El Rodeo 1 es un campo de concentración: el testimonio que desnuda la maquinaria de tortura del régimen chavista
El testimonio de Camilo Pierre Castro confirma que el régimen de Nicolás Maduro opera centros de detención que funcionan como campos de concentración, con torturas sistemáticas y violaciones masivas a los derechos humanos. Mientras estas prácticas se repiten, la izquierda internacional guarda silencio y elige mirar para otro lado.
Un ex preso político francés denunció torturas sistemáticas, aislamiento total y prácticas propias de crímenes de lesa humanidad en las cárceles de Venezuela
Las declaraciones de Camilo Pierre Castro, ciudadano francés y ex preso político recientemente liberado en Venezuela, exponen con crudeza una realidad que el régimen chavista intenta ocultar y que buena parte de la comunidad internacional prefiere ignorar: en Venezuela no funcionan cárceles en términos jurídicos, sino centros de detención orientados a la tortura, el castigo y la destrucción del individuo.
“El Rodeo 1 funciona como un campo de concentración que va hacia un campo de exterminación”, denunció Castro tras haber permanecido casi seis meses detenido de manera arbitraria. No se trata de una exageración retórica, sino de la descripción de un sistema que priva deliberadamente a los detenidos de todo derecho básico, incluyendo el acceso a abogados, la comunicación con sus familias y cualquier control judicial efectivo.

La vida en el Rodeo I
Según el testimonio de Camilo Pierre Castro, la vida cotidiana dentro de El Rodeo 1 está estructurada alrededor del castigo permanente, la humillación y la incertidumbre absoluta. No existen rutinas carcelarias en el sentido clásico, sino un sistema deliberadamente caótico diseñado para quebrar psicológicamente a los detenidos.
Castro relató que durante semanas enteras permaneció sin ver la luz del sol. Las celdas, húmedas y sin ventilación, se encontraban superpobladas y en muchos casos los detenidos debían turnarse para sentarse o dormir. “Dormíamos en el piso, sobre cemento mojado, rodeados de insectos y ratas. El cuerpo deja de importarte”.
El acceso al agua potable era irregular y muchas veces inexistente. Según explicó, los detenidos debían beber agua sucia o reutilizar botellas durante días. La comida, cuando llegaba, era insuficiente y en mal estado. “El hambre no es solo física, es un método de control. Te vuelve dócil».
Aislamiento, amenazas y destrucción psicológica
Uno de los elementos centrales del testimonio de Castro es el uso sistemático del aislamiento. Pasó largos períodos completamente incomunicado, sin saber si su familia estaba al tanto de su situación ni si seguía con vida para el exterior.
“Te dicen que nadie sabe que estás ahí. Que ya estás muerto para el mundo”, relató. Según su descripción, los custodios utilizaban amenazas constantes, simulacros de ejecución y falsos anuncios de liberación para generar desorientación emocional extrema.
Sostuvo que escuchaba gritos de tortura de otros detenidos durante la noche y que ese sonido formaba parte del castigo colectivo. “No necesitaban tocarte. Escuchar al otro era suficiente para destruirte por dentro”.
Tortura física y procedimientos forzados
El ex detenido denunció haber presenciado y sufrido métodos de tortura que, según afirmó, eran conocidos y tolerados por la cadena de mando. Entre ellos mencionó golpes, descargas eléctricas, asfixia y procedimientos médicos forzados.
Uno de los relatos más graves refiere a la alimentación forzada mediante tubos introducidos violentamente por la nariz y la garganta, sin supervisión médica real. “No era para alimentarte, era para hacerte sangrar, para que sintieras que podían hacer lo que quisieran con tu cuerpo”.
Según Castro, varios detenidos presentaban infecciones, hemorragias y cuadros graves sin recibir atención médica adecuada. “Si te enfermabas, era tu problema. La enfermedad también era parte de la condena”.
Presos sin nombre, presos sin tiempo
Castro afirmó que dentro de El Rodeo 1 conoció a detenidos que llevaban años sin juicio, sin expediente claro y sin contacto con sus familias. Muchos no sabían exactamente de qué se los acusaba.
“Había personas que ya no recordaban cuándo habían entrado. El tiempo deja de existir ahí adentro”. Según su testimonio, algunos detenidos sufrían episodios de colapso mental, hablaban solos o permanecían inmóviles durante horas.
El objetivo, según Castro, no era castigar un delito, sino borrar la identidad del detenido. “No sos una persona. Sos un número que puede desaparecer”.
Detención arbitraria y secuestro de Estado

Castro fue detenido en junio de 2025 en el paso fronterizo de Paraguachón, cuando se presentó para realizar trámites migratorios. Según su testimonio, jamás se le imputó un delito concreto. Durante meses permaneció incomunicado, sin información para sus familiares y sin posibilidad de defensa.
“Me detuvieron porque soy francés. Porque es un negocio”, afirmó. Su caso confirma una práctica sistemática del régimen venezolano: la utilización de presos políticos, incluidos extranjeros, como moneda de cambio en negociaciones políticas y diplomáticas, en una lógica de secuestro estatal.
Tortura sistemática y métodos inhumanos
El relato de Castro detalla prácticas que encuadran de manera inequívoca en la definición de tortura y crímenes de lesa humanidad según el derecho internacional. Entre los métodos denunciados se encuentran descargas eléctricas, asfixia con plástico, aislamiento prolongado durante meses o incluso años, agresiones sexuales y procedimientos médicos forzados bajo el falso pretexto de alimentación.
Uno de los testimonios más estremecedores describe un método desarrollado por el propio régimen: la intubación forzada con tubos introducidos por la nariz y la garganta, y en otros casos por cavidades del cuerpo, con el objetivo de provocar hemorragias internas en el sistema digestivo.
“No es una prisión donde uno tenga derechos. Es un sistema diseñado para destruir al individuo, llevarlo a la locura y, en muchos casos, a la muerte”, sostuvo.
Juicios ficticios y justicia industrializada
Castro también denunció la existencia de procesos judiciales simulados, en los que decenas de detenidos son juzgados de madrugada, con acusaciones idénticas, sin pruebas y sin posibilidad real de defensa. Las causas se construyen mediante textos copiados y pegados, y los jueces actúan como simples ejecutores del aparato represivo.
Según relató, se trata de una justicia “industrializada”, cuyo único objetivo es otorgar una apariencia de legalidad a detenciones arbitrarias decididas de antemano.
El kirchnerismo, la izquierda, y el silencio
La gravedad de estas denuncias vuelve inevitable una pregunta central: dónde están los organismos, dirigentes y espacios políticos que se autoproclaman defensores de los derechos humanos cuando estas violaciones provienen de un régimen de izquierda.
La izquierda internacional, que suele reaccionar con rapidez ante abusos cometidos por gobiernos occidentales, guarda un silencio llamativo frente al caso venezolano. No hay movilizaciones, no hay condenas firmes ni campañas sostenidas de denuncia.
En Argentina, el kirchnerismo construyó durante años un discurso de apropiación moral de la agenda de derechos humanos. Sin embargo, frente a las denuncias de torturas, secuestros y desapariciones en Venezuela, ese compromiso desaparece o se diluye en declaraciones ambiguas.
El motivo es ideológico. Para estos sectores, los derechos humanos no son universales, sino una herramienta política que se aplica de manera selectiva. Cuando el victimario es un régimen aliado, el silencio reemplaza a la indignación.
Hoy se estima que cientos, e incluso miles, de presos políticos continúan detenidos en Venezuela en condiciones inhumanas, muchos de ellos en centros de detención cuyo funcionamiento permanece oculto. Las familias viven bajo amenaza permanente y, en numerosos casos, no se atreven a denunciar por temor a represalias.
El testimonio de Camilo Pierre Castro no es un caso aislado. Es la confirmación de un sistema represivo organizado y sostenido en el tiempo. Negar esta realidad, relativizarla o callarla no constituye una posición neutral. Es una forma de complicidad.
Venezuela no enfrenta excesos ni desviaciones circunstanciales. Venezuela vive bajo una dictadura que tortura, encarcela y elimina opositores. Y el silencio de quienes dicen defender los derechos humanos frente a estos crímenes es parte central del problema.




