Militan agenda LGBT y asesinatos de homosexuales por Hamás: la contradicción de la UNR
En Humanidades se realizó la proyección “No hay orgullo en el genocidio”, alineada con la campaña Queer Cinema for Palestine. El evento, impulsado desde espacios académicos de la universidad pública, omitió la persecución que sufren las minorías sexuales bajo regímenes islamistas.
La Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) volvió a quedar en el centro de una discusión incómoda: el uso de espacios académicos financiados con recursos públicos para promover una narrativa política proterrorismo islámico, bajo el paraguas cultural de una actividad cinematográfica basada en la agenda LGBT y en contra del Estado de Israel.
El jueves 11 de junio, a las 19, se realizó en la Biblioteca Central de Humanidades y Artes —ubicada en Entre Ríos 758— la proyección de cortometrajes titulada “No hay orgullo en el genocidio”. La propuesta formó parte de la campaña internacional “Queer Cinema for Palestine 2026 – No Pride in Genocide” y fue presentada como un espacio de intercambio y reflexión sobre las producciones exhibidas.
La actividad fue impulsada por el Programa Universitario de Diversidad Sexual (PUDS) de la UNR junto a la Cátedra Libre “Said-Fanon. Acercamientos a las sociedades del Sur Global” (SaFaSur), también vinculada a la Facultad de Humanidades y Artes. Según la convocatoria difundida, la presentación estuvo a cargo de Leticia Rovira, por SaFaSur-UNR, y Didac Terre, por el PUDS-UNR.
El título elegido para la jornada no fue neutral. “No hay orgullo en el genocidio” reproduce una de las consignas más utilizadas por el activismo propalestino internacional para acusar a Israel de cometer un genocidio en Gaza. Sin embargo, esa calificación sigue siendo objeto de debate jurídico y político, y su utilización como verdad cerrada dentro de una universidad pública plantea un problema de fondo, la militancia reemplaza al análisis académico.
La convocatoria no se limitó al PUDS y a SaFaSur. También aparecieron como espacios convocantes el proyecto “Diversidad socio-cultural: identidades y fronteras en Asia y África. Formas de abordaje desde la historia y la antropología”, el Centro de Estudios sobre Diversidad Cultural (CEDCU-UNR), la Cátedra de Historia de Asia y África I de la Escuela de Historia, la Cátedra Sistemas Socio-culturales extra-americanos de la Escuela de Antropología y la Cátedra de Historia de la Filosofía Contemporánea de la Escuela de Filosofía.

La presencia de esas áreas académicas muestra que no se trató de una actividad aislada o marginal, sino de una propuesta articulada desde distintos espacios institucionales de la Facultad. Y ahí aparece una pregunta inevitable: ¿hubo lugar para una mirada plural sobre el conflicto o sólo se reprodujo una consigna política?
La contradicción más fuerte surge del eje elegido: diversidad sexual y Palestina. En Gaza, bajo el control de Hamás, la comunidad LGBT no goza de las libertades que en países como Argentina, o incluso el mismo Israel que demonizan, se dan por sentadas. Las relaciones homosexuales siguen penalizadas por normas heredadas del Mandato Británico, con penas que pueden llegar hasta 10 años de prisión. A eso se suma un clima social atravesado por amenazas, extorsión, violencia familiar, persecución, silenciamiento y hasta ejecuciones públicas. De hecho, Hamás impulsó hace unos años la pena de muerte contra homosexuales. Si bien se practica de manera informal, la instauración formal de esa legislación en Gaza no prosperó debido al constante clima de inestabilidad social.
Ese dato resulta central para evaluar la actividad. Una campaña queer en apoyo a Palestina puede tener impacto simbólico en Rosario, Nueva York o Madrid, pero difícilmente pueda sostenerse con libertad dentro de Gaza. En los territorios gobernados por grupos islamistas, las personas LGBTQ+ suelen vivir ocultas, bajo presión social o directamente forzadas al exilio.
La izquierda universitaria, sin embargo, suele omitir esa realidad. En Occidente exige cupos, protocolos, financiamiento estatal y reconocimiento institucional para cada reclamo identitario. Pero cuando la persecución proviene de sectores islamistas, el mismo progresismo que denuncia “discursos de odio” ante cualquier desacuerdo se vuelve repentinamente prudente, ambiguo o directamente silencioso.
El caso de Mahmoud Eshtewi, comandante de Hamás ejecutado en 2016 tras acusaciones internas que incluyeron supuestas “faltas morales”, expuso crudamente el régimen de control interno de la organización terrorista. Organizaciones de derechos humanos documentaron denuncias de torturas, detención arbitraria y posible ejecución extrajudicial. El episodio reveló que la represión no alcanza sólo a opositores externos, sino también a quienes dentro de la propia estructura son señalados por conductas consideradas inadmisibles.

En la actividad de Humanidades, según la información difundida, no apareció esa dimensión del problema. La consigna se concentró en denunciar a Israel, pero no en interrogar el lugar de Hamás, su matriz islamista, su persecución a minorías, que incluye también a cristianos, o su responsabilidad en el conflicto. Esa omisión no es menor, define el encuadre ideológico del evento.
El planteo pro Israel, defendido hoy por el presidente Javier Milei como parte de una alianza estratégica con Occidente y con el mundo libre, parte de una premisa distinta: Israel es una democracia amenazada por organizaciones terroristas que rechazan su existencia. Puede y debe ser discutida cualquier decisión militar concreta, pero no se puede equiparar a un Estado democrático con un grupo como Hamás.
Ese es el punto que la agenda woke evita. Habla de colonialismo, genocidio, resistencia y opresión, pero rara vez se detiene en los rehenes israelíes, en los civiles asesinados el 7 de octubre, en los túneles bajo zonas urbanas, en los ataques con cohetes contra población civil o en el uso de escuelas, hospitales y barrios como infraestructura de guerra por parte de Hamás.
Armas en el hospital Al Shifa de Gaza
La universidad pública debería ser el lugar para discutir todo eso con rigor. Pero cuando una actividad se organiza bajo una consigna cerrada, con un título moralmente condenatorio y sin contrapesos visibles, el debate se convierte en alineamiento político. Y el riesgo es que la UNR termine funcionando menos como espacio de pensamiento crítico y más como caja de resonancia de causas importadas por el progresismo global.
La situación abre otra discusión, el financiamiento y el uso de recursos públicos. La Facultad de Humanidades y Artes, como parte de la Universidad Nacional de Rosario, es sostenida por contribuyentes de todo el país. Eso obliga a exigir estándares de pluralidad, responsabilidad institucional y honestidad intelectual, sobre todo cuando se abordan conflictos internacionales de enorme sensibilidad.
No se trata de prohibir actividades, ni de impedir que se proyecten cortometrajes, ni de cancelar posiciones críticas hacia Israel, como cualquier Estado democrático y soberano. Se trata de algo más básico, si una universidad pública decide alojar una actividad sobre Palestina, diversidad sexual y derechos humanos, debería incorporar también los datos incómodos sobre Hamás, la persecución a minorías sexuales en Gaza y el antisemitismo que atraviesa a gran parte del activismo antiisraelí.
La línea de Trump y Milei frente a Medio Oriente pone sobre la mesa una definición que incomoda a la izquierda: Occidente debe defender a sus aliados democráticos y no blanquear a organizaciones terroristas por conveniencia ideológica. En ese marco, Israel no es el enemigo del mundo libre. Hamás sí lo es.
La actividad “No hay orgullo en el genocidio” dejó una postal nítida de época. Una universidad pública argentina, una campaña queer internacional, una consigna contra Israel y una omisión casi absoluta sobre la realidad de las minorías sexuales bajo el islamismo radical. La contradicción es demasiado grande como para pasar inadvertida.
Porque si la defensa de la diversidad sólo vale cuando sirve para atacar a Occidente, entonces no es defensa de la diversidad, es militancia selectiva. Y si el pensamiento crítico sólo se activa contra Israel, pero se apaga frente a Hamás, entonces no es pensamiento crítico: es propaganda.
