Milei cambió las reglas, se acabó el «papá» Estado: volvió la educación y la responsabilidad financiera

Tras años en los que la inflación castigaba al ahorrista y premiaba a quien se endeudaba sin medir las consecuencias, la estabilidad obliga a recuperar la cultura del esfuerzo, el ahorro y las decisiones responsables.

Morosidad Milei Cuentas ordenadas crédito (1)

A casi dos semanas del discurso de Javier Milei en el recinto de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), donde hizo hincapié en el mercado crediticio de la República Argentina, algunos ya anticipan que este será un tema clave: una carta que la oposición intentará jugar con fuerza de cara a las elecciones de 2027 para responsabilizar al Gobierno por la morosidad.

Pero antes de repetir consignas y convertir un fenómeno financiero en otro caballito de batalla contra el modelo libertario, hay que comenzar por los números. La morosidad con las entidades financieras ronda el 8% y, si se observa específicamente el endeudamiento de las familias, el porcentaje es todavía mayor. En comparación con otros países latinoamericanos, el índice es alto y, en el plano local, creció de manera sostenida durante los últimos meses. A partir de acá se abren varios interrogantes.

El primero es inevitable: ¿realmente la tasa de interés es el problema o se la intenta convertir en un enemigo conveniente?

Para responder esa pregunta, lo primero que hay que entender es que el interés constituye uno de los principales incentivos para el ahorro. Incluso, yendo un paso más allá, podría decirse que es un mecanismo fundamental para distribuir recursos entre quien dispone de un excedente de dinero y quien necesita financiamiento.

En otras palabras, un préstamo no es más que un acuerdo entre partes mediante el cual, de manera voluntaria, el ahorrista transfiere temporalmente sus recursos a quien los necesita, a cambio de una compensación. A diferencia de la redistribución forzosa administrada por el Estado, el crédito conecta a las personas a través de contratos voluntarios.

Qué muestran los números de la morosidad

Para comprender el fondo del problema hay que desglosar las cifras. Según los datos correspondientes a junio, la morosidad con entidades financieras alcanzó el 7,6%, mientras que entre las familias llegó al 12,8%. En el caso de los proveedores no financieros de crédito —segmento que incluye billeteras virtuales y fintech—, el indicador superó el 30%.

El problema también presenta un fuerte componente generacional. Las personas menores de 35 años registran tasas de mora superiores al 25% y, entre los menores de 25, la proporción se acerca al 40%.

Por un lado, la irrupción de las billeteras virtuales permitió que muchas personas que antes no calificaban para obtener financiamiento en un banco tradicional pudieran acceder a un préstamo. El análisis que se desprende es directo: cuanto mayores sean los controles y las restricciones al momento de otorgar créditos, menor será la tasa de morosidad, pero también se reducirá la inclusión financiera y el acceso al dinero.

El riesgo cero solamente existe cuando no se presta. Pretender que haya crédito para todos, pero sin intereses, sin riesgo y sin consecuencias frente al incumplimiento, no es una política financiera: es demagogia.

Como contrapartida positiva, esas mismas billeteras virtuales son las que hoy depositan rendimientos diarios entre sus usuarios, incluyendo a miles de personas que antes ni siquiera podían abrir una cuenta bancaria.

Discutir el interés es, en buena medida, discutir el propio funcionamiento del sistema capitalista. Sin ahorro no existe crédito y, sin una recompensa para quien posterga su consumo y arriesga su capital, difícilmente pueda desarrollarse un mercado financiero sólido.

Atacar la tasa sin hablar del riesgo, la inflación y el incumplimiento equivale a cuestionar el precio sin preguntarse por qué existe. El interés no es un castigo inventado por el prestamista: es la compensación por ceder temporalmente capital y asumir la posibilidad de no recuperarlo.

El final de la deuda que se licuaba

El sistema de crédito está cambiando. El famoso “tarjeteá, que después va todo a la licuadora”, producto de una inflación que reducía rápidamente el valor real de las deudas, perdió sentido con la desaceleración de los precios.

Durante décadas, la inflación generada por la política castigó al ahorrista, destruyó la moneda y convirtió al endeudamiento irresponsable en una aparente estrategia financiera. El argentino aprendió que convenía gastar antes que ahorrar y tomar deuda antes que conservar pesos.

La mayor estabilidad del tipo de cambio modificó ese paradigma. Durante años, endeudarse funcionó como una estrategia de crecimiento o, incluso, de supervivencia frente a la inflación. Ahora es necesario controlar cuidadosamente las obligaciones asumidas y saber en qué y para qué nos estamos endeudando.

Con Milei comenzó a desmontarse ese mecanismo perverso. Cuando la deuda deja de licuarse mágicamente por la inflación, cada decisión vuelve a tener consecuencias y la responsabilidad individual recupera el lugar que nunca debió perder.

El manejo financiero se convirtió en una cuestión de precisión quirúrgica a la hora de decidir cuándo tomar una deuda, con qué finalidad y bajo qué condiciones.

Los bancos tienen que volver a competir por la calidad y el precio de sus servicios. Las billeteras digitales, por su parte, se consolidaron como un espacio en el que muchas veces no se busca la mejor estrategia financiera, sino comodidad y flexibilidad para el uso cotidiano.

Ante este escenario, la educación financiera es el pilar fundamental sobre el que hay que trabajar. La solución no pasa por volver a los controles, señalar culpables o prometer que el Estado rescatará a quienes no pueden pagar. El verdadero desafío es que cada persona comprenda las condiciones que acepta y las consecuencias de utilizar mal el crédito.

Antes se compraban dólares a cualquier precio porque siempre subían, se tomaban deudas a cualquier tasa porque luego se licuaban y los comercios podían trasladar rápidamente los costos mediante remarcaciones.

Todo eso cambió. Ya no sirve comprar dólares a cualquier valor, no resulta conveniente endeudarse por cualquier motivo y el cálculo preciso de los costos pasó a ser determinante para sostener un comercio. La estabilidad no elimina las responsabilidades: las vuelve visibles.

El mismo crédito, dos resultados completamente distintos

Tomemos un ejemplo. Juan gasta 50.000 pesos mensuales en una lavandería porque no tiene ahorros ni lavarropas. Entonces pide un crédito de 400.000 pesos para comprar uno y acuerda con el prestamista devolver el dinero en diez pagos de 50.000 pesos.

Transcurridos los diez meses, quien prestó el dinero recibió 500.000 pesos en lugar de los 400.000 iniciales. Juan, por su parte, se capitalizó con un lavarropas y dejó de gastar los 50.000 pesos fijos mensuales en la lavandería.

Bajo este esquema de beneficio mutuo funciona buena parte del sistema de préstamos: el prestamista obtiene una rentabilidad y el deudor utiliza el dinero para adquirir un activo que le permite reducir gastos o generar mayores ingresos. Nadie obligó a ninguna de las partes y ambas terminaron beneficiadas.

Ahora supongamos un escenario inverso. Juan tiene una lavandería y necesita 400.000 pesos para pagar los sueldos del mes porque sus gastos fijos superan a sus ingresos. Vuelve a solicitar un préstamo y utiliza ese dinero para cubrir los salarios.

Al mes siguiente, nuevamente le faltan 400.000 pesos para afrontar los sueldos, pero además debe pagar la primera cuota del crédito, de 50.000. Su problema de caja pasó de 400.000 a 450.000 pesos mensuales.

Si vuelve a recurrir al financiamiento, quien le preste el dinero probablemente exigirá una tasa más alta por el mayor riesgo asumido. Juan ingresará entonces en la famosa bola de nieve y terminará trabajando exclusivamente para pagar sus deudas.

El crédito no creó el problema: solamente postergó las consecuencias de un desequilibrio que ya existía. Culpar al sistema financiero sería más cómodo que revisar las decisiones tomadas, pero no resolvería absolutamente nada.

En ambos casos, el sistema financiero fue exactamente el mismo.

El único que cambió fue Juan.

Ignacio Rodriguez II
Ignacio Rodríguez
Asesor Financiero - Director de Hoss
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