo después de presenciar este espectáculo. La rapidez con que algunos diputados cambiaron de bando confirma que para muchos el escaño es moneda de cambio y no representación genuina. Es exactamente lo que el Presidente denunciaba cuando hablaba de la “casta”: personajes que simulan adherir a una idea nueva, pero que en el fondo siguen haciendo los viejos trucos de siempre. Este revés, por doloroso que sea para el proyecto de gobierno, tiene al menos el mérito de desenmascarar a los falsos libertarios y falsos republicanos. Quedó a la vista quién es quién en el Congreso: de un lado, una minoría que se mantuvo fiel al plan votado por la ciudadanía; del otro, un nutrido grupo de tránsfugas que antepusieron su conveniencia personal o su obediencia a caciques políticos tradicionales.
