Cuando Argentina decidió salir de Egipto: Shmot, Milei y la remontada que pareció un mensaje
Argentina perdía 2-0, Messi había fallado un penal y la eliminación parecía sellada. Pero antes de la remontada ocurrió algo decisivo: el equipo decidió seguir creyendo cuando todavía no había una sola prueba de que pudiera salvarse. La secuencia —Romero, Messi, Paredes y Enzo— dialoga de manera inquietante con Shmot, el libro del Éxodo que Javier Milei viene citando para hablar de libertad, en una Argentina alineada con Israel y frente al Egipto de Hossam Hassan, que días antes había celebrado con una bandera palestina. ¿Simple fútbol o una historia donde los símbolos parecen ordenarse para decir algo más?
Durante miles de años, el pueblo judío volvió a contar una misma historia. No porque ignorara su final, sino precisamente porque la tradición entendió que la salida de Egipto no debía quedar encerrada en el pasado. La Mishná enseña que, en cada generación, una persona debe verse a sí misma como si ella misma hubiera salido de Egipto. Esa idea, incorporada al corazón de Pesaj, convierte al Éxodo en algo más que el recuerdo de un hecho antiguo: cada época debe volver a preguntarse cuál es su sometimiento, quién ocupa el lugar del faraón y qué mar parece imposible atravesar.
Ésa es la clave para leer lo ocurrido entre Argentina y Egipto.
No se trata de afirmar que un partido de fútbol reproduce literalmente la Torá, ni que los jugadores egipcios sean el ejército del faraón. Tampoco de declarar que Dios eligió un resultado deportivo. La comparación es simbólica, espiritual y política. Pero pocas veces una secuencia moderna pareció acomodarse con tanta precisión dentro de un relato tan antiguo.
El contexto, además, ya estaba cargado antes del primer silbato. Hossam Hassan había celebrado la clasificación egipcia ante Australia levantando una bandera palestina y acercándose a un clima de cánticos de “Free Palestine”; después dedicó públicamente aquella victoria a egipcios y palestinos.
Del otro lado aparecía una Argentina gobernada por Javier Milei, que no sólo convirtió a Israel en uno de los aliados centrales de su política exterior, sino que viene incorporando públicamente la Torá y la salida de Egipto a su propia concepción de la libertad. En marzo de 2026 relacionó expresamente el mandamiento presentado en la Torá con el Dios que “sacó de Egipto”; en mayo volvió sobre la salida de Egipto al explicar Shavuot; y en abril definió el vínculo argentino-israelí como una unión “moral, espiritual y política”.

No era, entonces, un cruce vacío de símbolos.
De un lado, un entrenador egipcio que había elegido convertir la causa palestina en parte pública de su celebración. Del otro, la Selección de un país cuyo Presidente habla de la Torá, reivindica la tradición judeocristiana, se alinea abiertamente con Israel y construyó su llegada al poder alrededor de una idea esencial: la sociedad puede desprenderse de quienes durante años se presentaron como sus dueños inevitables.
Y entonces comenzó el partido.
1. El 0-1: cuando el sometimiento parece el orden natural de las cosas
Shmot comienza mucho antes de la apertura del mar. Comienza con un pueblo que vive dentro de un sistema de sometimiento tan consolidado que parece formar parte del paisaje. El faraón concentra el poder, los israelitas trabajan bajo ese orden y la dominación ya no necesita explicarse cada mañana: simplemente existe. El mundo está organizado de esa manera y, desde dentro, imaginar otra realidad parece casi imposible.
Todo poder prolongado busca producir esa sensación. No alcanza con gobernar; necesita convencer al sometido de que fuera de su estructura no existe vida posible.
La Argentina conoció durante décadas una versión moderna de esa resignación. Partidos que aparentaban enfrentarse pero compartían privilegios, corporaciones con capacidad de condicionar gobiernos, empresarios dependientes de favores públicos, sindicalistas eternizados, inflación convertida en costumbre, intermediarios que necesitaban un ciudadano dependiente y un círculo rojo que se presentaba como propietario natural del país. La sociedad podía elegir nombres, pero demasiadas veces parecía obligada a permanecer dentro del mismo perímetro.
Milei irrumpió diciendo algo elemental y, precisamente por eso, revolucionario: se puede salir.

No prometió una salida sin desierto ni dificultades. Su discurso fue otro: el individuo no pertenece al Estado, el ciudadano no necesita un tutor permanente y las estructuras que viven de su dependencia no tienen un derecho eterno a administrarlo. Su propia lectura pública de la Torá enlaza la libertad con la salida de Egipto, por lo que el paralelismo no nace después del partido como un artificio literario: el Presidente ya venía recurriendo a esa matriz antes de que Argentina enfrentara a Egipto.
En Atlanta, el primer gol egipcio colocó a la Selección dentro de una escena parecida en términos simbólicos. El rival había impuesto las condiciones. Argentina estaba abajo y el partido empezaba a adquirir dueño.
El faraón mandaba.
Todavía nadie veía el camino.
2. El penal de Messi: la primera esperanza aparece y se derrumba
Pero casi inmediatamente apareció una oportunidad.
Argentina recibió un penal y Lionel Messi tomó la pelota. Durante unos segundos, el sometimiento pareció poder romperse con un solo golpe. El empate estaba allí, a una ejecución de distancia. El capitán enfrentó al arquero y falló.
La cronología es importante porque toda historia de liberación sería demasiado sencilla si bastara con desear la libertad para obtenerla. El partido argentino estuvo atravesado por esa primera experiencia dolorosa: creer, ver una puerta y comprobar que se cerraba.
En Shmot, la salida tampoco avanza como una línea recta. Moisés enfrenta al faraón, el poder resiste, parece ceder y vuelve a endurecerse. La libertad aparece como posibilidad y luego se aleja. El sometido aprende rápidamente que desear salir no significa que el dueño vaya a abrirle la puerta.

Algo semejante ocurre con las sociedades cuando intentan romper un sistema viejo. La Argentina eligió a Milei y con ello tomó una decisión política profunda, pero elegir la salida no significó despertar al día siguiente fuera de Egipto. Aparecieron las dudas, las resistencias, los costos, los errores, la presión de quienes habían vivido del orden anterior y la nostalgia de quienes descubrieron que la libertad también exige responsabilidad.
El penal de Messi condensó esa experiencia en pocos segundos. La esperanza no fracasó porque hubiera sido falsa; fracasó porque todavía no había llegado el momento de la salida.
Y tal vez allí apareció la primera gran prueba: ¿qué hace un hombre después de fallar cuando todo el mundo esperaba que salvara al equipo?
La respuesta se conocería más tarde.
Messi siguió pidiendo la pelota.
3. El gol anulado y el 0-2: cuando el faraón parece retroceder y vuelve a golpear
La siguiente secuencia fue todavía más cruel.
Egipto volvió a convertir. El segundo gol parecía acercar el final, pero fue anulado. Durante unos minutos Argentina respiró. No había empatado, ni siquiera había mejorado el marcador, pero había sobrevivido al golpe que parecía definitivo.
De repente regresó una intuición: quizá todavía existiera tiempo.
Y entonces Egipto marcó el 2-0 válido.
La remontada posterior hizo que esa secuencia pareciera apenas un antecedente, pero narrativamente es central. Porque Argentina no llegó a su peor momento sin haber probado antes una pequeña esperanza. Primero creyó salvarse. Después recibió el golpe real.
La cobertura del partido registró la ventaja egipcia de dos goles y la reacción argentina desde el minuto 79, cuando Romero inició una remontada que completaron Messi y Enzo Fernández.
En Shmot, el faraón tampoco se limita a decir “no” una única vez. Su resistencia se vuelve recurrente. La posibilidad de salida aparece y el poder vuelve a cerrarla. Incluso después de que el pueblo finalmente parte, el faraón cambia de decisión y lo persigue. El viejo amo no soporta fácilmente descubrir que quienes dependían de él pueden vivir sin su tutela. El propio capítulo 14 presenta esa persecución y el terror de los israelitas al ver que Egipto vuelve detrás de ellos.

Ése es también uno de los puntos más profundos del paralelo político argentino. Votar una ruptura no elimina a quienes se beneficiaban del sistema anterior. Los intereses sobreviven a las elecciones. Se reorganizan, esperan, presionan y procuran demostrar que la salida fue un error.
Milei pudo ganar una elección, pero eso no significó que desaparecieran los partidos tradicionales, las corporaciones, la burocracia, los empresarios prebendarios o los aparatos acostumbrados a negociar el destino del país. Como en toda salida, apareció después la tentación de mirar hacia atrás y preguntarse si realmente valía la pena continuar.
A los 77 minutos, Argentina estaba exactamente en ese lugar emocional.
Había recibido una oportunidad y Messi había fallado.
Había creído sobrevivir con el gol egipcio anulado.
Y después había caído el 0-2.
Ya no quedaban demasiadas razones para creer.
Y justamente entonces comenzó el verdadero éxodo.
4. La decisión de salir: Argentina creyó antes de tener pruebas
Éste es el momento más importante de toda la historia.
No el gol de Cuti.
No el empate de Messi.
No el cabezazo de Enzo.
El momento anterior.
Porque la salida de Egipto no comienza cuando el mar ya está abierto y el camino resulta evidente. Comienza cuando se abandona la condición anterior sin tener todavía resuelto el destino. El pueblo parte antes de saber cómo atravesará cada obstáculo; más tarde, frente al mar, descubrirá incluso el miedo de haber elegido la libertad.
En el partido ocurrió algo extraordinariamente parecido. Argentina perdía 2-0, faltaba muy poco y no existía una sola prueba objetiva de que pudiera remontar. Messi había fallado el penal. Egipto había resistido. El reloj corría.
Pero los protagonistas contaron después que, durante la pausa de hidratación, el cuerpo técnico insistió en ir hasta el final con lo que quedara. Lautaro Martínez relató ese mensaje y Julián Álvarez recordó que la consigna fue no dejar de creer. No es una interpretación que nosotros agregamos desde afuera: el propio plantel ubicó la decisión mental antes de la remontada.
Allí comenzó la salida.
Argentina decidió avanzar cuando todavía no veía el camino.
Y acaso ése sea el punto en que el triple paralelismo alcanza su mayor fuerza.
En Shmot, un pueblo debe abandonar la estructura del faraón antes de recibir todas las garantías.
En la Argentina contemporánea, una sociedad eligió a Milei cuando casi todo el sistema político, mediático y corporativo tradicional advertía que una ruptura semejante era inviable, peligrosa o directamente imposible. La gente no votó después de ver el resultado; votó antes. Eligió abandonar a sus viejos tutores sin conocer exactamente cómo sería el trayecto.
Y en Atlanta, la Selección empezó a ir hacia adelante sin saber que once minutos después estaría clasificada.

Ésa es la diferencia entre esperar un milagro y comenzar un éxodo.
La verdadera salida argentina no empezó cuando Cuti convirtió. Empezó unos minutos antes, cuando el equipo decidió comportarse como si la derrota no fuera una orden.
Ahí está también una de las claves de Milei. Su mensaje más profundo nunca fue solamente económico. Fue psicológico: un país acostumbrado a creer que necesitaba dueños debía empezar por imaginar que podía vivir sin ellos.
Por eso el paralelismo resulta tan natural. La sociedad argentina eligió salir antes de tener garantías. La Selección eligió seguir antes de tener goles. El pueblo de Shmot abandona Egipto antes de ver abierto el mar.
La libertad, en los tres planos, comienza en una decisión interior.
5. Cuti Romero y el 1-2: la primera señal de que la pared puede moverse
Después llegó Cristian Romero.
A los 79 minutos, Argentina descontó. El resultado seguía siendo insuficiente, Egipto continuaba clasificándose y el reloj permanecía del lado rival. Pero el gol produjo algo que no puede medirse únicamente con el marcador.
Por primera vez, lo que parecía inmóvil se movió.
Shmot relata que, antes del cruce, el mar es empujado por un fuerte viento y las aguas retroceden hasta que aparece el paso. El pueblo todavía no llegó a la otra orilla. Ni siquiera completó la travesía. Pero la realidad que parecía cerrada empieza a transformarse.
El gol de Romero fue ese primer movimiento.

Hasta entonces, Argentina sólo tenía una decisión: seguir. A partir del 1-2 tuvo también una señal.
El mar todavía no era camino, pero ya no era una pared perfectamente inmóvil.
Y aquí vuelve a aparecer el paralelo con la sociedad argentina. Todo proceso de ruptura necesita un primer momento en que aquello presentado como eterno demuestra que puede cambiar. No es la llegada. No significa que todos los problemas estén resueltos. Es apenas la comprobación de que el viejo orden no era una ley natural.
Milei construyó su proyecto prometiendo hacer de Argentina un país más libre y vinculó explícitamente esa defensa de la libertad con valores judeocristianos y referencias a la salida de Egipto.

En esa lectura, los primeros resultados favorables de una transformación no son “la tierra prometida”. Son la primera grieta en una estructura que durante años afirmó que no podía tocarse.
Eso fue Cuti.
La primera prueba de que la pared podía moverse.
Y una vez que una sociedad descubre que el muro no era eterno, resulta muy difícil obligarla a volver a creer en su eternidad.
6. Messi y el 2-2: cuando la esperanza deja de ser fe y se convierte en camino
Cuatro minutos después apareció Messi.
Y la historia se volvió todavía más perfecta.
El mismo hombre que había fallado el penal fue quien marcó el empate. Quien había encarnado la primera esperanza frustrada se negó a desaparecer del partido y terminó convirtiendo la esperanza en una realidad visible.
Con el 1-2 todavía había que creer.
Con el 2-2 ya podía verse.
Argentina había regresado.

En Shmot, existe precisamente ese cambio de estado. Primero está la promesa de salida; después el viento comienza a actuar; finalmente, donde antes sólo había agua, aparece tierra seca y el pueblo ingresa al paso. El mar ya no es únicamente un objeto de fe: existe un camino concreto frente a los ojos.
El empate de Messi fue ese momento.
La esperanza dejó de ser una intuición.
Y aquí aparece una confirmación extraordinaria en las palabras posteriores de los protagonistas. Scaloni terminó profundamente emocionado y lloró después de la remontada. Nunca sintió que el partido estuviera definitivamente perdido y que, aun con el 0-2, percibía que Argentina podía encontrar una oportunidad. Su reflexión final fue todavía más significativa: este equipo le transmite que no deja de creer incluso cuando todo se vuelve adverso.
No era un comentarista inventando épica después del hecho.
Era Lionel Scaloni, campeón del mundo, describiendo cuál había sido para él el valor esencial de aquella noche.
Los jugadores repitieron la misma idea. Enzo Fernández habló de un grupo que nunca se da por vencido; Lautaro destacó carácter, humildad y sacrificio; Julián recordó la consigna de seguir creyendo.
Todo convergía en el mismo punto.
Messi había errado.
Argentina estaba 0-2.
Y siguió pidiendo la pelota.
Eso es, quizás, lo más importante de la escena. La libertad no pertenece al hombre que nunca falla, sino al que se niega a convertir su fracaso en una identidad definitiva.
En la Argentina política, el paralelo vuelve a surgir. Una sociedad puede elegir cambiar y después equivocarse, sufrir, dudar o encontrarse con dificultades imprevistas. El viejo sistema utilizará cada caída para repetirle que nunca debió intentar salir.

La pregunta es qué hace después.
Milei convirtió la ruptura con la resignación en uno de los núcleos de su identidad política. Y no parece casual que el Presidente argentino que más públicamente se aproximó a la Torá sea también quien insiste en presentar la libertad como una decisión previa al resultado.
Messi, sin proponérselo, representó esa misma idea.
Falló.
Volvió.
Pidió otra vez la pelota.
Y abrió el camino.
7. Paredes contra tres: la columna se coloca detrás
Pero un camino abierto no significa que el peligro haya terminado.
Argentina acababa de empatar y todavía era vulnerable. Entonces Egipto salió de contra. La escena fue brutal: tres atacantes contra un solo argentino. Si la jugada terminaba en gol, toda la remontada podía morir allí.
Atrás estaba Leandro Paredes.
Las crónicas destacaron aquella situación de tres contra uno y el quite que sostuvo a Argentina con vida; el propio mediocampista contó después que en el momento no había dimensionado la importancia de la acción. También afirmó que el equipo nunca se había sentido eliminado y nunca había dejado de creer ni de pelear.
Y acá Shmot ofrece uno de los paralelismos más extraordinarios de toda la secuencia.
En el capítulo 14, cuando el pueblo está expuesto y los egipcios continúan detrás, el mensajero de Dios y la columna de nube que iban delante cambian de posición y se colocan detrás, entre el campamento de Israel y las fuerzas egipcias. La protección abandona la vanguardia y se interpone justo donde el pueblo es más vulnerable.

En Atlanta, Leandro Paredes quedó exactamente allí.
Atrás.
Solo.
Entre tres egipcios y la supervivencia argentina.
Extendió la pierna, cortó la jugada y sostuvo abierto el paso.
No hace falta exagerar la coincidencia. Es suficientemente poderosa por sí misma. En Shmot, la protección se coloca detrás como barrera. En el partido, el hombre que quedó atrás para convertirse en barrera llevaba por apellido Paredes.
La literatura no podría haber elegido un nombre mejor.
Y el paralelo político vuelve a aparecer porque todo proceso de salida necesita algo más que entusiasmo. Necesita defender el camino cuando el viejo poder regresa. Una sociedad puede decidir ser libre, puede ver una primera señal y puede incluso descubrir una alternativa concreta, pero todavía debe proteger su transformación frente a quienes desean restaurar la dependencia.
La libertad no se conserva sola.
El cruce es vulnerable.
Paredes fue, durante unos segundos, la representación perfecta de esa idea.
8. Enzo Fernández y el 3-2: llegar a la otra orilla
Después llegó la jugada final.
Argentina había decidido avanzar antes de tener pruebas. Romero había movido por primera vez la pared. Messi había transformado la esperanza en un camino visible. Paredes había protegido el cruce cuando Egipto parecía capaz de destruirlo.
Faltaba llegar.
Lautaro Martínez lanzó el centro y Enzo Fernández apareció para marcar el 3-2 en tiempo agregado: Romero a los 79, Messi a los 83 y Enzo en el descuento para completar una victoria que parecía imposible once minutos antes.
Ésa fue la otra orilla.
Y las palabras posteriores vuelven a darle sentido al paralelismo. Enzo agradeció a Dios por vivir ese momento y definió al plantel como un grupo que nunca se da por vencido. Lautaro explicó que, durante la pausa, el mensaje había sido ir hasta el final con lo que tuvieran. Paredes sostuvo que nunca se sintieron afuera.
Scaloni lloró.

No un entrenador sin experiencia ni un hombre deslumbrado por su primera gran victoria. Lloró un campeón del mundo. Un técnico que ya había vivido la cima y que, sin embargo, consideró aquella jornada una de esas experiencias capaces de explicar por qué un exfutbolista decide convertirse en entrenador. Lo que más destacó no fue una táctica secreta ni una genialidad propia, sino la capacidad de su equipo para seguir creyendo cuando todo estaba en contra.
Ahí, quizá, se encuentra el verdadero sentido de toda esta historia.
Porque el 3-2 no nació en el minuto del gol.
Nació antes.
Nació cuando un grupo que estaba perdiendo decidió no aceptar que la derrota fuera una orden.
Una Argentina todavía dentro del cruce
Tal vez por eso el vínculo con Milei resulte más profundo de lo que parece.
No se trata de convertir al Presidente en Moisés ni de transformar una elección democrática en un episodio bíblico. Sería una comparación infantil. La conexión es otra: Milei representa políticamente la decisión de salir antes de tener garantías.
La sociedad argentina lo eligió después de décadas de inflación, frustración, corrupción, privilegios y un sistema político que parecía capaz de absorber cualquier intento de cambio. Lo votó contra buena parte de la dirigencia tradicional, contra sectores del círculo rojo y contra estructuras que llevaban años administrando el país como si fueran sus propietarios naturales.
Pero votar a Milei no significó llegar a la otra orilla.
Significó salir.
Después aparecieron —y seguirán apareciendo— las dudas, los costos, las resistencias, las discusiones y la tentación de regresar a la seguridad conocida. Esa parte también está en Shmot. El pueblo liberado no se convierte instantáneamente en una comunidad sin miedo. Frente al peligro llega incluso a cuestionar la salida y a recordar Egipto.

La Argentina actual todavía atraviesa su propio paso. Esa es una interpretación política, no una profecía. Pero resulta difícil ignorar que el Presidente que propone romper con el Estado tutor es también quien viene introduciendo en el debate argentino una tradición que, en Pesaj, obliga a cada generación a verse saliendo nuevamente de Egipto.
No parece casual el alineamiento de ideas.
Libertad frente a dependencia.
Responsabilidad frente a tutela.
Individuo frente a poder absoluto.
Ley por encima del gobernante.
Salida frente a resignación.
El viejo mundo y los nuevos faraones
Es aquí donde también debe entenderse el contraste con Hossam Hassan y su gesto pro palestino.
No se trata de negar el sufrimiento de civiles palestinos. Tampoco de convertir a cada musulmán en enemigo ni de afirmar, sin pruebas, que el técnico egipcio adhiera a Hamas o a una teocracia. Hassan expresó públicamente solidaridad con Palestina; eso es lo comprobable.
La discusión más profunda es sobre qué proyectos se esconden a veces detrás de ciertas banderas políticas.
La causa palestina puede expresar una demanda humanitaria legítima, pero también ha sido instrumentalizada por corrientes islamistas autoritarias que presentan la palabra “liberación” mientras rechazan el derecho del otro a existir, subordinan al individuo a la autoridad religiosa y defienden modelos incompatibles con libertades que Occidente tardó siglos en conquistar.

El problema no es una persona por ser musulmana.
El problema es toda estructura teocrática que pretende imponer una verdad por la fuerza; todo orden que somete a la mujer, persigue la diversidad sexual, castiga al disidente o convierte al gobernante y a la autoridad religiosa en dueños de la conciencia individual.
Ése es el viejo mundo.
Y no pertenece exclusivamente al islam. Occidente también conoció socialismo, inquisiciones, dictaduras, totalitarismos y fanatismos propios. La diferencia decisiva está entre quienes aceptan que el otro pueda existir y quienes necesitan someterlo.

En esa lectura, el faraón es siempre el mismo aunque cambie de nombre: el poder que necesita súbditos, que teme a la libertad y que presenta la dependencia como protección.
Por eso el contraste simbólico del partido resultó inevitable.
Hassan había levantado la bandera palestina.
Milei había llevado la Torá y la alianza con Israel al centro de su identidad pública.

Uno terminó el partido furioso, denunciando injusticia arbitral y anunciando que no seguiría viendo el Mundial; culpando a los demás, no haciéndose cargo. La culpa es la existencia de los otros, nunca de sus propios actos. Como el socialismo culpando al capitalismo. Como los musulmanes culpando a los infieles.
Del otro lado, Scaloni lloraba mientras hablaba de un equipo que jamás había dejado de creer.
No es una prueba teológica.
Pero como símbolo, es extraordinario.
¿Un mensaje divino?
Nadie puede demostrar que Dios decidió un partido.
Sería arrogante afirmarlo.
Tampoco puede asegurarse que la Argentina de Milei vaya a triunfar inevitablemente porque su Presidente se acerque a la Torá o porque su proyecto se presente como moralmente superior. La historia está llena de hombres buenos que perdieron, pueblos libres que fueron derrotados y causas justas que atravesaron tragedias.
Pero quizá ésa no sea la verdadera enseñanza de Shmot.
Quizá el mensaje no sea que quien se considera bueno recibe automáticamente una victoria.
Quizá sea algo más exigente.
Que el sometimiento parece eterno hasta que alguien decide dejar de aceptarlo.
Que la libertad comienza antes de que aparezcan resultados.
Que después de la primera decisión llegan las dudas.
Que el viejo amo regresa.
Que el camino no siempre se ve desde el comienzo.
Que hay que avanzar.
Y que, a veces, sólo quien se mueve descubre que aquello que parecía una pared podía abrirse.
La propia tradición de Pesaj obliga a cada generación a verse saliendo de Egipto. No a contemplar desde lejos a otros hombres que fueron libres hace miles de años, sino a preguntarse por su propio faraón y su propia salida.
Tal vez por eso aquella tarde pareció contener algo más que fútbol.
Argentina comenzó sometida por el resultado.
Tuvo una primera esperanza y Messi falló el penal.
Creyó sobrevivir cuando un gol egipcio fue anulado.
Recibió después el 0-2 y volvió a quedar frente a la desesperanza.
Entonces tomó la decisión más importante: seguir creyendo antes de tener pruebas.
Cuti Romero movió por primera vez la pared.
Messi, el mismo que había fallado, hizo visible el camino.
Paredes quedó atrás y sostuvo el cruce frente a tres egipcios.
Lautaro puso el centro.
Enzo llegó a la otra orilla.
Y Scaloni lloró.
Quizá porque un campeón del mundo entiende mejor que nadie que las grandes victorias no empiezan con el gol final. Empiezan mucho antes, en ese instante invisible en que un hombre o un pueblo decide que no aceptará para siempre el destino que otro había escrito para él.
La Argentina de Milei también está en ese proceso.
Eligió salir.
No llegó todavía.
Tiene dudas.
Tiene errores.
Tiene resistencias.
Tiene detrás a quienes añoran el viejo orden y delante un camino que todavía no está completamente resuelto.
Pero eligió caminar.
Y tal vez ése sea el verdadero motivo por el cual el acercamiento de Milei a la Torá resulta mucho más profundo que una curiosidad religiosa. En un país culturalmente distante de la tradición judía, el Presidente comenzó a hablar de un relato que enseña desde hace milenios que la libertad no aparece cuando el amo concede permiso, sino cuando el sometido deja de considerarlo dueño de su destino. Sus propias intervenciones públicas conectan la salida de Egipto, la Torá y la libertad.
¿Está naciendo una nueva era?
¿Puede la Argentina convertirse en pionera de un movimiento global de sociedades que comiencen a desprenderse de sus nuevos faraones, sus burocracias, sus élites eternizadas y sus estructuras de dependencia?
No lo sabemos.
Tal vez todo sea una coincidencia.
Tal vez haya sido solamente fútbol.
Pero hay momentos en los que los símbolos se ordenan con una precisión difícil de ignorar.
Un Presidente argentino que estudia y divulga la Torá.
Una sociedad que decidió desafiar a sus viejos tutores.
Un país alineado con Israel.
Un técnico egipcio que levantó la bandera palestina antes del cruce.
Un 0-2.
Un penal fallado.
Una esperanza que nació y murió más de una vez.
Una Selección que decidió avanzar cuando todavía no tenía razones para creer.
Romero moviendo la pared.
Messi encontrando el camino.
Paredes protegiendo el cruce.
Enzo llegando al otro lado.
Tal vez el mensaje no sea que alguien vendrá a salvarnos.
Tal vez sea exactamente el contrario.
Que hay momentos en los que Dios, la historia, la conciencia —cada uno elegirá el nombre— no muestran primero la salida para que recién después avancemos.
A veces exigen que avancemos para descubrirla.
Y quizá la Argentina, por primera vez en mucho tiempo, haya decidido caminar.
