El Che detrás del mito: del símbolo argentino al revolucionario que divide opiniones

La palabra “che” se convirtió en una marca del habla argentina y terminó recorriendo el mundo asociada a Ernesto Guevara. Pero detrás de la imagen convertida en ícono persiste una trayectoria política y revolucionaria atravesada por profundas controversias.

Che Guevara (1)

El término “che” se popularizó en Argentina como resultado de un proceso de contacto cultural y lingüístico entre distintas lenguas y el español rioplatense, consolidándose en el uso cotidiano y en la literatura popular ya desde el siglo XIX.

No existe una única explicación indiscutida sobre el origen de la palabra, aunque varias hipótesis intentan reconstruir su historia.

Una de las teorías más difundidas señala un origen guaraní. En esa lengua, che significa “mi” o “yo”. Era habitual anteponer el término al dirigirse a otra persona —por ejemplo, che irú, “mi compañero”—, lo que pudo facilitar su transformación en un vocativo destinado a llamar la atención.

Otra hipótesis apunta a la influencia mapuche. En mapudungun, che significa “gente” o “persona”, como puede verse en términos como mapuche. También pudo haber influido como una manera de interpelar al otro.

Finalmente aparece la teoría valenciana o española. Filólogos como Ángel Rosenblat señalaron una posible relación con las interjecciones valencianas xe o cé, utilizadas también para llamar la atención. La discusión continúa abierta y probablemente el uso rioplatense haya recibido influencias diversas.

Una palabra convertida en identidad

Con los años, “che” se transformó en una herramienta prácticamente inseparable de la comunicación rioplatense: sirve para llamar a otra persona —“Che, escuchame”—, expresar sorpresa o simplemente reforzar una frase.

La literatura gauchesca, el teatro popular y posteriormente el lunfardo ayudaron a convertirla en un sello característico del habla argentina.

Su proyección internacional quedó definitivamente vinculada a Ernesto “Che” Guevara, quien utilizaba frecuentemente la expresión y recibió precisamente por ello el apodo de “Che” por parte de sus compañeros durante su trayectoria revolucionaria.

Guevara nació en Rosario en 1928. Fue médico, militante marxista, guerrillero y uno de los principales protagonistas de la Revolución Cubana.

Durante su juventud recorrió América Latina y aquellas experiencias tuvieron influencia en la formación de sus ideas políticas. Más tarde, después de vivir en Guatemala y presenciar el derrocamiento de Jacobo Árbenz, profundizó su convicción de que la revolución armada era el instrumento para transformar las sociedades latinoamericanas.

En México conoció a Fidel y Raúl Castro y se sumó al Movimiento 26 de Julio. Desembarcó en Cuba en 1956 y pasó de desempeñarse inicialmente como médico de la guerrilla a convertirse en uno de sus comandantes.

Tras el triunfo revolucionario de 1959 ocupó importantes cargos en el nuevo régimen cubano, entre ellos la presidencia del Banco Nacional y el Ministerio de Industrias.

También tuvo responsabilidades en La Cabaña, donde se realizaron juicios y ejecuciones contra integrantes y colaboradores del régimen de Fulgencio Batista, uno de los aspectos más controvertidos de su trayectoria. Distintas investigaciones históricas difieren en las cifras y en la caracterización de aquellos procesos, pero su participación en ellos está ampliamente documentada.

Del Congo a Bolivia

Fiel a su proyecto de extender la revolución a otros países, Guevara dejó Cuba en 1965.

Primero participó de una experiencia guerrillera en el Congo, que terminó en fracaso. Posteriormente se trasladó clandestinamente a Bolivia con el objetivo de organizar un nuevo foco revolucionario.

La experiencia tampoco logró generar el apoyo popular que esperaba.

El 8 de octubre de 1967 fue herido y capturado por fuerzas bolivianas. Al día siguiente fue ejecutado en La Higuera por orden del alto mando militar boliviano.

Su muerte, paradójicamente, multiplicó su dimensión simbólica.

Para parte de la izquierda internacional se convirtió en un emblema de rebeldía, antiimperialismo y revolución. Para sus críticos, en cambio, representa una concepción política autoritaria que justificó la violencia revolucionaria como herramienta de transformación.

El símbolo y sus contradicciones

Ahí aparece una de las mayores paradojas alrededor del Che.

Un hombre que combatió al capitalismo terminó convertido en una de las imágenes más comercializadas del siglo XX: remeras, pósters, tazas, banderas y todo tipo de productos utilizan un rostro que pasó a formar parte de una gigantesca industria global.

La famosa fotografía realizada por Alberto Korda terminó siendo reproducida millones de veces y transformó al revolucionario marxista en un ícono utilizado incluso dentro del propio mercado que combatía.

Sus críticos también señalan las contradicciones entre los objetivos que perseguía y los resultados que obtuvo.

Intentó extender la revolución fuera de Cuba, pero sus experiencias en el Congo y Bolivia fracasaron. En territorio boliviano tampoco logró construir el respaldo campesino suficiente para sostener el proyecto guerrillero.

Su pensamiento, además, defendía explícitamente la violencia revolucionaria y concebía la lucha política como un enfrentamiento radical contra el adversario.

Es justamente allí donde desaparece buena parte de la versión romántica construida alrededor del personaje.

Se puede reconocer su importancia histórica sin necesidad de convertirlo en objeto de admiración.

Porque una cosa es estudiar la enorme influencia política y cultural que tuvo Ernesto Guevara en el siglo XX y otra muy distinta es omitir los métodos, las ideas y las consecuencias concretas de aquello que defendió.

Curiosamente, una simple palabra argentina terminó acompañándolo para siempre.

Che.

Primero fue una expresión cotidiana.

Después, un apodo.

Finalmente, una marca mundial.

Miguel A. Morra
Miguel A. Morra
+ posts
Compartí esta noticia

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *