El régimen de Irán a punto de caer a pesar de reprimir a muerte a su propia población

Irán atraviesa su semana más caliente desde 2022: protestas en decenas de ciudades por el derrumbe económico y la crisis de servicios, con al menos 16 muertos por la represión. El régimen endurece el puño —Khamenei ordena “cero tolerancia”— y recorta Internet para tapar el abuso, mientras mujeres desafían el hiyab obligatorio y crecen versiones de fuga en la cúpula si la calle no afloja.

Irán protest

Irán atraviesa, otra vez, una semana que condensa todo lo que el régimen intenta ocultar: crisis económica, escasez de servicios básicos, protesta social y una represión que se vuelve más brutal cuanto más se expande la rebelión. Lo que empezó a fines de diciembre como un estallido por el derrumbe del rial y el aumento del costo de vida —con comerciantes y bazares entre los primeros focos— se transformó rápidamente en un desafío político abierto, con consignas contra la cúpula clerical y manifestaciones que, según organizaciones de derechos humanos citadas por medios internacionales, ya se extendieron a decenas de ciudades (al menos 78) y centenares de puntos del país.

Las cifras de víctimas cambian según la fuente y el hermetismo oficial. Pero incluso tomando los números más “conservadores” dentro de lo reportado, la represión dejó al menos 16 muertos en una semana, con cientos de arrestos; otras mediciones elevan el saldo a 20 o más y alertan sobre un uso “indiscriminado” de fuerza letal, incluyendo menores. La historia de un manifestante de 22 años, abatido por disparos de fuerzas de seguridad en Lorestán —y cuyo cuerpo, según familiares, no habría sido entregado de inmediato— se volvió símbolo del método: disparar primero, controlar el relato después.

La población iraní se arriesga a ser asesinada por la guardia del régimen

El propio líder supremo, Alí Khamenei, endureció el discurso en pleno desarrollo de las protestas: admitió el malestar por la situación económica, pero trazó una línea entre quienes “protestan” y quienes considera “alborotadores”, a los que directamente dijo que hay que “poner en su sitio”. En regímenes de este tipo, esa frase no es retórica: es luz verde para la policía, las milicias y los servicios de seguridad.

En las calles, el desafío tiene un componente que el régimen teme más que cualquier consigna: las mujeres. La protesta actual se nutre del antecedente inmediato de la consigna “Mujer, vida, libertad” y del rechazo frontal al control social, cultural y político que impone la teocracia.Y aunque en un país cerrado es difícil verificar cada video en tiempo real, lo que circula y se repite —en Irán y en el exterior— es una imagen de desafío: mujeres quitándose el velo en público y gestos simbólicos contra la obligatoriedad del hiyab, un tema que ya funcionó como chispa en protestas masivas previas.

Ahí está el núcleo del problema: en Irán no se discute “una prenda”, se discute el derecho a existir sin tutela estatal-religiosa. El marco legal de la República Islámica impone el uso obligatorio del velo y prevé castigos (multas, prisión y otras penas) para quienes lo desafían; además, el Estado ha prometido perseguir judicialmente a quienes promuevan quitarse el velo, reforzando un clima donde la mujer queda expuesta no solo al castigo oficial, sino también al hostigamiento social y a la violencia amparada por la impunidad de hecho.

Cuando ese desafío crece, el régimen hace lo que siempre hizo: apagar la ventana al mundo. En los últimos días, el acceso a Internet fue restringido y mediciones técnicas registraron una caída importante en la conectividad nacional, con temor a un “aislamiento digital” completo como el aplicado en crisis anteriores. La lógica es transparente: si no hay señal, no hay evidencia; si no hay evidencia, no hay costo internacional inmediato; si no hay costo, la represión se vuelve más barata.

El detonante inmediato fue económico, pero el trasfondo es estructural. Irán llega a este estallido con inflación alta, moneda desplomada y un Estado que durante el último año no pudo garantizar agua y electricidad de manera estable en varias regiones. A eso se suma un factor que se repite en los ciclos de protesta: la crisis hídrica y la sequía, que empuja migración interna, agrava desigualdades y funciona como combustible social cuando la economía se quiebra.

En el plano internacional, el episodio ya no se observa solo como “un conflicto interno”. Estados Unidos elevó el tono: Donald Trump advirtió públicamente que, si el régimen incrementa la matanza o la represión contra manifestantes, podría responder con acciones no especificadas. Teherán contestó con amenazas y con el libreto habitual: culpar a “enemigos externos” por la protesta doméstica. En paralelo, y como síntoma de nerviosismo en la cúpula, en las últimas horas circuló incluso un reporte —atribuido a un informe de inteligencia citado por prensa internacional— según el cual Khamenei tendría un “plan de escape” hacia Moscú si el control interno se resquebraja; es un dato imposible de confirmar de forma independiente, pero su difusión retrata el clima: el régimen también imagina escenarios de fuga.

Lo que ocurre en Irán no es una “protesta más”. Es un capítulo de una disputa profunda: la sociedad contra una teocracia que gobierna con censura, miedo y castigo. Y mientras ciertos sectores de la izquierda internacional prefieren hablar de “injerencia” antes que de represión —porque en el fondo toleran cualquier cosa si el poder se pinta de socialismo—, las calles iraníes vuelven a recordar una verdad básica: cuando un régimen necesita apagar Internet para sostenerse, es porque ya no le alcanza con la propaganda.

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