Histórico acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea que deja atrás el estancamiento proteccionista
En Asunción, el Mercosur y la Unión Europea firmaron un acuerdo histórico de libre comercio con Milei en el centro de la escena, mientras Lula se ausentó y buscó una foto paralela con líderes europeos. El tratado promete bajar aranceles, ampliar mercados e impulsar competencia e inversión, y deja al proteccionismo regional a la defensiva; en su discurso, el presidente también apuntó contra el régimen de Venezuela y reclamó por el gendarme argentino Nahuel Gallo.
ASUNCIÓN, 17 de enero de 2026. El Mercosur y la Unión Europea firmaron hoy un acuerdo de libre comercio largamente negociado, que apunta a eliminar aranceles en la mayor parte del intercambio —en torno al 92% en un plazo de hasta 15 años, según el detalle divulgado en la cobertura europea— y a conformar una de las zonas comerciales más grandes del planeta, con un universo de cientos de millones de consumidores.
La escena política fue tan relevante como la económica. La firma se realizó en Paraguay, bajo la presidencia pro témpore de Santiago Peña, con Javier Milei en el centro del acto junto a las máximas autoridades europeas. Brasil, en cambio, no envió a su presidente: Luiz Inácio Lula da Silva se ausentó y delegó la representación en su canciller, mientras organizaba un encuentro previo en Río de Janeiro con Ursula von der Leyen y António Costa, en la práctica una “foto paralela” que cayó mal dentro del bloque.
Milei buscó capitalizar la dimensión histórica del paso dado. En su discurso calificó el tratado como “el mayor logro” del Mercosur desde su creación, y recordó que Argentina empujó con decisión el cierre del acuerdo durante su presidencia pro témpore del año pasado. También pidió que, en la etapa de implementación, no se desnaturalice lo firmado con “cuotas, salvaguardas o medidas de efecto equivalente”, porque ese tipo de atajos suele ser la puerta de entrada para que el proteccionismo recupere terreno por la vía burocrática.
Más allá de la retórica, el núcleo económico es simple: un acuerdo de libre comercio no “crea” riqueza por decreto, pero sí baja costos, amplía mercados y obliga a competir, tres condiciones que suelen acelerar productividad, inversiones y salarios reales. Para el Mercosur, significa una ventana de acceso más estable a un mercado de alto poder adquisitivo, además de reglas que pueden empujar mejoras de estándares y logística; para Europa, implica diversificación de proveedores y un anclaje estratégico en una región clave por alimentos y recursos.
En paralelo, el acuerdo funciona como un mensaje político global: en un contexto de tensiones comerciales y vuelta de los aranceles como herramienta de presión, la UE lo presentó como una elección explícita por el comercio y la cooperación antes que el aislamiento.
Desde la tradición liberal —de Bastiat a Mises, de Hayek a Friedman— el argumento de fondo es conocido: el proteccionismo no protege a “la nación”, sino a intereses concentrados, y su costo lo pagan millones en precios más altos, menos variedad y menos innovación. En ese sentido, esta firma representa una derrota cultural para el estatismo latinoamericano que vive del arancel, la licencia y el privilegio: cuanto más se abren los mercados, menos margen queda para administrar escasez y repartir favores. (La discusión fina sobre autores y tesis la abordaremos en una nota específica.)
La otra señal del día fue geopolítica: Milei aprovechó el atril internacional para referirse a Venezuela, respaldando la política de Donald Trump sobre la crisis y reiterando el reclamo por la liberación del gendarme argentino Nahuel Gallo, detenido por el régimen chavista. El presidente lo planteó como un caso emblemático de violación de derechos y lo incorporó al discurso en una cumbre comercial, buscando mostrar que la apertura económica y la alineación política occidental van de la mano en la estrategia internacional de su gobierno.
Queda, sin embargo, la prueba decisiva: la ratificación parlamentaria. El texto debe pasar por el Parlamento Europeo y por los congresos del Mercosur, y enfrenta resistencias —sobre todo en Europa— ligadas a presiones del sector agrícola y a discusiones ambientales. Si el acuerdo se convierte en un laberinto de excepciones, pierde potencia; si se implementa con apertura real, le quita oxígeno a la vieja política del cierre y deja a la región ante una disyuntiva incómoda para muchos: competir o seguir empobreciéndose detrás de una frontera aduanera.
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