Maduro capturado: la operación relámpago con la que Trump lo sacó de su escondite en Caracas

Meses de inteligencia, un golpe nocturno para cegar defensas, un asalto a un “safe house” en el centro de la capital y una extracción por aire hacia un buque estadounidense en el Caribe. Washington lo vende como operación “antinarco”. Caracas lo denuncia como secuestro. El mundo asiste a un precedente explosivo.

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Caracas amaneció con el ruido seco de una guerra corta y quirúrgica. En cuestión de horas, el hombre que durante años se presentó como intocable —Nicolás Maduro— terminó esposado, fuera del país y bajo custodia estadounidense. La Casa Blanca bautizó la maniobra como Operation Absolute Resolve (Operación Resolución Absoluta): una combinación de inteligencia, presión sostenida y un golpe final ejecutado con precisión militar.

Lo que para el régimen era “imposible”, para Washington era una cuenta regresiva. Desde, al menos, septiembre de 2025, la administración Trump venía escalando una campaña de desgaste: interdicciones marítimas, golpes selectivos y un endurecimiento formal del marco político y legal con el que justificó la ofensiva final.

El capítulo decisivo se escribió en la madrugada del 3 de enero de 2026. Según la cronología reconstruida por fuentes oficiales y reportes en EE.UU., la orden final se dio a las 22:46 (hora de Washington) del 2 de enero —23:46 en Caracas y 00:46 en Argentina— después de esperar “la ventana” meteorológica y operativa.

A partir de ahí, la historia se acelera:

Sin grandilocuencia, primero se buscó cegar y desorganizar la capacidad de respuesta del chavismo: ataques a instalaciones y nodos militares para impedir que el aparato de defensa y contrainteligencia pudiera reaccionar con coordinación. A las 02:01 (Washington) / 03:01 (Caracas) / 04:01 (Argentina) comenzó la primera oleada; el objetivo era claro: abrir un corredor de operación para que el equipo de asalto entrara y saliera sin quedar atrapado.

Recién entonces aparece el nombre que explica el desenlace: Delta Force (el 1st Special Forces Operational Detachment–Delta), una unidad de operaciones especiales entrenada para misiones de alto valor: rescates, captura de objetivos críticos, contraterrorismo y operaciones de extracción extremadamente sensibles. La lógica es la de siempre: entrar rápido, mandar el mensaje, salir más rápido.

El punto de quiebre, de acuerdo con la secuencia divulgada, fue a las 03:20 (Washington) / 04:20 (Caracas) / 05:20 (Argentina): ingreso al escondite y ruptura del último anillo de seguridad. No se trató de una “búsqueda” improvisada, sino del final de meses de inteligencia, identificación de patrones y preparación.

La extracción cerró el círculo: a las 04:21 (Washington) / 05:21 (Caracas) / 06:21 (Argentina) Maduro ya estaba fuera del objetivo, y a las 05:08 (Washington) / 06:08 (Caracas) / 07:08 (Argentina) estaba a bordo de un buque estadounidense utilizado como plataforma de evacuación y control. Desde allí, el traslado hacia territorio estadounidense quedó bajo custodia federal.

Posteo del Presidente Trump con una foto del traslado del narcoterrorista Maduro a bordo de USS Iwo Jima rumbo a EE.UU.

El argumento de Washington para justificar el operativo no fue solo “geopolítico”. Fue judicial. Maduro arrastraba una causa pesada desde hace años: en 2020, el Departamento de Justicia anunció cargos por narcoterrorismo, tráfico de drogas y corrupción, describiendo un entramado donde sectores del poder venezolano habrían operado como estructura protectora del negocio criminal.

En paralelo, la administración norteamericana había formalizado un giro aún más duro: la designación del “Cartel de los Soles” como organización terrorista en el marco regulatorio estadounidense, una etiqueta que, en la práctica, abre opciones más agresivas de persecución, sanciones y cooperación internacional.

Maduro en las primeras imágenes como prisionero de EE.UU.

“Tomen en serio al presidente Trump”

En Washington, el mensaje político fue explícito. Marco Rubio insistió en que no se “juega” con lo que anuncia el presidente: lo presentó como alguien que convierte advertencias en hechos y que, cuando habla, conviene creerle.

Y el mensaje se extendió hacia la región. Trump ya había apuntado contra Gustavo Petro semanas antes, acusando que Colombia “produce” y “envía” cocaína a EE.UU. y advirtiendo que debía “cerrar” instalaciones; tras la caída de Maduro, volvió a endurecer el tono y dejó flotando la amenaza de que otros podrían “ser los próximos”.

La reacción: el festejo de los que se fueron

Dentro de Venezuela, con control estatal y tensión, la foto fue más difícil de consolidar en tiempo real. Pero afuera, entre los venezolanos que escaparon, la reacción fue inmediata: concentraciones, festejos y lágrimas en ciudades de América Latina y Europa, con una idea repetida como mantra: “se terminó”. Ese clima no nació de la nada: la diáspora venezolana es una de las más grandes del planeta, empujada por el derrumbe económico y la represión.

Los números son brutales: casi 7,9 millones de venezolanos dejaron el país buscando protección o un futuro posible, y la enorme mayoría quedó en América Latina.

En las horas posteriores a la captura del presidente Nicolás Maduro, en redes y coberturas locales se registraron concentraciones, caravanas y celebraciones de la diáspora venezolana en Santiago y otras zonas de Chile, Lima (Perú), Quito (Ecuador), Buenos Aires (Argentina) y también en Panamá (Ciudad de Panamá) y San José (Costa Rica); en Europa, los festejos se vieron con fuerza en Madrid (Puerta del Sol), además de reportes en Madrid, Barcelona, Valladolid, Lisboa, Roma y Atenas; y en Estados Unidos, el epicentro volvió a ser el sur de Florida con Miami y especialmente Doral, a lo que se sumaron expresiones públicas en ciudades como Chicago, Boston y hasta Katy (Texas), mientras que también aparecieron reacciones de venezolanos en Montreal/Quebec (Canadá) y en el Golfo, con testimonios desde Dubái/EAU.

Venezolanos festejando en Madrid, España

El trasfondo que la “teoría del petróleo” no explica

La discusión inevitable volvió a dividir aguas: para el progresismo internacional, la lectura automática es “injerencia yanqui”; para los venezolanos que vivieron la persecución o el exilio, la palabra que usan es otra: liberación.

Porque el drama venezolano no es un abstracto. Organismos internacionales y reportes regionales describieron patrones de detenciones arbitrarias, persecución política, torturas y desapariciones forzadas, además de un aparato estatal volcado a aplastar disidencia y sostenerse por la fuerza.

Y ahí se cae la excusa: si el problema era el petróleo, Venezuela sería un paraíso. Tiene recursos, tuvo una democracia funcional, tuvo capital humano. Lo que la destruyó fue otra cosa: un modelo que convirtió al Estado en botín, a la ley en un decorado, y a la “causa social” en máscara para consolidar un poder sin alternancia. Llegar por el voto y después vaciar la democracia para quedarse: esa es la lógica que el socialismo repite una y otra vez —con distintos disfraces— y que en la Argentina conocemos demasiado bien (kirchneristas, radicales y socialistas: diferentes colores, misma devoción por el partido del Estado).

La escena no se narra como “intervención por codicia”, sino como el final de una etapa: un narco-Estado que secuestró a su pueblo, empujó a millones al exilio y usó la riqueza nacional para comprar lealtades, blindarse y perseguir. Y si hoy la izquierda global grita “soberanía”, conviene recordar a quiénes defendió durante años: no a la democracia venezolana, sino a sus sepultureros.

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