Aniversario del 7 de octubre: el mayor ataque terrorista de Hamás sobre Israel que desató la guerra

A un año del ataque terrorista del 7 de octubre de 2023, el mundo recuerda la jornada más sangrienta en la historia reciente de Israel: más de 1.200 civiles asesinados, familias enteras masacradas y cientos de rehenes secuestrados por Hamás en una ola de barbarie que reavivó la guerra en Gaza.

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El 7 de octubre de 2023, Israel sufrió el peor ataque terrorista de su historia en manos del grupo islamista Hamás. Aquella invasión sorpresa desde Gaza dejó un rastro de horror: unas 1.195 personas asesinadas (766 civiles – 36 de ellos niños – y 373 militares) y 251 secuestrados como rehenes llevados a Gaza. Fue la jornada más sangrienta para el pueblo judío desde el Holocausto. Este ataque sin precedentes desató inmediatamente una guerra en la Franja de Gaza, cuyo impacto se sigue sintiendo hasta hoy.

El ataque terrorista del 7 de octubre de 2023

En la mañana del 7 de octubre, miles de militantes de Hamás irrumpieron en territorio israelí tras bombardear las defensas fronterizas con cohetes y usar planeadores motorizados. Las comunidades civiles cercanas a Gaza fueron blanco directo. Los terroristas arrasaron el festival de música Nova, asaltaron bases militares y masacraron a familias enteras en varios kibutz de la zona fronteriza. Hombres, mujeres, niños y ancianos fueron ejecutados sin piedad en sus casas.

Las escenas de aquel día estremecen por su brutalidad. Hamás perpetró asesinatos masivos de civiles desarmados, incluso bebés y menores de edad, con una crueldad que Israel comparó con las atrocidades cometidas por el ISIS. Los terroristas incendiaron viviendas con familias dentro, tirotearon vehículos en las carreteras y atacaron incluso a los asistentes de un concierto al aire libre, dejando cientos de cadáveres a su paso. “Cuando alguien salta una cerca, entra en la casa de una familia y quema a su bebé en su cuna, no importa cuál diga que es su causa: es un acto de maldad absoluta”, sentenció con indignación el presentador estadounidense Dr. Phil al describir los hechos.

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Víctimas y atrocidades documentadas

Las cifras del ataque son escalofriantes. Murieron alrededor de 1.200 israelíes, en su mayoría civiles, entre ellos decenas de niños, y unos 250 fueron tomados como rehenes. Investigaciones independientes y organismos de derechos humanos han confirmado que lo ocurrido no fue un “exceso” en el calor del combate, sino una matanza planificada de civiles constitutiva de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. Entre los crímenes cometidos aquel día se cuentan, por ejemplo:

  • Asesinatos deliberados de familias enteras en sus hogares, con ancianos, padres e hijos ejecutados uno por uno. Organismos como Human Rights Watch documentaron ejecuciones sumarias de civiles en al menos 19 comunidades atacadas. Hamás y otras facciones armadas “diseñaron el asalto del 7 de octubre para matar civiles y tomar el mayor número de rehenes posible”, concluyó un reporte forense de HRW.
  • Violaciones y abusos sexuales: decenas de mujeres sufrieron agresiones sexuales atroces durante el ataque. Posteriores exámenes forenses hallaron evidencia de violaciones, mutilaciones y otros ultrajes, aunque Hamás y la izquierda internacional cínicamente negó estos hechos pese a las pruebas.
  • Torturas y mutilaciones: sobrevivientes y rescatistas relataron escenas dantescas, con cuerpos decapitados o quemados. En Kibutz Kfar Aza, por ejemplo, los atacantes dejaron cadáveres de bebés decapitados y personas calcinadas entre los escombros, según testimonios recogidos por militares israelíes (hallazgos que luego se exhibieron como prueba del salvajismo del ataque). Las órdenes escritas de Hamás incautadas tras la masacre revelaron instrucciones explícitas de “violar a las mujeres, quemar a los bebés vivos y secuestrar a cientos” de civiles – una lista de horrores que los terroristas efectivamente llevaron a cabo.
  • Secuestro masivo de rehenes: Alrededor de 250 israelíes fueron raptados y llevados a Gaza esa mañana, entre ellos niños (incluso bebés de pocos meses), madres, abuelos de más de 80 años y familias enteras. Las imágenes de víctimas – incluyendo mujeres ensangrentadas y atadas siendo subidas a motocicletas o camionetas – dieron la vuelta al mundo, ilustrando el carácter terrorista y despiadado de la operación.

La comunidad internacional condenó de inmediato la masacre del 7 de octubre como un acto terrorista de barbarie inédita en décadas. En Israel, el impacto emocional y psicológico fue comparable al del 11-S en Estados Unidos: una sensación de vulnerabilidad absoluta ante unos atacantes que no mostraron ningún respeto por la vida humana.

Rehenes en cautiverio y condiciones infrahumanas

Desde el primer día, Hamás dejó claro que usaría a los rehenes como moneda de cambio. Decenas de civiles israelíes – hombres y mujeres, desde niños de apenas 9 meses hasta ancianos de más de 85 años – fueron arrastrados a Gaza y encarcelados en condiciones infrahumanas. Muchos fueron hacinados en oscuros túneles subterráneos, sin luz solar, con poca comida o agua, y sometidos a tratos crueles, según relataron algunos sobrevivientes liberados tras semanas de cautiverio.

A medida que avanzó la guerra, Hamás difundió videos propagandísticos donde mostraba a algunos rehenes con vida para presionar negociaciones, mientras otros cautivos fallecieron por la dureza del cautiverio o fueron asesinados. Familias enteras quedaron desgarradas: más de 30 niños pasaron meses sin sus padres, y viceversa, sin saber si estaban vivos o muertos.

Tras intensas negociaciones mediadas internacionalmente, Hamás liberó a varias decenas de rehenes en intercambios por prisioneros palestinos a fines de 2023. Sin embargo, al cumplirse dos años del ataque aún quedaban 47 personas cautivas en Gaza, bajo control de Hamás u otras milicias aliadas, “en condiciones infrahumanas y violando todas las leyes internacionales”. De ellas, se cree que solo una veintena seguirían con vida, mientras que el resto habrían muerto en cautiverio (algunos por enfermedades no tratadas, otros bajo bombardeos). La incertidumbre y el dolor de los familiares de estos rehenes continúan hasta hoy, sin que Hamás brinde información fidedigna sobre su destino.

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La guerra desatada en Gaza y sus consecuencias

El horror del 7 de octubre provocó una respuesta fulminante de Israel. Horas después del ataque, el gobierno israelí declaró el estado de guerra y lanzó la operación “Espadas de Hierro” para destruir a Hamás en la Franja de Gaza. Lo que siguió fue un conflicto de alta intensidad: bombardeos masivos sobre posiciones de Hamás, combates urbanos en las calles de Gaza y un asedio total al territorio controlado por el grupo islamista.

Israel argumentó que no tenía otra opción frente a un enemigo que había cometido semejante masacre de civiles. El objetivo declarado era desmantelar la infraestructura militar de Hamás, eliminar a sus líderes y recuperar a los rehenes. En la práctica, la guerra desencadenada tuvo un coste humano enorme también para la población de Gaza: los combates y bombardeos prolongados causaron miles de muertos y heridos palestinos (incluyendo civiles atrapados en el fuego cruzado), y destruyeron gran parte de la ciudad de Gaza y otras localidades. Al cabo de semanas de lucha, Hamás fue expulsado de sus bastiones urbanos – túneles incluidos – pero las secuelas humanitarias en Gaza fueron devastadoras, agravando una crisis que ya existía en el enclave bloqueado desde años atrás.

Diversos analistas señalaron que Hamás, al planear su asalto, anticipaba que la represalia israelí sería feroz y devastadora para Gaza – y buscaba exactamente ese resultado para galvanizar a sus seguidores y la opinión pública regional contra Israel. En este sentido, Hamás actuó cínicamente: sacrificó a la población gazatí al esconderse entre civiles y usar escudos humanos, esperando obtener rédito político del sufrimiento que provocaría la inevitable respuesta militar israelí.

Tras varios meses de conflicto, la guerra entró en una fase de menor intensidad, pero la región quedó profundamente marcada. En Israel, el trauma colectivo por la masacre del 7-O perdura; en Gaza, la destrucción y pérdidas humanas han dejado heridas difíciles de sanar. La comunidad internacional, por su parte, quedó dividida entre quienes respaldaron el derecho de Israel a defenderse de un terrorismo brutal, y quienes criticaron el elevado coste en vidas civiles palestinas.

Fanatismo religioso: la ideología detrás de Hamás

Para entender la magnitud de lo ocurrido el 7 de octubre, es necesario comprender la ideología extremista que motivó a sus perpetradores. Hamás no es simplemente un movimiento nacionalista palestino: es, ante todo, un grupo islamista radical que promueve una visión teocrática y milenarista. Sus militantes actúan convencidos de librar una “guerra santa” (yihad) en la que el enemigo no es solo Israel, sino cualquier sociedad no sometida a su interpretación del islam.

Mosab Hassan Yousef – conocido como el “Hijo de Hamás” por ser hijo de uno de los fundadores del grupo – ofrece una perspectiva reveladora al respecto. Yousef creció dentro de la élite de Hamás, pero años después renegó de la organización y colaboró con Israel para frenar ataques terroristas. Desde su experiencia, él ha denunciado abiertamente el fanatismo violento de Hamás y su desprecio por la vida. “Hamas no está solo en guerra con Israel. Está en guerra con los judíos, con los cristianos y contra los propios fundamentos de la civilización, afirmó Yousef en una entrevista, subrayando que la ambición última del grupo es imponer el islamismo radical y eliminar a quienes no lo acepten. En su educación dentro de Hamás, cuenta, “me enseñaron desde niño que a los judíos hay que matarlos, a los cristianos eliminarlos y a los ‘infieles’ subyugarlos. Esta mentalidad absolutista – que considera “criminal” o impío a todo aquel que no sea musulmán radical – es la que alimenta la violencia indiscriminada de grupos como Hamás.

Yousef describe a Hamás como un “culto de la muerte” (death cult) que no busca ningún compromiso ni solución de dos Estados, sino únicamente la aniquilación del otro. “Hamas es un monstruo que empuja a todo Oriente Medio hacia una guerra global”, advirtió, indignado por la glorificación que algunos sectores hacen de la causa de Hamás ignorando sus crímenes. Incluso llegó a afirmar que, tras la barbarie del 7 de octubre, “no hay diferencia entre Hamás y el pueblo palestino”, criticando que la sociedad gobernada por Hamás ha abrazado ese odio y que “en realidad no existen los palestinos [unidos], sino tribus que, si no tuvieran a Israel como enemigo común, se pelearían entre ellas”.

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Reflexión final

Al cumplirse este aniversario del 7 de octubre, el recuerdo de la masacre perpetrada por Hamás sigue siendo profundamente doloroso. Las imágenes de comunidades enteras diezmadas, de madres con sus hijos asesinados, de jóvenes torturados y rehenes aterrorizados, no se borrarán jamás de la memoria colectiva de Israel. Aquel ataque no solo desencadenó una guerra; también fue un llamado de atención al mundo sobre los peligros del extremismo religioso descontrolado.

El legado del 7-O es una sombría lección: el fanatismo y el odio convierten a seres humanos comunes en asesinos despiadados. Hamás demostró con sus actos que no respeta ningún principio básico de humanidad, y que está dispuesto a sacrificar incluso a su propio pueblo con tal de avanzar su agenda totalitaria. “Esta no es una lucha política, es una guerra religiosa… Si el mundo no lo entiende, todos pagarán el precio”, advirtió Mosab Hassan Yousef. Dos años después, esas palabras resuenan con verdad.

En última instancia, el 7 de octubre de 2023 marcó un antes y un después. Israel reafirma que no puede permitirse la existencia de una organización como Hamás en su frontera, tras haber visto de lo que es capaz. Y a nivel internacional, quedó expuesto que los discursos de odio y la ideología yihadista de grupos terroristas son una amenaza no solo para Israel, sino para los valores universales de la vida y la libertad. En este aniversario de dolor, la comunidad global enfrenta el reto de recordar la barbarie para no repetirla, de apoyar a las víctimas y de no ceder ante el terror. Porque la paz nunca podrá construirse sobre la negación de la justicia ni sobre la impunidad de los fanáticos. El 7 de octubre será recordado como el día en que la barbarie golpeó a inocentes, pero también como el día en que el mundo vio, con estremecedora claridad, el rostro del extremismo al que hay que enfrentar para que algo así no vuelva a suceder.

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