Docentes hay muchos; maestros, no tantos: dos lecciones contadas con humor
En el Día del Maestro, dos historias de alumnos, profesores y directivos recuerdan que enseñar no consiste solamente en transmitir conocimientos: también exige inteligencia, creatividad y la capacidad de dejar una enseñanza inolvidable.
Hay lecciones que no se encuentran en los libros ni requieren extensas explicaciones. A veces, una respuesta ingeniosa o una experiencia difícil de olvidar alcanzan para que el aprendizaje acompañe a los alumnos durante toda la vida.
El examen final
Cuatro amigos de la universidad se fueron de parranda a un país vecino durante el fin de semana anterior a los exámenes finales.
La pasaron súper bien. Pero, después de tanta fiesta, durmieron durante todo el domingo y no regresaron a su país hasta el lunes por la mañana.
En lugar de presentarse al examen final, decidieron esperar a que terminara y hablar con el profesor para explicarle por qué no habían podido asistir.
Le contaron que se habían ido de viaje durante el fin de semana y que planeaban regresar a tiempo para estudiar. Sin embargo, cuando volvían, “se les pinchó una rueda”, no tenían las herramientas necesarias y nadie había querido ayudarlos. Como consecuencia de aquella supuesta aventura, habían perdido el examen.
El profesor lo pensó y aceptó tomarles el final al día siguiente.
A la mañana siguiente, ubicó a cada uno de los estudiantes en un aula diferente y les entregó el examen. La primera pregunta valía cinco puntos y era muy sencilla. Los cuatro la respondieron sin problemas.
Luego dieron vuelta la hoja y encontraron la segunda pregunta, que valía los 95 puntos restantes:
“¿Qué rueda se pinchó?”
Docentes hay muchos. Maestros… no tantos.
Una lección frente al espejo
En la secundaria de mi pueblo, el año pasado las alumnas habían adquirido la mala costumbre de besar los espejos y dejar impresas las marcas de sus lápices labiales.
Todas las mañanas, los espejos de los baños de mujeres aparecían llenos de “besos” colorados.
La directora publicó un comunicado en el que les pedía a todas las alumnas que se abstuvieran de besar los espejos, porque aquello recargaba el trabajo del personal de limpieza.
Como si nada. Los espejos seguían apareciendo llenos de marcas de pintura de labios.
Finalmente, la directora reunió en el baño de mujeres a la mayor cantidad posible de alumnas y les explicó que quería mostrarles lo difícil que resultaba para el personal de limpieza eliminar aquellas marcas todos los días. Luego le pidió a la encargada de la limpieza que procediera con la tarea.
La mujer tomó un trapo seco, lo mojó varias veces en un inodoro, lo escurrió y comenzó a quitar las marcas una por una. Cada tanto, volvía a mojarlo en otro inodoro, lo retorcía y continuaba limpiando hasta que todos los espejos quedaron brillantes.
Nunca más aparecieron marcas de labios en los espejos.
Je, je…
Docentes hay muchos. Maestros… no tantos.
