Aniversario de la Batalla de Caseros: el nacimiento de la Argentina constitucional

A 174 años de la batalla que abrió el camino a la Constitución liberal de Alberdi y a la unidad nacional

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Este 3 de febrero se conmemora un hito decisivo en la historia argentina. En 1852, en los campos de Caseros —en el actual partido de Tres de Febrero— se libró la batalla que puso fin a una etapa de hegemonía política y abrió definitivamente el camino hacia la organización nacional, la Constitución y la Argentina moderna.

La Batalla de Caseros, encabezada por el general Justo José de Urquiza al frente del Ejército Grande, significó la derrota de Juan Manuel de Rosas, quien durante casi dos décadas había concentrado el poder político, económico y diplomático del país desde Buenos Aires, bloqueando la organización constitucional y la integración plena de las provincias.

El contexto: un país sin Constitución

Desde la caída del Directorio en 1820, la Argentina vivía atrapada en un prolongado ciclo de guerras civiles. Aunque formalmente organizada como Confederación Argentina, el país carecía de una Constitución y de un verdadero gobierno nacional. Las provincias estaban unidas apenas por pactos, mientras Buenos Aires monopolizaba la renta aduanera y ejercía de hecho las relaciones exteriores.

Rosas, investido con la “suma del poder público”, sostuvo un orden autoritario que garantizaba estabilidad relativa, pero a costa de impedir la libre navegación de los ríos, la equidad fiscal y la organización institucional del país. Para las provincias del interior, este esquema significaba postergación económica y exclusión política.

General Justo José de Urquiza. Óleo de Sor Josefa Díaz y Clucellas – Museo Histórico Provincial de Santa Fe

El quiebre llegó el 1° de mayo de 1851, cuando Urquiza, gobernador de Entre Ríos, lanzó su histórico Pronunciamiento. Allí reasumió para su provincia el manejo de las relaciones exteriores y denunció la necesidad impostergable de convocar a un Congreso Constituyente. El conflicto era claro: sin Constitución no había Nación; sin organización, no había futuro.

Urquiza entendió que la libertad económica, la apertura comercial, la libre navegación de los ríos y la igualdad entre provincias eran condiciones esenciales para el desarrollo argentino. Caseros no fue un acto de ambición personal, sino una decisión política para cerrar una etapa histórica.

En un principio, sólo la provincia de Corrientes compartirá esta iniciativa. Pero poco tiempo después Urquiza firmará una alianza con el poderoso Imperio del Brasil y el gobierno de Montevideo, formando así hacia fines de 1851, el “Ejército Grande Aliado de Sud América”.

Sus tropas controlarán la campaña oriental llegando a Montevideo, y lograrán que tanto la provincia de Buenos Aires, incluida la ciudad de San Nicolás, como la de Santa Fe se pronuncien contra Rosas.

La batalla que cambió todo

El 3 de febrero de 1852, más de 50.000 hombres se enfrentaron en el mayor combate de la historia nacional. En apenas seis horas, el poder rosista se derrumbó. Rosas renunció ese mismo día y partió al exilio, cerrando un ciclo de concentración de poder que había frenado la organización institucional del país.

Caseros no fue solo una victoria militar: fue una victoria política e institucional. Marcó el fin del monopolio porteño, la apertura del comercio interior y exterior, y la posibilidad real de construir un Estado nacional bajo el imperio de la ley.

La Constitución de 1853: el acta de nacimiento institucional

La consecuencia política directa de la victoria de Caseros fue la sanción de la Constitución Nacional de 1853, el verdadero punto de partida del Estado argentino moderno. El texto fue redactado y aprobado por el Congreso General Constituyente reunido en la ciudad de Santa Fe, elegida por su tradición federal y su ubicación equidistante del poder porteño.

El Congreso Constituyente sesionó entre noviembre de 1852 y mayo de 1853, con representantes de 13 provincias, en un clima atravesado por debates intensos pero con un objetivo común: dejar atrás definitivamente la anarquía y dotar al país de reglas claras y permanentes.

La Constitución fue jurada el 9 de julio de 1853, fecha simbólica que buscó unir el nuevo orden institucional con la gesta independentista. Su inspiración principal fue la obra “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, de Juan Bautista Alberdi, que proponía un modelo de país abierto al mundo, con libertad económica, inmigración, respeto a la propiedad privada y división de poderes.

Primera jura de la Constitución Nacional

Entre sus principios centrales se destacaron:

  • El federalismo real, reconociendo la autonomía de las provincias.
  • La división de poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial).
  • Los derechos y garantías individuales, como la libertad de expresión, de culto y de comercio.
  • La libre navegación de los ríos, clave para el desarrollo del interior.
  • La promoción de la inmigración y la inversión, como motores del progreso.
Juan Bautista Alberdi, padre de la Constitución Nacional

Aunque Buenos Aires no participó inicialmente —por mantenerse separada de la Confederación—, la Constitución sentó las bases del orden institucional que luego permitiría la reunificación nacional en 1860, cuando la provincia se incorporó tras el Pacto de San José de Flores.

La Constitución de 1853 no fue un texto abstracto: fue una decisión política concreta para transformar un territorio fragmentado en una Nación organizada, bajo el principio de que la ley debía estar por encima de los hombres. Ese legado, nacido en Santa Fe, sigue siendo el corazón jurídico de la Argentina hasta hoy.

Un legado vigente

Caseros fue el punto de inflexión que transformó una confederación fragmentada en una Nación en marcha. Urquiza entendió que sin reglas claras no hay desarrollo posible, y que la Constitución debía estar por encima de los hombres.

A 174 años de aquella jornada decisiva, Caseros sigue recordándonos que la Argentina nació verdaderamente cuando eligió la ley por sobre el caudillismo, la Constitución por sobre el poder personal, y la libertad por sobre todas las cosas.

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Julián Sayago
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