Rafaela, adoquines e historia: una salida simple para conservar el pasado sin castigar la circulación

Entre el romanticismo del casco histórico y la necesidad de transitar mejor, existe un punto intermedio posible: preservar adoquines a la vista donde más sentido tiene, y ganar comodidad y seguridad en la calzada.

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Rafaela fue creada hace más de 100 años y trazada como un damero perfecto, con una plaza central y cuatro avenidas muy anchas que, partiendo del centro, dirigían el tráfico hacia poblaciones vecinas.

Las calles iniciales también fueron diseñadas con un tamaño considerable, que daba lugar a una buena circulación vehicular e importantes veredas.

En algún momento, se logró traer adoquines para generar, en una buena parte de la ciudad, calles y avenidas que no fueran afectadas por la lluvia.

Con el tiempo hubo mejores elementos para ello, como el asfalto y el hormigón, mucho más lisos para transitar, lo que llevó a una discusión que lleva décadas: una parte de la gente quiere mantener el adoquinado como algo histórico y otra parte quiere transitar mejor con asfalto.

Las fotos son del arreglo actual del sector de la plaza y se puede ver una línea de adoquines contra el cordón y una separación de cemento, para luego incorporar otra línea de adoquines, posiblemente para mejorar su resistencia al uso y al paso del tiempo.

Si queremos conservar adoquines a la vista en el casco histórico de Rafaela… ¿por qué no dejarlos solo en el lugar del estacionamiento de todas las calles, y con ese cordón de cemento luego poner asfalto?

El que circula puede hacerlo en algo liso y el que estaciona no tiene problema en hacerlo sobre adoquines.

Y la historia se respetaría.

Es más: en todas las calles se podría hacer lo mismo, incluso sin tocar las esquinas, ya que allí los vehículos deben disminuir la velocidad y la vibración que produce el adoquinado ni se sentiría.

Y, por supuesto, hacer que las sendas peatonales sean algo más angostas y que estén perfectamente alineadas con las veredas —cosa que no ocurre en muchas esquinas—, haciendo más coherentes y útiles las bajadas que sirven para las sillas de ruedas, implicando a su vez más lugar para estacionar.

Sería más económico, cumpliendo con los objetivos de ambas posiciones.

Se conservaría el trazado histórico y se circularía mejor, incluso recuperando aquellas calles que fueron asfaltadas arriba del adoquín.

Con los adoquines sobrantes se podría hacer algo en plazas o paseos, o venderlos por metro cuadrado a personas que les interese, con un certificado que contenga su origen y la historia, incluyendo antiguas imágenes.

A mucha gente le puede gustar comprar metros cuadrados de historia para colocar en su casa.

Y tal vez pueda servir la idea para muchas otras ciudades.

Miguel A. Morra
Miguel A. Morra
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