«Lacha» y la corriente profunda del cambio argentino

El economista analizó en Rafaela la transición hacia un modelo de apertura, el costo argentino y el potencial del agro.

Lacha I

“Las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus gobiernos esperan una cosa que es contraria a la naturaleza”.

Juan Bautista Alberdi

En la segunda jornada de la 119ª Exposición Rural de Rafaela y la Región, el economista y empresario Gustavo “Lacha” Lazzari ofreció un análisis muy interesante de la actualidad nacional y del futuro de la Argentina.

El cambio de época, el cambio de paradigma y una aguda visión de la psicología del ciudadano fueron parte importante de su exposición.

Habló de una transición complicada desde un sistema populista e intervencionista hacia otro de apertura y libertad, y trazó un paralelismo con el mar, el oleaje superficial y la corriente profunda.

La corriente profunda es el verdadero cambio en la dirección adecuada, que ya está en marcha y resulta muy difícil de frenar o redireccionar.

El oleaje son las turbulencias en la microeconomía mientras se asienta el proceso y comienzan a verse las consecuencias de una macroeconomía ordenada. Pero hay que tener cuidado, ya que ese oleaje puede volcar o hundir al barco o a la empresa si el timonel no toma las decisiones adecuadas y la estructura de la nave no está en condiciones.

Habló sobre la mora y explicó que se trata de decisiones entre privados que toman y otorgan créditos. Si bien la solución pasará por refinanciaciones concedidas por los propios acreedores, sería conveniente que el Estado elimine regulaciones y facilite el esquema de decisiones de los acreedores formales, bancarios o no, para que puedan gestionar adecuadamente esas situaciones.

Eso sería parte del oleaje que podría llegar a traer algunos inconvenientes. Pero hoy los bancos ya no tienen al Estado como un buen cliente, dado que no existe más el déficit fiscal, y no les queda otra alternativa que prestarles a los privados e ir resolviendo la situación de los grupos en mora.

Hay un cambio de mentalidad, especialmente en los grupos etarios nacidos en los ochenta. Cuando comenzaron a trabajar, vivieron algunos años de estabilidad y luego presenciaron la crisis de 2001. Esas generaciones ven el liberalismo, la desregulación y la posibilidad de hacer lo que consideran correcto, sin la tutela ni los permisos del burócrata de turno, como algo esencial.

También señaló que los salarios dependen de la inversión y la productividad, no de decisiones políticas inmediatas. “Los salarios son hijos de la inversión, no de las decisiones”, sostuvo. Explicó que la clave está en la velocidad con la que el Gobierno fomente la inversión y reduzca costos, sobre todo impositivos y regulatorios. Destacó la rapidez con la que se implementó el RIGI en la Cordillera y sus cadenas productivas, y cuestionó la falta de medidas similares para sectores como la lechería y el agro.

Explicó que el Gobierno está muy celoso del superávit fiscal, como un enfermo que se mira el termómetro cada tres minutos por la fiebre, y advirtió que esa estrategia puede ralentizar la baja de impuestos y frenar el ahorro y la inversión en la zona pampeana.

En cuanto a la industria local, señaló que el “costo argentino” no es solo impositivo, ya que incluye factores como la infraestructura y la seguridad, lo que resta competitividad.

Indicó que tanto el Estado nacional como las provincias, los municipios y las comunas tienen responsabilidad en la desregulación, la baja de impuestos, la seguridad y la infraestructura.

Respecto de la percepción social, describió un panorama heterogéneo: hay sectores ligados a la producción primaria que muestran entusiasmo con cautela, mientras que el comercio urbano atraviesa un “mar de lágrimas” por la caída del consumo y la falta de convalidación de precios en un contexto de mayor acceso a la información mediante la tecnología.

“El 85% de las personas que compran en tiendas físicas consultaron antes por internet”, ejemplificó, para mostrar cómo la comparación de precios afecta directamente al comercio tradicional. A esto se suman salarios en los que hoy tienen mayor impacto los gastos en servicios y tarifas que antes.

Como siempre, su estilo fue muy claro y conciso, con muchos ejemplos cotidianos y metáforas que hicieron la exposición muy llevadera para la audiencia.

Dejó planteado que la transición económica es dolorosa pero necesaria, y que el desafío central pasa por acelerar la inversión, ampliar la productividad y atender los costos que hoy frenan a la industria y al consumo.

Con una moneda de un centavo de dólar en la mano, dio un ejemplo claro del interesante horizonte que tiene la Argentina. Explicó que, en un mundo de 8.000 millones de personas que pueden llegar a consumir tres platos de comida al día —es decir, 24.000 millones de platos diarios—, si nuestra producción participara con solo un centavo de dólar en cada uno, se generarían u$s 240 millones por día. Eso significaría más de u$s 80.000 millones al año para el sector agropecuario y su industria relacionada, que hoy movilizan poco más de u$s 50.000 millones.

Con ese ejemplo claro y contundente, demostró que las posibilidades de desarrollo de la Argentina son enormes y que solo dependen de la libertad y la desregulación de un sistema absolutamente enmarañado por el sector público. Dio, además, un tremendo ejemplo sobre la cantidad de formularios que hay que completar en la producción de pollos, desde su nacimiento hasta su compra por parte de un consumidor en una góndola. Habló de ciento sesenta trámites “burrocráticos” correspondientes a distintos niveles de gobierno y organismos. La cifra equivale al absurdo de cuatro formularios por cada día de vida de un pollo destinado al consumo humano.

La conclusión fue que el cambio avanza en la dirección adecuada y que el camino es el correcto, pero que durante esta transición hay que procurar que se generen los menores problemas posibles en la vida cotidiana del ciudadano.

Lazzari es economista, por lo que conoce la teoría, y también empresario de la industria productora de alimentos, lo que le permite conocer a la perfección la práctica de los procesos, sus costos precisos, su interacción con la sociedad, los proveedores, los empleados y los competidores, y la forma en que todo ello incide en el famoso “costo argentino”. Por eso, su percepción de la realidad, su diagnóstico y su propuesta de soluciones fueron recibidos con una inmensa credibilidad.

Gracias, “Lacha”.

Miguel A. Morra
Miguel A. Morra
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