La Policía de Santa Fe acuartelada contra el gobierno de Pullaro tras una noche de represión y amenazas
Corría el sexto día de reclamos policiales en Santa Fe. El epicentro, como viene pasando desde hace jornadas, estaba en la puerta de Jefatura en Rosario: policías y familiares sosteniendo el pedido por condiciones de trabajo dignas, por sueldos que no alcanzan, por móviles en mal estado, por recargos eternos, por una rutina que los exprime y después los deja solos. Pero anoche no fue una noche más. Fue, directamente, la noche en la que el relato del gobierno se chocó de frente con la realidad.
Pasada la tarde, y con el corte de calle como punto de tensión, apareció en la puerta de Jefatura el jefe de la Policía de Santa Fe, según versiones internas, enviado por el ministro Cococcioni con órdenes directas de despejar la zona. La idea era simple y brutal: “terminen con esto”. Lo que siguió fue una postal que debería avergonzar a cualquier administración que se jacte de “orden”: tironeos, palazos, empujones. Policías contra policías. Y en el medio, familiares. Los videos no tardaron nada en explotar: se viralizaron por los grupos internos y por fuera también, como un incendio que ya no se puede tapar con partes oficiales.
Lo que pretendía ser un operativo disciplinador produjo el efecto contrario. En minutos, empezaron a llegar patrulleros, motorizados, agentes en servicio y fuera de servicio. La escena cambió: el supuesto “control” se transformó en desborde. El operativo quedó superado y se replegó. Y entonces vino la imagen que el poder provincial no quería: la avenida tomada por la propia fuerza, desde la medianoche, con un clima que mezclaba bronca, cansancio y una camaradería que nace cuando a un grupo lo empujan al límite. No era una marcha partidaria: era una fuerza diciendo “basta”.
El detonante de estos días no es sólo el bolsillo. Es también lo que nadie quiere mirar de frente: el desgaste mental, la humillación cotidiana, la soledad del agente que no llega a fin de mes y encima carga con un trabajo que lo rompe por dentro. En ese clima, el caso de “Chimi” Valdez terminó de romper el dique. Mientras aumentaban los pedidos y se acumulaban señales de alarma, el ministro hablaba como si no pasara nada. Recién cuando la tragedia se hizo imposible de maquillar, aparecieron los anuncios.
Pero lo que el gobierno ofrece —y lo que sus medios amigos repiten— no descomprime: enciende más. Pluses presentados como “solución”, bonos con condiciones, parches con letra chica, y el mismo mecanismo de siempre: prometer para la tribuna mientras el policía de calle sigue contando monedas. Y en paralelo, el otro brazo del sistema: amenazas, Asuntos Internos, sanciones, descuentos, la cacería para ver quién comparte videos, quién habla, quién se anima a mostrar lo que pasa. Más castigo sobre sueldos miserables. Más presión sobre gente que ya está al borde. Esa es la receta más torpe para apagar un incendio: apretar a los que sostienen la seguridad como si fueran enemigos.
Y ahí está el dato clave que hoy vuelve innegable el conflicto: ya no es Rosario. Lo que anoche explotó en Jefatura fue la chispa, pero el incendio se extendió y se repite en toda la provincia. La postal de patrulleros, motos, redoblantes y policías autoconvocados se replicó frente a la Casa de Gobierno en Santa Fe ciudad, y también en Rafaela, Reconquista, Tostado, Recreo y Vera, entre muchísimas más con el mismo denominador común: bronca acumulada, hartazgo y una conducción política que pretende bajar línea desde arriba sin mirar el piso que pisa la tropa.
Cuando una protesta salta de una puerta a toda una provincia, ya no es “un grupo”: es un síntoma. Y lo que ese síntoma dice es clarísimo: algo se quebró entre la política y su fuerza. A esta crisis, encima, se le sumó otra: la crisis de información. A las 8 de la mañana de este martes 10 de febrero, los grandes medios provinciales y locales mostraron, otra vez, su libreto de dependencia: casi nada del reclamo, casi todo de la respuesta oficial. Titulares calcados del comunicado, foco en “las medidas”, silencio sobre la calle, sobre los videos, sobre el clima interno. Dejaron de ser medios y pasaron a ser voceros. No informan: administran el discurso. Y en una provincia donde la pauta pública funciona como premio y castigo, se entiende por qué muchos eligieron esa comodidad: es más rentable repetir al gobierno que contar lo que el gobierno no quiere que se cuente. El problema es que la gente lo ve. Y cuando la credibilidad se entrega por conveniencia, rara vez vuelve intacta.
Santa Fe amaneció con una realidad que ya no se puede esconder: la fuerza está plantada, el interior se contagia, y el gobierno tiene dos caminos. O se sienta a resolver en serio —no con relato, no con parches— o insiste con la lógica del apriete y empuja a la provincia a un escenario todavía más delicado. Porque cuando el poder político pretende disciplinar a la policía como si fuera una hinchada, lo que está haciendo no es “poner orden”: está jugando con fuego.
Y anoche, en Rosario, el fuego se vio.
