74 latigazos por cantar sin velo: el calvario de una artista en Irán y el silencio cómplice del falso feminismo «woke»
El régimen terrorista islámico condenó a la cantante Parastoo Ahmadi a ser azotada brutalmente y le prohibió salir del país por un show en YouTube. Mientras las mujeres iraníes arriesgan su vida, la izquierda latinoamericana y las divas pop del «empoderamiento» miran hacia otro lado, demostrando una doble moral que indigna.
El horror tiene nombre, apellido y una condena medieval que parece sacada de los capítulos más oscuros de la historia, pero que es la cruda y brutal realidad del Medio Oriente. La Justicia del régimen terrorista islámico de Irán acaba de confirmar una sentencia atroz: 74 latigazos contra la cantante Parastoo Ahmadi. ¿Su «delito»? Haber difundido en la plataforma YouTube la grabación de un concierto en el que apareció cantando sin el hiyab, el velo islámico obligatorio que subyuga a las mujeres bajo el férreo yugo de los ayatolás.
La Sala 16 del Tribunal de Apelación de la provincia de Qom desestimó los recursos de la defensa y dejó firme el fallo dictado originalmente en junio. Pero la barbarie institucionalizada no termina en la tortura física de los azotes. Ahmadi fue condenada además a dos años de prohibición absoluta para ejercer cualquier actividad artística y a otros dos años de impedimento para salir del país. La furia del Estado teocrático no solo cayó sobre ella: cuatro músicos hombres y otras cuatro personas vinculadas a la producción del espectáculo recibieron exactamente las mismas penas. Un escarmiento colectivo diseñado para aterrar a cualquiera que se atreva a desafiar la opresión.
El expediente que arruinó la vida de estos artistas comenzó tras la publicación de un video de 27 minutos, grabado en el caravasar histórico de Deir Gachin. Allí, Ahmadi vestía un sobrio vestido negro, con los hombros descubiertos, e interpretaba himnos patrióticos acompañada de músicos varones. Para la fiscalía iraní, esto fue prueba suficiente para procesarla bajo el Artículo 638 del Código Penal Islámico y el Artículo 743 de la Ley de Delitos Informáticos, acusándola de producir contenidos «vulgares, inmorales y ofensivos para la decencia pública».
El silencio de la izquierda «woke» y el feminismo selectivo
Ante semejante atropello a los derechos humanos fundamentales, la pregunta cae por su propio peso en Occidente: ¿Dónde están las feministas?
La izquierda argentina y latinoamericana, autoproclamada defensora monopólica de los derechos de las minorías, exhibe frente al caso de Parastoo Ahmadi una hipocresía que indigna profundamente. Esta misma progresía «woke», que se rasga las vestiduras denunciando el «micromachismo» y el «patriarcado occidental» en democracias liberales plenas, es la que sistemáticamente marcha abrazada a consignas pro-islam y defiende políticas de inmigración descontrolada, minimizando el impacto de importar estas mismas ideologías extremistas a los países libres.
Existe una ceguera voluntaria e ideológica en estos sectores progresistas. Prefieren demonizar a sus propias naciones mientras romantizan, excusan o directamente se alían con regímenes teocráticos donde ser mujer es, literalmente, un peligro de muerte. En Irán, cantar en público ante una audiencia mixta es un crimen penado por la ley; mostrar el cabello es un pase directo a los calabozos y a la tortura. Sin embargo, los ministerios de la mujer, los colectivos disidentes y las organizaciones de derechos humanos alineadas con la izquierda prefieren mirar hacia otro lado. Denunciar al régimen de Irán no encaja en su conveniente narrativa anticapitalista.
La doble vara de la industria pop: Lali y el «feminismo de cabotaje»

La doble moral del «feminismo de cabotaje» queda al desnudo en figuras como Lali Espósito y otras divas internacionales de la industria pop. En Argentina y en los escenarios de Occidente, estas artistas facturan millones montando espectáculos donde se erigen como el epítome de la «mujer empoderada», rodeadas de gigantescos elencos de bailarines LGBTQ+, levantando las banderas de la diversidad y predicando una supuesta rebeldía contra el sistema opresor.
Sin embargo, esa rebeldía es de plástico y se termina en la sala de embarque de Ezeiza. Las mismas artistas que gritan al micrófono «mi cuerpo, mi decisión» en los estadios de Buenos Aires o Madrid, son las primeras en acatar sumisamente las reglas de regímenes profundamente misóginos, poniéndose el velo, cubriéndose con el burka o tapándose de pies a cabeza sin emitir una sola queja.
Es un feminismo mercantilista y de pose: valiente y contestatario donde no hay absolutamente ningún riesgo, pero sumamente dócil y obediente ante los regímenes que realmente ejecutan a los homosexuales colgándolos de grúas y azotan a las mujeres por el simple hecho de cantar. No hay sororidad para Parastoo Ahmadi por parte de estas figuras. No hay un solo posteo en sus redes sociales de millones de seguidores, ni un lazo solidario, ni una mención de condena en sus fastuosos conciertos.
El verdadero rostro del patriarcado
El calvario de Ahmadi no es un hecho aislado. La artista ya había enfrentado a la justicia iraní en 2022 por difundir un himno en el marco de las históricas protestas desatadas tras el asesinato de Mahsa Amini, la joven que fue masacrada a golpes por la Policía de la Moral por llevar «mal puesto» el velo. Desde entonces, miles de valientes mujeres iraníes han protagonizado actos de desobediencia civil en las calles, arriesgando su libertad y su piel para recuperar un fragmento de dignidad.

Ellas son las verdaderas mujeres empoderadas. Ellas son las que enfrentan un patriarcado real, institucionalizado, armado y despiadado, que no duda un segundo en ordenar que una joven de 29 años reciba 74 latigazos correctivos solo por entonar una melodía en internet.
Mientras en esta parte del mundo se siguen financiando debates sobre el uso de la letra «e» y la izquierda regional teje alianzas diplomáticas e ideológicas con los peores promotores del terrorismo global, en Irán la sangre de las mujeres sigue corriendo. La condena a Parastoo Ahmadi es una tragedia humanitaria que expone la tiranía islámica, pero el silencio cómplice de quienes dicen defender a las mujeres en Occidente es, sin lugar a dudas, una vergüenza histórica imperdonable.
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