7 de octubre: tres años de la masacre que Hamás perpetró y la izquierda convirtió en «resistencia»
A las 6.29 del 7 de octubre de 2023, miles de terroristas irrumpieron en Israel para asesinar civiles, secuestrar familias y arrasar comunidades enteras. Cinco historias argentinas reconstruyen el horror de una jornada que sectores de la izquierda internacional todavía relativizan mientras demonizan al Estado israelí por combatir al extremismo islamista.
Tres años después, las cifras continúan estremeciendo: alrededor de 1.200 personas asesinadas, 251 secuestradas y decenas de comunidades atacadas en pocas horas. Pero los números, por sí solos, no alcanzan para explicar el horror del 7 de octubre de 2023.
Detrás de cada estadística hubo familias encerradas en habitaciones de seguridad, jóvenes perseguidos por los campos, niños arrancados de sus hogares y sobrevivientes obligados a correr entre disparos para evitar ser capturados por los terroristas de Hamás.
Aquel sábado, a las 6.29, las alarmas comenzaron a sonar en el sur de Israel. Mientras miles de cohetes eran lanzados desde la Franja de Gaza, cerca de 6.000 integrantes de Hamás y otras organizaciones armadas atravesaron la frontera por tierra y aire.
No se dirigieron únicamente hacia instalaciones militares. Atacaron deliberadamente 22 comunidades civiles, viviendas, rutas, refugios y el festival de música Nova, donde unas 3.000 personas celebraban a pocos kilómetros de Gaza.
Los terroristas asesinaron a familias enteras, incendiaron casas, ejecutaron civiles, cometieron abusos sexuales y trasladaron rehenes hacia los túneles de Gaza. Entre los muertos hubo 36 niños y ciudadanos de, al menos, 41 países.
En el festival Nova fueron asesinadas más de 360 personas. En el kibutz Be’eri murió aproximadamente uno de cada diez habitantes. En Nir Oz, una comunidad de apenas 400 residentes, 75 personas fueron secuestradas.
No fue una protesta, una operación militar convencional ni un episodio espontáneo dentro del conflicto de Medio Oriente. Fue una masacre planificada contra civiles y ejecutada por una organización terrorista islamista.
Victoria Heller: escapar mientras otros todavía no comprendían el peligro
La argentina Victoria Heller llevaba un año y medio viviendo en Israel cuando una compañera de trabajo le regaló una entrada para el festival Nova.
A las 6.30 observó cómo una sucesión de proyectiles atravesaba el cielo. Aunque los ataques con cohetes no eran desconocidos en Israel, Victoria comprendió que aquella vez ocurría algo diferente y convenció a su acompañante de abandonar inmediatamente el lugar.
Muchos de los jóvenes que permanecieron en el festival buscaron protección en baños, heladeras, vehículos y refugios. Otros intentaron esconderse en los campos. Numerosos participantes fueron encontrados y asesinados.
Victoria consiguió salir por una ruta en dirección al sur. Más tarde supo que muy pocos habían logrado escapar por ese camino.
La supervivencia no terminó cuando consiguió alejarse. Después llegaron los ataques de pánico, la sensación de asfixia y las noticias sobre amigos y conocidos asesinados. También conoció los testimonios sobre cuerpos quemados, mutilaciones y violaciones cometidas durante el ataque.
Había asistido a una celebración. Terminó escapando de una cacería humana.
Daniela Russo: cuatro horas descalza para salvar su vida
La DJ y tatuadora argentina Daniela Gimena Russo ni siquiera tenía previsto concurrir al festival. Había llegado a Tel Aviv el 1° de octubre y decidió asistir a último momento.
Alrededor de las seis de la mañana descansaba dentro de un automóvil. Al principio creyó que las intercepciones del sistema de defensa israelí eran fuegos artificiales. Un amigo entendió la gravedad de la situación y gritó que debían salir inmediatamente.
Daniela comenzó a correr por los campos mientras escuchaba disparos. En un momento ingresó en un refugio de hormigón, pero una intuición la llevó a abandonarlo. Pocos minutos más tarde, los terroristas atacaron ese mismo sitio con una granada.
Corrió durante cuatro horas. La suela de una de sus botas se rompió y tuvo que continuar parcialmente descalza. Finalmente encontró un pequeño contenedor ubicado junto a un olivar, donde se refugió con otras siete personas, algunas heridas de bala.
Un soldado que se encontraba fuera de servicio logró enviar las coordenadas del grupo y posibilitó el rescate. Daniela salió con un esguince de tobillo, pero con una herida emocional mucho más difícil de cerrar.
Los hermanos Horn: 738 días de cautiverio
Los argentinos Iair y Eitan Horn se encontraban en Nir Oz. Eitan había ido a visitar a su hermano para celebrar Simjat Torá cuando comenzó el ataque.
Ambos ingresaron en una habitación de seguridad cuya puerta no estaba reforzada. Los terroristas consiguieron abrirla y dispararon hacia el interior. Algunos proyectiles pasaron entre las piernas de Iair; otro impactó a centímetros de la cabeza de Eitan.
Iair decidió entregarse para intentar proteger a su hermano. Los dos fueron secuestrados y trasladados por separado hacia Gaza.
Iair fue llevado en una motocicleta y golpeado por personas que se encontraban en las calles. Permaneció 498 días cautivo, gran parte del tiempo dentro de túneles, sin luz natural, con comida escasa y acceso a una ducha aproximadamente una vez por mes.
Para resistir, adoptó una estrategia mental extrema: convencerse de que ya estaba muerto y que cada minuto adicional constituía una ganancia. Recuperó la libertad el 15 de febrero de 2025, pero debió marcharse dejando atrás a su hermano.
Eitan permaneció secuestrado hasta el 13 de octubre de 2025. Pasó 738 días en manos de Hamás.
El cautiverio de los hermanos Horn expuso una de las dimensiones más crueles del ataque: la utilización de personas como mercancía política y herramienta de presión.
La familia Kohan: sostener una puerta para impedir que entraran los terroristas
La familia del argentino Sergio Kohan se preparaba para compartir una comida en el kibutz Ein Hashlosha. Las alarmas comenzaron a sonar durante la mañana y, al principio, creyeron que se trataba de otro ataque con cohetes.
Horas después, tres terroristas aparecieron en el jardín de la vivienda.
Toda la familia se encerró en la habitación de seguridad. Sergio sostuvo el picaporte con sus propias manos mientras los atacantes recorrían la casa. Su hija Mía, de 18 años, intentaba contener el llanto y mantener en silencio al resto de la familia.
Los terroristas destrozaron pertenencias, robaron objetos y dañaron fotografías. No consiguieron abrir la habitación.
Cuando finalmente pudieron escapar, viajaron hacia Beer Sheva y luego a Eilat. Regresaron a su hogar recién en agosto de 2025. La vida cotidiana ya no era la misma: el kibutz debió multiplicar el número de vecinos armados y reforzar la presencia militar.
Moshe y Diana Rozen: el matrimonio que se negó a cruzar hacia Gaza
Los argentinos Moshe y Diana Rozen vivían en Nir Yitzhak. Durante años, Moshe había participado en conversaciones de paz con palestinos y había conocido personalmente a interlocutores amenazados por Hamás.
Ese antecedente no impidió que los terroristas irrumpieran en su vivienda.
El matrimonio se encerró en la habitación segura y sostuvo la puerta mientras los atacantes intentaban ingresar. Una ráfaga de ametralladora atravesó la estructura y les provocó heridas en las manos.
Cinco hombres armados los sacaron de la casa y comenzaron a trasladarlos por un bosque hacia la Franja de Gaza. Al llegar a una abertura en la frontera, Moshe tomó la mano de su esposa y se negó a cruzar.
Dijo que estaban heridos y necesitaban atención médica. Luego dieron media vuelta y comenzaron a caminar hacia Israel, convencidos de que serían ejecutados por la espalda.
Los disparos nunca llegaron.
Consiguieron regresar y encontrar refugio en la vivienda de un vecino. Más tarde fueron trasladados a un hospital. Pese a lo vivido, Moshe sostuvo que todavía aspiraba a retomar algún día el diálogo con palestinos que también rechazan a Hamás.
La lucha de Israel no está dirigida contra una religión ni contra una población por su origen, sino contra una estructura extremista que convirtió la matanza de civiles en un método político.
Los argentinos asesinados y secuestrados
La Argentina fue uno de los países extranjeros más afectados. Veintiún ciudadanos argentinos fueron secuestrados durante el ataque.
Entre las víctimas se encontraban Shiri Bibas y sus hijos Ariel y Kfir, cuyas imágenes recorrieron el mundo. Kfir tenía apenas nueve meses cuando fue llevado hacia Gaza. También fueron asesinados los argentinos Ron Sherman y Lior Rudaeff.
La imagen de Shiri abrazando a sus dos pequeños pelirrojos mientras era rodeada por hombres armados quedó convertida en uno de los símbolos universales del 7 de octubre.
Para el tercer aniversario, todos los rehenes habían regresado a Israel, vivos o muertos. La liberación de los sobrevivientes no borró, sin embargo, los meses de hambre, aislamiento, golpes y amenazas padecidos en cautiverio.
La segunda agresión: convertir a las víctimas en culpables
Antes de que Israel iniciara su ofensiva terrestre en Gaza, parte de la izquierda internacional ya había comenzado a justificar la masacre.
El 8 de octubre de 2023, cuando las fuerzas israelíes todavía combatían contra terroristas infiltrados en su territorio y recogían los cuerpos de las víctimas, aparecieron manifestaciones que presentaban el ataque como un acto de “resistencia”.
Desde entonces, universidades, organizaciones políticas y referentes progresistas de distintos países repitieron consignas que diluyeron la responsabilidad de Hamás, transformaron a los asesinos en combatientes románticos y colocaron sobre las víctimas la culpa de haber sido atacadas.
La inversión moral alcanzó expresiones grotescas. En actividades realizadas por el tercer aniversario se utilizó el nombre “Inundación de Al Aqsa”, la denominación elegida por Hamás para su operación terrorista, y aparecieron convocatorias que hablaron de “tres años de resistencia” y homenajearon a supuestos “mártires”.
En el Parlamento Europeo, la eurodiputada francesa Rima Hassan retiró una bandera israelí de una exposición dedicada a recordar a las víctimas del 7 de octubre. El episodio ocurrió mientras aumentaban en Europa las denuncias por antisemitismo.
Negar la masacre, relativizar los secuestros, glorificar a Hamás o presentar el asesinato deliberado de civiles como una acción revolucionaria, es una práctica cada vez más frecuente de la izquierda internacional.
La preocupación por la población palestina tampoco puede utilizarse para absolver a una organización que gobierna Gaza mediante el terror, reprime a sus opositores, utiliza infraestructura civil para sus operaciones y convirtió a los rehenes civiles en instrumentos de negociación.
Israel no debe pedir disculpas por defenderse
El Estado de Israel fue atacado en su propio territorio por una organización cuyo objetivo declarado no consiste en lograr una convivencia pacífica, sino en destruirlo.
Ninguna democracia del mundo aceptaría que miles de hombres armados atravesaran su frontera, asesinaran familias, incendiaran poblaciones y secuestraran niños sin responder militarmente.
Israel tiene la obligación de actuar dentro del derecho internacional y de reducir al máximo el daño sobre la población civil. Sus decisiones pueden y deben ser examinadas. Pero esa exigencia no puede convertirse en la pretensión absurda de impedirle combatir a quienes prometen repetir el 7 de octubre tantas veces como sea necesario.
El sufrimiento de los civiles de Gaza es real y doloroso. Reconocerlo no obliga a falsificar el origen de esta guerra ni a silenciar que Hamás inició el conflicto con una matanza deliberada.
Una cosa es exigir límites a un Estado democrático. Otra muy distinta es equipararlo moralmente con una organización terrorista que buscó civiles para asesinarlos y filmó sus crímenes como material de propaganda.
Recordar también es impedir la falsificación
El paso del tiempo no puede convertir el 7 de octubre en una fecha borrosa ni permitir que la propaganda reemplace a los hechos.
Hubo jóvenes perseguidos en un festival, familias quemadas dentro de sus viviendas, bebés secuestrados, mujeres violentadas y ancianos arrastrados hacia Gaza. Hubo argentinos que corrieron durante horas, sostuvieron puertas con sus manos y sobrevivieron durante cientos de días bajo tierra.
Recordarlos exige algo más que encender una vela. Exige enfrentar el antisemitismo disfrazado de militancia humanitaria y denunciar la perversión ideológica que convierte a los terroristas en víctimas y a las víctimas en responsables de su propia masacre.
A tres años del ataque, la disyuntiva continúa siendo nítida: de un lado se encuentra una democracia que lucha por sobrevivir y recuperar a sus ciudadanos; del otro, una organización islamista que hizo de la barbarie contra civiles su principal herramienta política.
