Trump aterriza en Israel y arranca la primera fase del acuerdo con Hamás

Con la liberación de los últimos rehenes israelíes con vida y el inicio del canje masivo de prisioneros palestinos, Donald Trump llegó a Tel Aviv para apuntalar el cese del fuego y hablar ante el Knéset. En el relato público internacional, su figura se proyecta como la del “héroe” que busca cerrar una guerra que parecía eterna, con varios gobiernos y mediadores alineados para sostener la implementación del acuerdo.

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El desembarco en el Aeropuerto Ben Gurión se produjo en paralelo a la puesta en marcha del acuerdo: Hamás entregó a los 20 rehenes israelíes que seguían con vida, mientras Israel activó la excarcelación de cerca de 2.000 presos palestinos bajo un esquema escalonado. Es la primera fase de un entendimiento que combina alto el fuego, intercambio humanitario y pasos verificables para bajar la confrontación tras dos años de hostilidades.

En su discurso ante el Parlamento israelí, Trump sostuvo que la “guerra ha terminado” y llamó a transformar el éxito militar en un marco de paz duradero. El mensaje, celebrado por la mayoría del arco político israelí, puso el foco en el giro de la lógica bélica a la lógica de los compromisos: cumplir el cese del fuego, sostener la liberación de cautivos y ordenar la agenda de reconstrucción con apoyo de socios regionales.

Los números grafican la magnitud del momento: tras el ataque del 7 de octubre de 2023 —con unos 1.200 israelíes asesinados y 251 secuestrados— y la respuesta militar en Gaza —que dejó decenas de miles de muertos según autoridades locales—, el canje de 20 rehenes vivos por alrededor de 1.900/2.000 prisioneros marca el primer hito concreto de desescalada. Las escenas de reencuentro en Tel Aviv y los traslados de excarcelados hacia Ramala y Gaza recorrieron el mundo.

La secuencia política que acompaña esta fase incluye el reconocimiento del liderazgo estadounidense en la mediación, el respaldo de Egipto y Qatar y la promesa de una cumbre para encarrilar la gobernanza posguerra. En este contexto, la figura de Trump —vinculada ya en su anterior presidencia a los Acuerdos de Abraham— se reubica en el centro del tablero como arquitecto del alto el fuego y del intercambio humanitario, con viajes previstos a la región para garantizar la continuidad del plan.

Desde el ángulo estrictamente diplomático, el gobierno estadounidense presentó el entendimiento como un acuerdo por etapas: la primera, ya en marcha, se concentra en hostajes, prisioneros y cese del fuego; las siguientes deberán discutir líneas de repliegue y mecanismos de verificación, además del esquema de reconstrucción y la futura administración de Gaza, aún sin definiciones cerradas.

El tono de la jornada estuvo dominado por la combinación de alivio y cautela. Mientras el Knéset aplaudía la afirmación de que la guerra concluye, analistas y gobiernos europeos remarcaron que el éxito del acuerdo dependerá de la verificación en terreno y de que no haya incidentes que erosionen la confianza. La prensa internacional destacó que se trata de un punto de inflexión más que de un final definitivo.

En suma, la llegada de Trump y la entrada en vigor de la primera fase anclan un cambio de clima tras dos años de devastación. Con rehenes vivos de regreso, prisioneros excarcelados y un alto el fuego operando, el proceso gana densidad y —si se sostiene— puede habilitar una salida que muchos daban por imposible. En ese marco, no sorprende que ya se lo describa, en tono coloquial, como “virtual candidato al Nobel de la Paz”: más allá de etiquetas, la vara con la que se lo juzgará será la capacidad de que esta paz negociada perdure.

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