Memoria: el mundo recuerda a las víctimas del Holocausto y advierte sobre el antisemitismo actual
En un nuevo aniversario del Holocausto, la memoria no puede reducirse a un ritual vacío. Recordar implica precisión histórica y responsabilidad moral. Banalizar el término “nazi” para atacar adversarios políticos relativiza el mayor crimen del siglo XX.
A 81 años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, el mundo volvió a detenerse este 27 de enero para recordar a los seis millones de judíos asesinados por el régimen nazi y a los millones de personas perseguidas y exterminadas por una de las ideologías más criminales de la historia.
En ciudades de toda Europa se realizaron ceremonias oficiales, marchas silenciosas y actos religiosos. En Berlín, se encendieron velas y se colocaron rosas blancas en el Monumento a los Judíos Asesinados de Europa. En Polonia, sobrevivientes y autoridades participaron de un acto solemne en el antiguo campo de Auschwitz. En Ámsterdam, una multitud recorrió en silencio el histórico barrio judío hasta un memorial, mientras en Terezín, República Checa, se organizó una marcha con velas en el antiguo campo de Theresienstadt.
Las conmemoraciones coincidieron con nuevas advertencias de líderes internacionales sobre el crecimiento del antisemitismo. La jefa de la diplomacia de la Unión Europea, Kaja Kallas, alertó que el mundo atraviesa los niveles más altos de odio antijudío desde el Holocausto y advirtió sobre nuevas formas de negacionismo, incluso mediante el uso de inteligencia artificial para distorsionar la historia.
El presidente checo, Petr Pavel, fue contundente: “Este día es un llamado a reflexionar sobre el pasado y sobre la responsabilidad individual. Todavía hoy hay quienes trivializan o simpatizan con la ideología nazi”.
El gobierno argentino tambien se pronunció:

Una memoria que se apaga y una urgencia que crece
Según la Conferencia sobre Reclamaciones Materiales Judías contra Alemania, quedan vivos unos 196.600 sobrevivientes del Holocausto en todo el mundo, una cifra en constante descenso. La mayoría son “niños sobrevivientes”, nacidos a partir de 1928. Muchos de ellos, después de décadas de silencio, comenzaron a contar sus historias por primera vez.
En la República Checa, el sobreviviente Pavel Jelinek, de 90 años, recordó ante el Parlamento que es el último judío sobreviviente de su ciudad natal. Su mensaje fue simple y demoledor: “El mundo entero es un puente estrecho, y lo importante es no tener miedo”.

La ONU, que estableció el 27 de enero como Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto mediante la Resolución 60/7, insiste en que recordar no es un gesto simbólico sino una política activa de prevención. El Holocausto marcó el nacimiento del sistema internacional de derechos humanos y dio origen a la Declaración Universal de 1948 y a la Convención contra el Genocidio.
Cuando el término “nazi” se desfigura
En paralelo al deber de memoria, crece una preocupación adicional: la banalización y distorsión deliberada del término “nazi”. En el debate político contemporáneo, sectores de la izquierda han vaciado de contenido histórico una palabra que representa el mayor crimen del siglo XX, usándola como insulto automático contra líderes de derecha que incluso son aliados de Israel, la cultura occidental o la libertad religiosa.
No es un fenómeno marginal. Artistas, celebridades y referentes culturales que desconocen —o ignoran— la historia llaman “nazis” a dirigentes como Donald Trump o Javier Milei sin aportar un solo argumento serio que lo sustente. La acusación no se basa en hechos, programas ni acciones concretas, sino en una lógica binaria donde todo lo que no encaja en la agenda progresista es etiquetado como “fascista” o “nazi”. Esa liviandad no solo empobrece el debate público: degrada la memoria histórica.
La historia demuestra exactamente lo contrario de ese relato. El nazismo fue una ideología colectivista, estatista, anticapitalista, profundamente antisemita y totalitaria. Persiguió al individuo, anuló libertades, censuró la disidencia y justificó el exterminio en nombre de una causa supuestamente superior. En ese sentido, su matriz autoritaria está mucho más cerca de las tradiciones políticas que desprecian la libertad individual que de aquellas que la defienden.
En términos estructurales, el nazismo se parece infinitamente más al modelo venezolano de Nicolás Maduro o al sistema cubano heredado del castrismo que a los gobiernos de Milei o Trump. Concentración de poder, control estatal de la economía, persecución del opositor, censura, propaganda, desprecio por la iniciativa privada y utilización del aparato estatal como herramienta de disciplinamiento social son rasgos comunes entre esos regímenes y el totalitarismo nazi. Nada de eso define a gobiernos que, con estilos y matices distintos, promueven economías de mercado, límites al poder del Estado y pluralismo político.
Los regímenes de Maduro y el castrismo comparten una concentración extrema de poder, control estatal de la economía y uso de herramientas del Estado para silenciar oposición, prácticas que se asemejan más a un sistema autoritario que a cualquier forma de democracia pluralista. En Venezuela, la detención arbitraria de opositores y las graves violaciones de derechos humanos documentadas por una misión de la ONU —incluyendo arrestos, torturas y persecución política sistemática— reflejan un patrón de represión sostenido en el tiempo bajo el gobierno de Maduro.
En Cuba, activistas opositores han denunciado que las cárceles del régimen presentan condiciones inhumanas y que centenares de presos políticos viven en situaciones que líderes opositores comparan con campos de concentración, debido a torturas, enfermedad y maltrato estructural. Además, en la historia cubana existieron unidades como las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), que fueron campos de trabajo forzado utilizados en la década de 1960 para “reeducar” a personas consideradas “desviadas”, incluidos homosexuales y otros disidentes, y que hoy son recordados como un episodio de represión ideológica severa.
Calificar de “nazi” a políticos como Trump o Milei, que operan dentro de sistemas democráticos con libertades de prensa, elecciones libres, pluralismo político y respeto formal por las instituciones, no solo carece de fundamento histórico, sino que banaliza el verdadero significado del nazismo.
Los verdaderos nazis no son quienes respaldan a los judíos, condenan el antisemitismo y defienden valores occidentales como la democracia liberal, la libertad de culto y la igualdad ante la ley. Los verdaderos herederos morales del nazismo son quienes odian a los judíos, los demonizan, relativizan su sufrimiento o justifican —de manera explícita o implícita— a regímenes y organizaciones que los persiguen, los expulsan o los asesinan.
En los últimos años, buena parte de la izquierda internacional ha mostrado una preocupante cercanía ideológica y política con regímenes islamistas y grupos terroristas que promueven abiertamente la destrucción de Israel y la eliminación del pueblo judío. Ese alineamiento, disfrazado de “antimperialismo” o “causa palestina”, reproduce el mismo odio identitario que alimentó al nazismo, aunque utilice un lenguaje distinto.
Llamar “nazi” a quienes combaten el antisemitismo no solo es falso: es una forma peligrosa de relativizar el crimen original. Vaciar el término de su significado histórico permite que el odio real pase desapercibido y que el antisemitismo contemporáneo se presente como militancia moral.
La derecha democrática, sostiene una tradición opuesta: defensa de la vida, de la libertad individual, de la propiedad privada, del pluralismo religioso y del derecho de Israel a existir y defenderse. Confundir eso con nazismo no es un error ingenuo: es una operación ideológica que invierte víctimas y victimarios.
Nunca más, también hoy
Las conmemoraciones de este año insistieron en una idea central: el Holocausto no es solo pasado. Es una advertencia permanente sobre hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el odio, el fanatismo y la indiferencia se vuelven norma.

Recordar a las víctimas no es un ritual vacío. Es reafirmar que cada vida humana tiene dignidad, que el antisemitismo no es una opinión y que el “nunca más” no admite excepciones ideológicas.
Porque cuando se relativiza el nazismo, cuando se distorsiona su significado o se tolera el odio, la historia deja de ser memoria y vuelve a ser amenaza.



