Cuando el padre es la víctima: el drama de Herman Krause y la cara oculta de la ideología de género

Cuando el padre es la víctima: el drama de Herman Krause y la cara oculta de la ideología de género

Durante años y, especialmente durante la era kirchnerista, los discursos oficiales impusieron una imagen donde el hombre es siempre el victimario y la mujer, la víctima. Sin embargo, la historia de Herman Krause, vecino de la localidad bonaerense City Bell, muestra una realidad mucho más compleja y dolorosa: la de padres convertidos en víctimas sin pruebas, arrasados por un sistema judicial que, bajo el influjo de la ideología de género, parece haber renunciado a la búsqueda de la verdad. Desde hace dos años y medio, Herman no puede ver a sus hijos, Paco Federico y Mateus, quienes fueron sustraídos ilegalmente a Brasil por su madre.

Herman Krause trabaja desde hace 32 años en la ex AFIP (hoy ARCA) y dedicó su vida a su familia. En 2012 conoció a Juliana Magalhaes de Lima en Fortaleza, Brasil. Se casaron en 2014 y formaron su hogar en City Bell, donde nacieron sus hijos. Todo indicaba un futuro de estabilidad, pero el tiempo y las responsabilidades familiares revelaron profundas diferencias. Según el testimonio de Herman, Juliana comenzó a ejercer violencia física contra él. Nunca formalizó denuncias, confiando en que los problemas podían resolverse, una decisión que luego jugaría en su contra.

En 2022, tras una discusión violenta, Herman se fue de la casa. Al día siguiente, fue denunciado falsamente por violencia de género. En un sistema donde la sola palabra de una mujer basta para imponer restricciones, se le impusieron medidas cautelares inmediatas, pese a la ausencia total de pruebas. Contra todo, y luego de meses de lucha, Krause logró una tenencia compartida, resistiendo intentos de su exesposa de limitar su contacto con los niños a apenas seis días al mes.

Ante la frustración judicial, la ex pareja de la víctima escaló el conflicto: lo denunció falsamente por abuso sexual, primero a título personal y luego involucrando a sus propios hijos. En apenas trece meses, todas las denuncias fueron archivadas en primera y segunda instancia, ratificando la inexistencia de delito. La rapidez con la que la justicia desestimó las causas dejó al descubierto la falta absoluta de pruebas.

Este tipo de falsos relatos no solo destruyen la vida de hombres inocentes y de sus hijos, sino que, aún peor, deslegitiman las denuncias reales de mujeres que sí sufren violencia. Alimentar el sistema de denuncias falsas es un acto de violencia contra las verdaderas víctimas, a quienes se les quita credibilidad y se les posterga justicia. Y aún peor, van en contra del principio de igualdad ante la ley.

Poco después del archivo de las causas, la ciudadana brasileña concretó lo que había planificado: se fugó con Paco y Mateus a Brasil, cruzando ilegalmente la frontera de Iguazú junto a su madre. Lo hizo sin autorización judicial, violando expresamente la prohibición de salida del país vigente. El remisero que las trasladó desde City Bell hasta Misiones declaró haber sido engañado sobre el motivo del viaje, y advirtió la ilegalidad ante las delincuentes, pero fue ignorado.

Desde entonces, Herman se enfrenta a una odisea judicial en solitario. Recurrió a la Cancillería argentina, contrató abogados en Brasil, y presentó una denuncia penal federal por sustracción internacional de menores. Interpol y la justicia brasileña actuaron con desidia, y al principio negaron cooperación basándose en información falsa sobre su situación legal en Argentina. Tras gestiones diplomáticas, reconocieron el error, pero los avances siguen siendo lentos. Brasil, hoy gobernado por Lula Da Silva, también preso de la ideología de género.

En diálogo con El Liberador, Krause describió con crudeza el momento en que se enteró de que sus hijos habían sido llevados ilegalmente a Brasil: «Me sacaron a mis hijos como si fueran dos computadoras escondidas en un baúl», resumió con dolor. Más allá de las denuncias infundadas y de las trabas judiciales, su lucha no tiene como fin un castigo, sino la restitución de su vida familiar: «No quiero venganza, solo quiero que me devuelvan a mis hijos y poder vivir tranquilo con ellos», expresó.

Al mismo tiempo, criticó el uso político de la ideología de género en los tribunales, advirtiendo que «utilizar denuncias falsas deslegitima a las mujeres que realmente sufren violencia. Es un daño enorme». Sobre su experiencia enfrentando a un sistema indiferente, reflexionó: «A veces sentís que peleás contra un país entero —Brasil—, y que la Justicia de tu propio país tampoco te acompaña».

Mientras tanto, Herman, lejos de quedarse de brazos cruzados, logró lo que la justicia no: localizó por sus propios medios el colegio en San Pablo donde asisten Paco y Mateus. Envió documentación que acredita su paternidad, insistió por vías formales e informales, y finalmente obtuvo la confirmación de la institución educativa. Así, el argumento de que «no se sabe dónde están los niños» quedó desbaratado.

El padre no solo enfrenta la indiferencia de las autoridades, sino también el devastador efecto emocional de saber que sus hijos viven separados de él, de su idioma, de sus raíces, tras una maniobra ilegal que los trató como objetos de una disputa.

Esta historia es el reflejo más brutal del daño que puede causar la ceguera ideológica: el reemplazo de la búsqueda de la verdad por el encasillamiento automático de roles de víctimas y victimarios según el género. Herman no busca venganza, no clama castigo: solo exige la restitución de lo esencial, su derecho y el de sus hijos a reconstruir una familia destrozada injustamente.

Hoy, con firmeza pero también con dolor, continúa su lucha en los tribunales. Su caso, como tantos otros silenciados, debería abrir un debate urgente: una justicia verdaderamente equitativa no puede partir de preconceptos ideológicos. Porque cuando el padre es la víctima, el dolor es el mismo, el daño es el mismo, y la indiferencia es imperdonable.

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Patricio De Gaetano
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