ISIS en el Congo: yihadismo que apunta a borrar al cristianismo del mapa publica cientos de asesinatos

La filial centroafricana del Estado Islámico difundió nuevas imágenes de víctimas cristianas en el este de la República Democrática del Congo. No es un hecho aislado: forma parte de una campaña de yihad sectaria del ADF/ISCAP que combina asesinatos, incendios y secuestros con propaganda diseñada para sembrar terror y expulsar comunidades cristianas de Ituri y Kivu Norte. Este fenómeno no representa a la mayoría de los musulmanes, pero sí expone la lógica de los grupos yihadistas salafistas que rechazan la convivencia y pretenden imponer su dominio por la fuerza.

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En los últimos meses, la milicia conocida como ADF —juramentada al Estado Islámico desde 2019 y rebautizada como ISCAP— intensificó ataques contra poblaciones rurales, con un patrón repetido: irrupción nocturna, ejecución de civiles, quema de viviendas, profanación de templos y secuestro de rehenes para trabajos forzados o para nutrir su maquinaria de terror. Las fotografías difundidas por sus canales afines no buscan informar; buscan multiplicar el impacto psicológico allí donde el grupo ya golpeó y anticipar próximas incursiones. La propaganda es la segunda mitad del crimen.

El objetivo que se desprende de esa comunicación es abiertamente sectario: convertir zonas mixtas en territorios homogéneos bajo régimen de terror, quebrando la vida comunitaria cristiana y forzando desplazamientos masivos. En su retórica, los yihadistas presentan a las comunidades cristianas como “enemigos” a eliminar o someter, y a los propios musulmanes que no comulgan con su proyecto como traidores. La yihad, en esta versión salafista, no es una experiencia espiritual ni un esfuerzo interior; es un programa político-militar para imponer su autoridad total.

La dinámica bélica explica en parte la escalada: cada operación de las fuerzas congoleñas y ugandesas que empuja a ISCAP fuera de un santuario suele ir seguida de represalias contra civiles y un pico de publicaciones propagandísticas que “reivindican” el castigo. Así, la organización compensa pérdidas tácticas con dominación simbólica: demuestra que sigue viva, aterroriza a comunidades vulnerables y explora oportunidades de reclutamiento entre jóvenes de regiones sin Estado efectivo, servicios ni futuro.

El blanco preferente —los cristianos— no es casual. Atacar iglesias, funerales y vigilias tiene alto rendimiento propagandístico: rompe la confianza básica de la vida cotidiana, impacta en la identidad de las víctimas y envía a otras comunidades el mensaje de que ninguna reunión es segura. A la vez, ese patrón instala una limpieza sectaria por goteo: cuando la gente huye, se vacían aldeas, se pierden cosechas y escuelas, y la región entra en un ciclo de pobreza y resentimiento que el propio grupo explota luego para expandirse.

El punto no es reemplazar un fanatismo por otro: es defender la libertad religiosa y el Estado de derecho allí donde los yihadistas quieren imponer la ley del machete. La convivencia exige reglas, propiedad segura, justicia que llegue y gobernantes limitados por la ley. Sin eso, los vacíos los ocupan quienes convierten la fe en arma y el vecino en objetivo. En el este del Congo, hoy, esa es la frontera real entre civilización y barbarie.

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