El pasado se sorprende: si Guillermo Lehmann volviera a Rafaela

Una ficción inspirada en los principios de la educación Montessori imagina el regreso del impulsor de Rafaela para interrogar el crecimiento del Estado municipal y la forma desigual en que la ciudad conserva su memoria. En el centro aparece una pregunta decisiva: ¿la educación enseña a razonar o prepara para obedecer?

Razonamiento educación Guillermo Lehmann

Educar para razonar

Estos son algunos de los principios de la educación Montessori respaldados por la investigación científica y desarrollados por Angeline Stoll Lillard en Montessori: The Science Behind the Genius, publicado en 2005 por Oxford University Press:

Pensamiento y movimiento: el pensamiento y el movimiento están estrechamente ligados. El movimiento potencia el pensamiento y el aprendizaje.

Libre elección: el aprendizaje y el bienestar mejoran cuando las personas sienten que tienen control sobre sus vidas. Así se desarrollan la independencia, la voluntad y la responsabilidad.

Interés: el niño aprende mejor cuando está interesado en aquello que estudia. El interés favorece la comprensión y la concentración.

La recompensa es interna: la práctica conduce al logro y contribuye a fortalecer la autoestima, el sentido de responsabilidad y el pensamiento crítico.

Aprender de los pares y con ellos: el aprendizaje se potencia mediante el ejercicio de enseñarles a otros. Esto promueve el respeto, la tolerancia y la solidaridad.

Aprender dentro de un contexto: el aprendizaje situado en un contexto significativo es más profundo y enriquecedor que aquel desarrollado de manera abstracta.

Interacción entre maestro y alumno: el maestro observa y acompaña. Le permite al niño actuar, querer y pensar por sí mismo, mientras lo ayuda a desarrollar confianza y disciplina interior.

Orden en el ambiente y en la mente: el orden externo y la secuencia en el uso de los materiales benefician el orden interno del niño. También promueven la claridad de pensamiento y la concentración.

El principio fundamental y cimiento de una buena educación es que el alumno aprenda a razonar. Allí aparece también el principal obstáculo para quienes pretenden adoctrinar, que representa el extremo opuesto.

En cualquier aula y frente a cualquier docente podemos advertir qué tan cerca se encuentra la enseñanza de uno u otro extremo.

Por supuesto, esto también se refleja en los presupuestos y planes educativos, sus protocolos, los formatos de trabajo, las calificaciones y los consecuentes sistemas de premios y castigos, tanto para los alumnos como para los docentes.

El impacto que la educación de los ciudadanos produce sobre una sociedad puede observarse en numerosos temas, espacios y lugares. Algunas manifestaciones son momentáneas; otras permanecen durante años y terminan convirtiéndose en ejemplos.

Una historia breve —que no es del todo un cuento— refleja cómo el adoctrinamiento hizo mella en muchos rafaelinos que, en algún momento, tuvieron poder de decisión sobre la ciudad.

Una noche frente al monumento a Lehmann

Milagros, una mujer inteligente y muy capaz, llegó desde la provincia de Córdoba atraída por Rafaela y se radicó en la ciudad junto con toda su familia.

Fabricio, por su parte, es un empresario rafaelino que había tomado la decisión de abandonar el país ante el difícil horizonte que observaba.

Ambos coincidieron en una reunión integrada por personas interesadas en hacer algo por una Argentina potencialmente rica, pero dramáticamente pobre debido —según su mirada— al peso y la intervención del sector público. Allí decidieron comenzar a organizar una acción política local.

Le pidieron al resto del grupo que pensara en problemas puntuales y perjudiciales para la ciudad. Ellos también se comprometieron a preparar un documento con sus propias observaciones.

¿Y qué mejor lugar para conversarlo que el monumento a Guillermo Lehmann, mate de por medio, durante una noche de verano?

Las horas pasaron. A las 22.30, con el termo vacío y un extenso borrador consensuado en la tablet, el monumento despertó, se hizo más pequeño y se sentó entre los dos.

Al principio se asustaron. Luego, ya divertidos, comenzaron a preguntarle cómo había sido su experiencia en 1881. Querían incorporar la historia al documento y escucharla de boca de su protagonista.

En este juego literario, Guillermo sonrió y comenzó a explicar:

—Simplemente fue una buena idea y un buen negocio. La colonia recibió su nombre en honor a Rafaela Rodríguez de Egusquiza, esposa de mi amigo y socio comercial Félix Egusquiza. Yo me encargué de organizar la colonia, subdividir las tierras y comercializar los lotes.

—La ciudad fue trazada alrededor de una plaza de cuatro manzanas, situada en la parte más elevada del terreno. Se estableció una doble circulación y cuatro calles muy anchas que partían desde allí. Hacia el norte estaba Lehmann; hacia el oeste, Presidente Roca; hacia el sur, Susana. En dirección este se extendía la actual avenida Santa Fe, utilizada para viajar hacia la capital provincial. La ciudad fue pensada como un damero perfecto.

Después agregó:

—Desde que fallecí, a los 46 años, en 1886, regreso cada 46 años para recorrer la ciudad. Volví en 1932 y en 1978.

—En 1932, Rafaela ya había sido declarada ciudad y comenzaban a colocarse adoquines en sus calles. A pesar de la crisis, crecía gracias al trabajo de sus habitantes y al impulso de sus emprendedores. Alrededor de la plaza funcionaban grandes comercios que abastecían a toda la región. El campo producía muchísimo y podía advertirse la proyección de una ciudad extraordinaria, en cuya vida social también participaban grupos masónicos.

—En 1978 había un Mundial de fútbol en la Argentina y una enorme algarabía por la consagración de la Selección. La ciudad era mucho más grande, tenía numerosas industrias y comercios, y la producción agropecuaria no dejaba de crecer. También había comenzado a cultivarse un grano relativamente nuevo que prometía mucho: la soja. Sin embargo, era una época sombría, marcada por la violencia política, el terrorismo de Estado y la desaparición de personas.

—Me correspondía volver en 2024, pero me demoré más de la cuenta. Las fiestas dentro del monumento estuvieron entretenidas. Fue divertido contemplar desde aquí el movimiento de mi ciudad, aunque algo me huele mal y quisiera recorrerla con ustedes.

Entonces preguntó:

—¿A qué se dedica el negocio que funciona en ese edificio de seis pisos? Vi entrar y salir a mucha gente.

Milagros se rio y respondió:

—No es un negocio. Es la Municipalidad de Rafaela.

Fabricio intervino:

—¿No te llamó la atención que la mayor parte de ese movimiento se produzca solamente durante la mañana?

Guillermo lo miró sorprendido:

—¿Tanto creció la ciudad? Para necesitar un edificio de semejante tamaño, una municipalidad debería administrar, como mínimo, una ciudad de un millón y medio de habitantes. ¿Qué ocurrió?

—Tenés razón —contestó Fabricio—. Durante estos últimos 46 años, el sector público creció mucho más que la ciudad. Hoy cuenta con alrededor de 1.500 empleados municipales, además de otros 200 o 300 contratados que facturan sus servicios. Lógicamente, los impuestos también aumentaron. Incluso continúa vigente el Derecho de Registro e Inspección, un gravamen profundamente distorsivo, presentado como tasa, cuya eliminación se discute desde hace décadas.

Con el ceño fruncido, Guillermo preguntó:

—¿Y eso no resulta contraproducente para el progreso?

Milagros respondió:

—Por supuesto. El sector público obstaculiza la actividad y el progreso, aunque los funcionarios intenten presentar la llamada “articulación público-privada” como la responsable de los avances. Para nosotros, es una falacia utilizada para justificar que continúen viviendo del contribuyente. Pero la gente está comenzando a darse cuenta.

Guillermo se puso de pie:

—¿Me acompañan a dar una vuelta?

Los tres caminaron hacia la plaza y comenzaron a recorrer el inicio de cada uno de los bulevares.

Una ciudad y su memoria selectiva

Al llegar al bulevar Roca, cruzaron la calle. Guillermo se detuvo frente al busto de Juan Domingo Perón, con sus tres frases grabadas, limpio y con flores colocadas pocas horas antes.

—¿Y esto? Cuando regresé en 1978, Perón había muerto hacía pocos años, pero ya podían advertirse las consecuencias de sus políticas y de su ideología sobre la decadencia argentina. Su viuda, que había sido vicepresidenta, encabezó un gobierno desastroso y estuvo asesorada por José López Rega, a quien llamaban “El Brujo”. Fue enviado al exterior en un avión oficial y, con el tiempo, terminó prófugo de la Justicia.

Continuaron caminando hasta llegar al monumento a Julio Argentino Roca. Al observarlo, Guillermo preguntó:

—¿Cómo puede estar tan abandonado el monumento a uno de los protagonistas de la construcción de la Argentina moderna?

Siguieron hasta la esquina y se detuvieron frente a la placa que recuerda a las víctimas de la trágica carrera automovilística de 1949, también afectada por la falta de cuidados.

—En mis visitas anteriores escuché hablar con enorme orgullo del automovilismo rafaelino y de la epopeya que significó traer una competencia de la categoría estadounidense Indy a la ciudad. Si un monumento destinado a recordar todo ese trabajo se encuentra en semejante estado, estos cien metros de cantero permiten resumir el problema.

Luego de hacer una pausa, concluyó:

—Parece haber serias inconsistencias en la racionalidad, los conocimientos y la percepción de la importancia histórica de las figuras del pasado por parte de los funcionarios de los poderes Ejecutivo y Legislativo de las últimas cuatro décadas.

—El dirigente al que responsabilizo por buena parte de la decadencia argentina ocupa un lugar más importante que quien contribuyó a engrandecer la Nación y que los rafaelinos responsables de las grandes epopeyas automovilísticas de la ciudad.

—Sin dudas, el problema está en los políticos y en la forma en que ordenan sus ideas.

Finalmente, Guillermo volvió a ponerse en marcha:

—Sigamos.

Aprender a mirar

Esa es una de las consecuencias del adoctrinamiento en la educación. Resulta interesante que permanezca a la vista como testimonio de la mala praxis del sistema.

En la batalla cultural contra el adoctrinamiento educativo, sería valioso que cada lector observara su barrio, su pueblo o su ciudad para descubrir si existen otros ejemplos y, en caso de encontrarlos, los diera a conocer.

Podría convertirse en un ejercicio de razonamiento muy interesante.

Miguel A. Morra
Miguel A. Morra
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