Nueva fase de la guerra: Ucrania golpea instalaciones petroleras rusas en el propio territorio de Putin

Los drones ucranianos llegan a 1.500 kilómetros de profundidad. Refinerías arden, lluvia tóxica cae sobre el Mar Negro y el desastre ambiental es visible desde el espacio. Pero el alza global de precios por el conflicto con Teherán le devuelve a Moscú los dólares que Kiev intenta quemar.

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Los drones ucranianos no respetan fronteras ni distancias. En las últimas semanas han volado hasta el corazón de Rusia para golpear donde más duele: la industria petrolera que financia la maquinaria de guerra del Kremlin. La refinería y terminal de exportación de Tuapse, en el Mar Negro, fue atacada cuatro veces en poco más de dos semanas, provocando incendios, evacuaciones locales y columnas de humo visibles desde el espacio. El producto en llamas derramó crudo hirviendo sobre las calles, dañó autos y cubrió de hollín negro a residentes y animales.

Pero los ucranianos no se detuvieron en la costa. También golpearon una estación de bombeo en la región de Perm, a más de 1.500 kilómetros de la frontera, dos días seguidos. Y la terminal de Ust-Luga, uno de los mayores centros de exportación de petróleo y gas de Rusia en el Báltico, sufrió tres ataques en una semana a más de 800 kilómetros de distancia.

La «lluvia negra» y el desastre ecológico

El impacto no es solo económico. Es ambiental y humano. En Tuapse, autoridades advirtieron sobre niveles elevados de benceno, un carcinógeno, en el aire mientras ardían los tanques. Los residentes reportaron «lluvia negra»: gotas aceitosas que caían sobre su piel y ropa. Medios locales difundieron imágenes de perros y gatos callejeros con el pelaje teñido de gris, y delfines varados en la costa cubiertos de petróleo.

Vladimir Slivyak, co-presidente del grupo ambientalista ruso Ecodefense, advirtió sobre consecuencias a largo plazo para la salud humana y el ecosistema. «Hay mucho petróleo en el mar. En los próximos años, cada tormenta traerá más contaminación a la costa».

Una nueva era: la contraofensiva ya no es ucraniana, es rusa

Lo que está ocurriendo no son simples incursiones tácticas. Es el consolidamiento de una contraofensiva estratégica que traspasó todos los límites de la guerra convencional. Ucrania ya no se limita a defenderse en Donetsk o Jersón. Ataca suelo ruso profundamente, en instalaciones críticas, con precisión quirúrgica y con una frecuencia que demuestra capacidad logística, inteligencia y voluntad política inquebrantable.

Esto marca el inicio de una nueva fase del conflicto. La línea del frente se borró. La distancia de 1.500 kilómetros ya no protege a las ciudades rusas. La guerra llegó a San Petersburgo, a Perm, a las costas del Báltico. Y cada explosión en una refinería envía un mensaje que el Kremlin no puede censurar: Rusia no está segura en su propia casa.

La pregunta que Putin no quiere escuchar

Aquí surge la cuestión que puede definir el destino del conflicto: ¿Rusia estará dispuesta a aguantar todos estos ataques en su propio suelo para seguir la guerra contra Ucrania?

La respuesta, por ahora, es ambigua. El régimen de Putin sigue movilizando tropas, sigue lanzando misiles contra Kiev y sigue hablando de «operación militar especial». Pero la retórica no apaga los incendios en Tuapse. La propaganda no limpia el petróleo de los delfines muertos. Y las ametralladoras antidrone que desplegaron las empresas privadas en las refinerías demuestran que Moscú no tenía preparado un escenario de guerra en territorio propio.

El gobernador de la región de San Petersburgo, Alexander Drozdenko, llegó a declarar que su área era una «región de primera línea». Cuando la élite rusa empieza a sentir que la guerra ya no es algo que ocurre en Ucrania, sino en su patio trasero, la presión interna crece. Y en una dictadura donde no hay válvulas de escape democráticas, esa presión puede explotar de formas impredecibles.

Zelenski presume los números, pero la realidad es otra

El presidente Volodímir Zelenski aseguró el viernes que Rusia ha perdido al menos $7.000 millones desde principios de año por los ataques a su sector petrolero . Su inteligencia militar indica una caída en las exportaciones desde puertos clave como Ust-Luga y Primorsk. Y los expertos confirman que los drones también han afectado la capacidad de refinación, mientras las sanciones dificultan la adquisición de repuestos .

Pero hay un problema: la guerra en Irán le está salvando la economía a Putin.

El efecto bumerán de la crisis del Medio Oriente

La Agencia Internacional de Energía informó que las exportaciones de crudo y productos petroleros rusos subieron en 320.000 barriles por día en marzo, alcanzando los 7,1 millones. Gracias al alza de precios provocada por el cierre del Estrecho de Ormuz y la guerra contra Teherán, los ingresos por exportaciones de petróleo de Rusia casi se duplicaron: pasaron de $9.700 millones a $19.000 millones en un mes.

«La acción de Estados Unidos contra Irán salvó tanto al sector petrolero ruso como al presupuesto federal de una crisis que se desarrollaba claramente a finales de febrero», señaló Chris Weafer, CEO de la consultora Macro-Advisory Ltd .

Además, el daño real es menor de lo que sugieren las explosiones espectaculares. «Si golpeás un tanque de petróleo, particularmente uno que no está lleno, los vapores se inflaman y tenés llamas. Se ve muy espectacular», explicó Weafer. Pero eso solo retrasa las entregas un par de días. «Es mucho menos dañino que golpear las estaciones de bombeo o los compresores. Y eso parece estar bien protegido. Los tanques, no».

Putin entre el humo y la propaganda

El presidente Vladimir Putin condenó los ataques como «métodos terroristas abiertos» y advirtió sobre «serias consecuencias ambientales», aunque insistió en que todo estaba bajo control. Las autoridades rusas, acostumbradas a ocultar la verdad, desplegaron ametralladoras antidrone operadas por empresas privadas y declararon zonas de emergencia.

Pero la imagen de la «Rusia invencible» se resquebraja cada vez que un drone ucraniano atraviesa 1.500 kilómetros de territorio «protegido» y reduce a cenizas una refinería estratégica. La pregunta no es si Ucrania puede seguir golpeando. La pregunta es hasta cuándo la sociedad rusa aceptará ver su propio país en llamas para mantener la fantasía imperial de un solo hombre.

La guerra cambió de dirección

Ucrania demostró que puede golpear a Rusia donde le duele. Pero demostró algo más profundo: la iniciativa militar ya no es exclusiva del Kremlin. La contraofensiva ucraniana trascendió la defensa territorial y se convirtió en una guerra de desgaste en el corazón del enemigo. Eso cambia los cálculos estratégicos de Moscú, de la OTAN y de Washington.

Sin embargo, la geopolítica es un juego de ajedrez, no de damas. La ofensiva contra Irán —necesaria y justa— disparó los precios del petróleo global y le inyectó a Moscú una inyección de dólares que las sanciones y los drones ucranianos intentaban secar. Trump debe entender que no basta con desmantelar el régimen iraní. Hay que asegurarse de que Rusia no se quede con el botín energético del caos.

Rusia está aprendendo que la guerra tiene consecuencias en su propio suelo. La pregunta es si Putin está dispuesto a quemar su país para salvar su ego. Y la historia dice que los dictadores, cuando eligen entre el poder y la patria, siempre eligen el poder. Aunque eso signifique ver arder Rusia.

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