DesUnidos: graves acusaciones entre Michlig y Enrico, dos coroneles radicales de Pullaro que evidencian una fractura interna
La coalición que gobierna Santa Fe tiene su primera grieta visible. No la abrió la oposición ni la presión de Milei sobre las provincias. La abrieron ellos mismos, desde adentro, en el Senado provincial, con micrófono abierto y sin red de contención. El 9 de abril, en medio de lo que debía ser una sesión histórica —la aprobación de la Ley Orgánica de Municipalidades—, el senador Felipe Michlig y el ministro de Obras Públicas Lisandro Enrico se declararon la guerra. Y desde entonces, nadie la apagó.
La chispa: 54 viviendas y un pedido de informes insólito
La ocasión del choque fue un pedido de informe solicitado por Michlig en la última sesión del Senado. Es, como se preocupó por aclarar, la primera solicitud de este estilo que hace «en 28 meses de gestión». Que un senador del oficialismo le pida informes a su propio gobierno no es un gesto menor: es una declaración de guerra con sello parlamentario.
El quid de la cuestión son unas 54 viviendas a medio terminar en San Cristóbal. Forman parte de un lote de 800 cuya construcción el gobierno de Javier Milei paralizó en 2023 y que, hace unos meses, cedió a la Casa Gris para que las finalice. Michlig quería averiguar por qué se finalizaron otras obras y no esa. La pregunta que lanzó al recinto fue tan directa como envenenada: «¿Decide el ministro por quién le gusta más o menos, por quién es del norte o del sur?»
La alfil de Enrico y el contraataque
Así como Michlig es el hombre fuerte de San Cristóbal, Enrico es cacique en General López. Por eso, salió rápidamente a defenderlo Leticia Di Gregorio, senadora de ese departamento. La legisladora sacó a relucir números que mostraban que el territorio de Michlig era más beneficiado que el de Enrico.
La respuesta de Di Gregorio encendió a Michlig. El senador contestó con munición pesada: trató a la retadora de «reemplazo» e hizo alusión a la votación que le permitió a Enrico no renunciar a su banca de senador para asumir al frente del Ministerio de Obras Públicas. «Me arrepiento de haberlo votado», disparó Michlig, que se refirió a Enrico como «ministro o senador». «No sé cómo decirle», explicó.
Esa chicana esconde el trasfondo más explosivo de toda la pelea: Enrico ocupa simultáneamente el Senado —en uso de una licencia que varios consideran inconstitucional— y el ministerio. Para Michlig, ese artilugio tiene un solo objetivo: no perder los fueros. Di Gregorio es la única mujer en una banca del senado, y a ella accedió como suplente de Enrico, quien contra todo antecedente pudo no renunciar al Poder Legislativo y en cambio tomarse licencia para asumir en el Poder Ejecutivo.

Enrico no bajó el perfil. Lo subió
Lejos de apagar el incendio como pedía Pullaro, Enrico salió a responder con la misma dureza. En diálogo con Radio 2, el ministro rechazó de plano las acusaciones: «No veo que haya motivo para semejante descargo o pedido de informes, porque en realidad uno de los departamentos de la provincia donde más nivel de inversión de obras hay es justamente el departamento San Cristóbal».
Y fue por más. Consideró «injusto e irrespetuoso el trato hacia una senadora provincial que quiso hablar», en clara referencia a Di Gregorio, y remató: «Pareciera que no está a la altura de un dirigente provincial».
Una enemistad que viene de lejos
El cruce entre Michlig y Enrico no fue una sorpresa para quienes conocen los entresijos del poder en Santa Fe. Los coroneles de Unidos son enemigos íntimos desde antes de que la alianza desembarque en la Casa Gris.
Antes de asumir, Pullaro repetía que quería «un gabinete de gobernadores». En ese plan, los dos nombres que sobresalían eran los de Enrico y Michlig. Ambos senadores, pesos pesados en la cámara alta, sonaban uno para Gobierno y otro para Obras Públicas. La jugada de tomar licencia sin renunciar fue pensada en principio para ambos. Sin embargo, Michlig rechazó sobre la hora la oferta de sumarse al Ejecutivo. Algo se rompió ahí y nunca se reparó.
En una perspectiva más amplia, podría incluso decirse que al líder del radicalismo en el Senado le crecieron otra vez «radicales del sur» como matas en su cuidado jardín del bloque de la UCR. No es la primera vez: corría 2015 cuando a Michlig le salieron tres radicales del sur en el bloque que comandaba, incluido Enrico. La historia se repite.
Una pelea de casta con fondo electoral
Detrás de las viviendas, las rutas y los pedidos de informes, hay algo más simple y más viejo: dos hombres que quieren el mismo lugar. Ambos son jefes en sus territorios, con una larga trayectoria política en el Senado y una indiscutible ascendencia partidaria en la UCR. Son dos de los coroneles de Unidos de más peso, ambos escuchados por el gobernador —de hecho, los eligió la noche de su victoria electoral para que anuncien los números— y con lógicas aspiraciones a sucederlo.
Michlig acumula décadas en el Estado: llegó a la política a los 21 años como presidente comunal de Ambrosetti y nunca salió de la nómina pública. Enrico, por su parte, es hijo de un dirigente del PDP que terminó aterrizando en el radicalismo de Pullaro: los cargos se heredan como si fueran campos, de padre a hijo, de partido en partido.
Así las cosas, detrás del cruce en la cámara alta se esconde una enemistad que lleva ya meses y que tiene como motor la competencia por ser el hombre fuerte de la UCR detrás del gobernador. «Yo soy el que impulsó este proyecto político que muchos otros usufructuaron una vez que lo ordenamos y promovimos», chicaneó Michlig en la sesión.
Enrico, envuelto además en cuestionamientos por sobreprecios en obra pública —entre ellos la nueva ruta 96, cuyo costo supera al de convertir la ruta 14 en autovía pese a hacer prácticamente el mismo recorrido—, no parece dispuesto a bajar los brazos. Pullaro mira. Y la coalición que construyó cruje.
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