El plan de la extrema izquierda en acción: plantar «discursos de odio» para ejercer violencia real
La muerte de Miguel Uribe Turbay en Colombia vuelve a exponer una tendencia peligrosa: la izquierda radical, que históricamente llegó al poder por la fuerza, hoy se vale del relato del “discurso de odio” para justificar la violencia política y acallar a sus opositores, con la complicidad de medios, plataformas y una agenda ideológica global.
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La izquierda ha encontrado en el siglo XXI una ventana perfecta para ejercer la violencia y relativizarla: el relato del “discurso de odio”. Con el respaldo de casi la totalidad de los grandes medios y las plataformas digitales más influyentes —Instagram, Facebook y YouTube—, que aplican censura sistemática contra cualquier idea que critique al progresismo o a la Agenda 2030, esta táctica no cambia la esencia original de su ideología: llegar al poder y conservarlo mediante la fuerza. No es una exageración: Karl Marx hablaba de la dictadura del proletariado como etapa necesaria, y la historia muestra cómo los bolcheviques impusieron su régimen en Rusia, fundando la URSS sobre la sangre de opositores. En América Latina, las décadas del 60, 70 y 80 fueron escenario de guerrillas marxistas que, lejos de fortalecer la democracia, la minaban con secuestros, asesinatos y terrorismo.
Hoy, la estrategia es distinta: en lugar de esconderse tras células armadas, se infiltran en el sistema y usan la psicología de masas para fabricar enemigos y encender el resentimiento social. Alimentan complejos personales y los colectivizan, señalando supuestas causas nobles: dicen defender a ultranza los derechos de mujeres y LGBT, mientras callan y hasta justifican las dictaduras islámicas más misóginas y homofóbicas del planeta. Solo “importa” la vida de mujeres y homosexuales en países democráticos; en los regímenes que los lapidan o encarcelan, miran para otro lado.
Así, con un doble discurso sostenido en la manipulación emocional, presentan al adversario político como un enemigo público y habilitan cualquier tipo de agresión contra él. Los nuevos fascistas se llaman a sí mismos antifascistas. Y la evidencia está a la vista: referentes como el “Pitu” Salvatierra pueden pedir una guerra civil contra quienes piensan distinto sin que sus colegas progresistas lo condenen, porque en este juego, la intolerancia y la violencia siempre son “por el bien común”.
Este patrón no es teoría ni exageración retórica: los últimos años están plagados de ejemplos concretos de cómo la izquierda radical, amparada en este doble discurso, ha pasado de la intolerancia verbal a la violencia física, dejando un reguero de víctimas en distintas partes del mundo:
1. Asesinato de Miguel Uribe Turbay en Colombia
El 11 de agosto falleció Miguel Uribe Turbay, senador y precandidato presidencial conservador, tras dos meses de agonía luego de ser herido de gravedad en un mitin en Bogotá el 7 de junio. El autor material, un adolescente, fue detenido junto a varias personas vinculadas a la logística del crimen, pero el autor intelectual permanece sin detención.
El crimen ocurrió en un país gobernado por el presente Gustavo Petro, exguerrillero del M‑19, encuadrado en un contexto de Estado paralelo con nexos entre estructuras ilegales y el poder político. Algunos sectores denuncian la influencia creciente del Cartel de los Soles desde Venezuela, que según informes ha penetrado en las fuerzas armadas y el régimen.
2. Bolsonaro apuñalado por extremista de izquierda
En septiembre de 2018, el entonces candidato Jair Bolsonaro fue apuñalado casi hasta la muerte por un agresor identificado con la izquierda. Aunque sobrevivió tras varias cirugías, el hecho marcó un precedente de violencia política. Hoy Bolsonaro es apresado por el máximo tribunal por tan solo tener manifestantes que piden que no siga avanzando la persecución política, mientras que cuando intentaron asesinarlo, se minimizó el acto como n caso aislado de una persona que tenía cierta justificación de estar enojado contra las declaraciones del entonces candidato, mostrando la complicidad de los medios en construir el relato de la justificación de la violencia si la persona es de izquierda.
3. Japón: el asesinato de Shinzo Abe
El 8 de julio de 2022, el ex primer ministro Shinzo Abe fue asesinado a tiros durante un acto de campaña en Nara. El atacante, Tetsuya Yamagami, utilizó un arma casera y disparó por la espalda, provocando lesiones fatales en una arteria. Aunque sus motivos declarados eran personales, la izquierda global y sus medios aprovecharon para desviar el foco y relativizar el hecho, evitando enmarcarlo como violencia política contra un líder conservador.
4. Estados Unidos: el atentado contra Donald Trump
El 13 de julio de 2024, Donald Trump sufrió un intento de asesinato durante un mitin electoral en Butler, Pensilvania. Un tirador desde un techo cercano le provocó una herida sangrante en la oreja, dejando además un muerto y varios heridos. Pese a la gravedad del ataque, buena parte del progresismo mediático lo trató con frialdad, más preocupados por cuestionar al propio Trump que por condenar el atentado enérgicamente.
5. Argentina: golpizas y justificaciones mediáticas
En octubre de 2024, el influencer libertario Fran Fijap fue golpeado brutalmente por una turba de manifestantes de izquierda frente al Congreso, en el marco de protestas por el veto a la Ley de Financiamiento Universitario. Perseguido hasta un local de empanadas, pudo salvar su vida gracias a que fue resguardado por transeúntes. Sin embargo, medios afines al kirchnerismo y la izquierda minimizaron el ataque, sugiriendo que “provocaba” a los manifestantes.
Lo mismo se ha repetido con militantes de Javier Milei, agredidos durante campañas electorales por activistas feministas o LGBT radicalizados, en un clima donde se presenta a todo opositor como “odiador de jubilados” o “enemigo de discapacitados”. Este relato infantil y simplista alimenta la idea de que la violencia está “justificada” contra quienes ellos rotulan como “los malos”.
6. El diputado kirchnerista electo por Buenos Aires «Pitu» Salvatierra llama a la guerra civil contra los libertarios
Alejandro «Pitu» Salvatierra, electo diputado provincial por el kirchnerismo, con antecedentes penales que incluyen robo de bancos y vinculaciones con el narcotráfico, llamó a iniciar una guerra civil con la frase “son ellos o nosotros” mientras co-conducía un programa radial financiado por pauta oficial. Este programa, dependiente de recursos estatales distribuidos discretamente a medios afines, simboliza el telón de fondo permisivo de la extrema izquierda para normalizar mensajes incendiarios y violentos que cruzan el límite de los discursos a la incitación explícita.
7. Legisladores comunistas de Sudáfrica llaman a matar a personas blancas descendientes de extranjeros
En Sudáfrica, la violencia política con tinte ideológico se ha mezclado con un discurso abiertamente racista y xenófobo. El Partido Comunista de Sudáfrica y facciones aliadas dentro del Congreso Nacional Africano han sido señalados por promover consignas como “Kill the Boer” (Maten al granjero), un llamado directo a la eliminación de productores agropecuarios blancos y sus familias, incluidos sus hijos, por el simple hecho de no ser originarios del país y tener ascendencia europea. No se trata solo de palabras: en los últimos años, los asesinatos y ataques brutales contra granjas han aumentado, dejando un reguero de víctimas. La consigna, lejos de ser condenada, fue normalizada en actos políticos, al punto de que Donald Trump, en una reunión pública con el presidente sudafricano y frente a la prensa internacional, mostró un video donde se coreaba este cántico violento, exponiendo la tolerancia del gobierno hacia una retórica que justifica el exterminio de personas por su origen y color de piel.
8. Chile – Violencia en el estallido social (2019-2020)
En octubre de 2019, Chile vivió uno de los episodios más destructivos de su historia reciente, cuando bajo la excusa de protestar por el alza del transporte público y la “desigualdad social”, grupos radicalizados de izquierda desataron una ola de violencia sin precedentes. Se incendiaron estaciones de metro, se saquearon comercios, se atacaron comisarías y hasta se intentó prender fuego a iglesias históricas. La retórica de “manifestaciones pacíficas” fue amplificada por medios afines, mientras el daño económico superó los 3.000 millones de dólares y se registraron decenas de muertos y mutilados, muchos de ellos inocentes que nada tenían que ver con el conflicto.
9. España – Radicales de Podemos y la izquierda independentista (2019-2023)
En España, la combinación de la izquierda populista de Podemos y el separatismo radical catalán generó un clima de violencia política recurrente. Las protestas por la independencia de Cataluña y las manifestaciones contra decisiones judiciales derivaron en ataques a la policía, quema de patrullas, bloqueo de aeropuertos y agresiones a periodistas. Desde sectores de la izquierda se justificó abiertamente la violencia como “respuesta al fascismo” y se instó a “acabar con la derecha” como objetivo político
10. Francia – “Black Blocs” y violencia en protestas sindicales (2023)
En 2023, las protestas contra la reforma laboral impulsada por el presidente Emmanuel Macron fueron infiltradas por grupos de extrema izquierda conocidos como “Black Blocs”. Vestidos de negro y encapuchados, destruyeron mobiliario urbano, incendiaron autos y atacaron edificios públicos, enfrentándose violentamente a la policía. El discurso oficial, en lugar de condenar la violencia, insistió en que era parte del “derecho a la protesta”, invisibilizando a los ciudadanos comunes que fueron víctimas de saqueos y destrozos.
11. Estados Unidos – Antifa y los disturbios de 2020
Tras la muerte de George Floyd, en mayo de 2020, ciudades como Portland, Seattle y Minneapolis fueron escenario de una escalada de violencia encabezada por grupos Antifa y otros colectivos de extrema izquierda. Comisarías fueron incendiadas, negocios (incluidos de propietarios afroamericanos) fueron saqueados, y opositores ideológicos fueron atacados físicamente. En Portland, estos grupos llegaron a declarar zonas “autónomas” sin policía, donde se produjeron asesinatos y abusos, en una muestra de que el “antifascismo” autoproclamado es, en realidad, un fascismo de signo contrario.
12. Brasil – MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra)
En Brasil, el MST —de orientación marxista— lleva décadas practicando la ocupación ilegal de propiedades privadas, bajo el pretexto de la “reforma agraria popular”. Además de invadir y destruir cultivos, se han registrado casos de ataques físicos contra productores rurales y sus familias. Durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores, el MST gozó de financiamiento público indirecto y respaldo político, convirtiéndose en un brazo de presión que utiliza la violencia como método de negociación.
13. Alemania – Autodenominados “antifascistas” contra opositores de derecha
En Alemania, particularmente en ciudades como Berlín y Hamburgo, grupos que se autodenominan “antifascistas” han atacado sistemáticamente a militantes y candidatos del partido de derecha AfD. Las agresiones incluyen palizas, vandalismo contra sedes partidarias y ataques a manifestaciones pacíficas contra la inmigración ilegal. Estos actos, en lugar de ser condenados unánimemente, son relativizados por sectores políticos y mediáticos, que justifican la violencia si el blanco es un adversario ideológico.
14. India – Naxalitas (guerrilla maoísta)
En India, la insurgencia maoísta conocida como los Naxalitas sigue activa en zonas rurales, especialmente en los estados de Chhattisgarh, Jharkhand y Odisha. Inspirados en la ideología de Mao Zedong, estos grupos han llevado a cabo emboscadas contra la policía, destruido infraestructura y asesinado a civiles, todo bajo el discurso de una “revolución campesina” que, en la práctica, oprime a las comunidades locales. A pesar de décadas de violencia, sectores de la izquierda internacional intentan minimizar su accionar bajo el pretexto de la “lucha contra la desigualdad”.
