El Che detrás del mito: de símbolo revolucionario a marca global

La palabra que identifica a los argentinos terminó asociada para siempre a Ernesto Guevara, una figura convertida en emblema mundial de la izquierda. Pero detrás de la iconografía, las remeras y la épica sobreviven sus fracasos guerrilleros, su defensa de la violencia revolucionaria y las contradicciones de un personaje todavía romantizado décadas después de su muerte.

Collage de Che_ revolución y consumo

El término “che” se consolidó en la Argentina como una de las expresiones más características del español rioplatense. Ya estaba presente en el habla popular durante el siglo XIX y, con el paso del tiempo, terminó convertido en una verdadera marca de identidad nacional.

No existe, sin embargo, una única certeza acerca de dónde surgió la palabra. Su etimología continúa discutida y a lo largo de los años se propusieron distintas explicaciones para un término que hoy utilizamos naturalmente para llamar la atención de alguien, dirigirnos a una persona con confianza o expresar sorpresa. La Asociación de Academias de la Lengua Española registra precisamente esos usos en Argentina, Uruguay, Paraguay y otros países de la región.

¿De dónde salió el “che”?

Una de las hipótesis más difundidas apunta al guaraní, idioma en el que che significa “yo” o “mi”. Su empleo frecuente en expresiones dirigidas hacia otras personas pudo haber facilitado, según esta teoría, su transformación en un vocativo dentro del habla rioplatense.

También se ha señalado una posible influencia mapuche. En mapudungun, che significa “gente” o “persona” y aparece en palabras como mapuche. Esta semejanza llevó a algunos autores a considerar que pudo influir en la manera de interpelar al otro, aunque no existe consenso académico que permita establecerla como explicación definitiva.

Una tercera hipótesis vincula nuestra expresión con el valenciano xe, utilizado para llamar la atención de una persona de una manera muy parecida al “che” rioplatense. Filólogos españoles analizaron desde hace décadas esa posible relación, aunque el origen sigue abierto a discusión. La propia literatura lingüística académica reconoce que la etimología del “che” argentino ha sido buscada en fuentes muy diversas y permanece controvertida.

¿Cómo se arraigó en la identidad argentina?

Con el correr de los años, se transformó en una herramienta infalible de la comunicación rioplatense, tanto para llamar al otro —“¡Che, escuchame!”— como para expresar asombro —“¡Qué calor, che!”—. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, el habla popular, la literatura y el teatro terminaron de incorporarlo como uno de los sellos lingüísticos de la región.

Después llegó su exportación definitiva al mundo. Ernesto “Che” Guevara utilizaba constantemente la expresión y sus compañeros cubanos terminaron apodándolo de esa manera precisamente por su forma argentina de hablar. Paradójicamente, un término que existía mucho antes que él terminó asociado internacionalmente con su figura y convertido, fuera del país, en sinónimo inmediato de argentinidad.

Ernesto Guevara de la Serna (1928-1967) fue médico, político, guerrillero y revolucionario marxista argentino-cubano. Se convirtió en una de las figuras políticas más conocidas y controvertidas del siglo XX y, después de su muerte, su rostro terminó transformado en un símbolo internacional de la revolución, la rebeldía contracultural y buena parte de la militancia de izquierda.

Nacido en Rosario, padeció asma desde su infancia. Mientras estudiaba Medicina realizó extensos viajes por América Latina, entre ellos el célebre recorrido en motocicleta junto a su amigo Alberto Granado, experiencia que influyó considerablemente sobre su formación política.

Tras presenciar en Guatemala el derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz, respaldado por Estados Unidos, profundizó sus convicciones marxistas y su idea de que la transformación política debía producirse mediante una revolución armada. En México conoció a Fidel y Raúl Castro y se incorporó al Movimiento 26 de Julio.

Desembarcó en Cuba en 1956 y pasó de desempeñarse inicialmente como médico de la tropa a convertirse en uno de los principales comandantes de la guerrilla que combatió al régimen de Fulgencio Batista, finalmente derrocado en 1959. Guevara tuvo un papel relevante en la batalla de Santa Clara, uno de los episodios decisivos del triunfo revolucionario.

Del guerrillero al funcionario comunista

Tras el triunfo de la Revolución cubana, Guevara asumió cargos de enorme peso político y económico. Fue presidente del Banco Nacional de Cuba y posteriormente ministro de Industrias, mientras impulsaba la transformación del país hacia un sistema comunista y el fortalecimiento de la relación con la Unión Soviética.

También estuvo a cargo de La Cabaña durante los primeros meses posteriores a la revolución, período en el que funcionaron tribunales revolucionarios y se produjeron numerosos fusilamientos. Las estimaciones sobre la cantidad exacta de ejecuciones bajo su jurisdicción varían según las fuentes y continúa existiendo discusión histórica sobre los procedimientos utilizados y la responsabilidad específica de Guevara en cada caso. Lo que no está en discusión es su participación en aquel sistema de justicia revolucionaria y su defensa pública de la pena de muerte contra los considerados enemigos de la revolución.

Fiel a su ideal de internacionalizar la revolución, dejó sus cargos y Cuba en 1965. Primero emprendió una campaña guerrillera en el Congo, que terminó en un fracaso, y posteriormente se trasladó en secreto a Bolivia con el objetivo de organizar un nuevo foco revolucionario.

El intento boliviano tampoco consiguió generar el apoyo popular que Guevara esperaba. Aislado y perseguido por el Ejército boliviano, cuyas fuerzas recibían asistencia estadounidense, fue capturado el 8 de octubre de 1967 y ejecutado al día siguiente en la localidad de La Higuera. Tenía 39 años.

Los verdaderos resultados del Che y toda su runfla

Aquí es donde la construcción romántica alrededor de Guevara merece, al menos, ser discutida. Su imagen terminó adquiriendo una dimensión muy superior a los resultados concretos obtenidos por el hombre que aparece detrás del mito.

  • a) Murió defendiendo un ideal que proponía una sociedad sin libertad política ni económica. A juicio de quien escribe, era una porquería de ideal.
  • b) Fue guerrillero y terminó capturado en una región montañosa de Bolivia que había elegido precisamente para desarrollar una guerra irregular. El desenlace permite, como mínimo, discutir seriamente su pretendida genialidad guerrillera.
  • c) Fue revolucionario y no consiguió convencer a una población rural muy pobre para que acompañara su levantamiento boliviano. El foco revolucionario quedó progresivamente aislado hasta su derrota.
  • d) Su muerte terminó siendo mucho más útil para la construcción de su mito que sus últimos años de actividad revolucionaria. El hombre fracasó en el Congo y Bolivia; la imagen del mártir, en cambio, recorrió el planeta.
  • e) Y existe una ironía imposible de ignorar: hoy su rostro genera millones para la misma economía capitalista que combatió. Remeras, pósters, tazas, cuadros y todo tipo de merchandising con la imagen del revolucionario marxista se venden como cualquier otro producto de consumo global.

Así, uno de los mayores símbolos anticapitalistas del siglo XX terminó convertido también en una marca comercial extraordinariamente rentable. Probablemente pocas contradicciones describan mejor la distancia entre el personaje histórico y el mito construido después de su muerte.

Simplemente… lo dejo a tu criterio, como diría cierta filósofa contemporánea.

Guevara en sus propias palabras

Su pensamiento puede conocerse también a través de sus propios textos y discursos. No es necesario recurrir a caricaturas ni atribuirle frases imposibles de comprobar para encontrar definiciones extremadamente duras acerca de la violencia revolucionaria.

En su Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, publicado en 1967, escribió sobre “el odio como factor de lucha” y sostuvo que éste podía transformar al combatiente en una “fría máquina de matar”. No fue una frase atribuida por un enemigo político décadas después: formó parte de un texto escrito por el propio Guevara.

Tampoco ocultó su posición frente a los fusilamientos. En su discurso ante las Naciones Unidas del 11 de diciembre de 1964, defendió públicamente que la Revolución cubana había fusilado y continuaría haciéndolo mientras sus dirigentes lo consideraran necesario. Esa declaración forma parte de uno de sus discursos internacionales más conocidos.

En una carta escrita años antes a su madre también dejó una definición reveladora acerca de su identificación absoluta con la causa revolucionaria: afirmó que no tenía hogar, mujer, hijos, padres ni hermanos y que consideraba amigos a quienes coincidieran políticamente con él. La frase aparece reproducida en distintas reconstrucciones biográficas a partir de aquella correspondencia.

Es posible analizar a Guevara como personaje histórico, estudiar las razones que explican su influencia y comprender por qué generaciones enteras encontraron en él un símbolo de rebeldía. También es posible reconocer que para millones de personas continúa representando ideales de justicia social y resistencia política.

Pero eso no obliga a romantizarlo ni convertirlo en una figura moralmente incontestable. Detrás de la fotografía convertida en remera existió un dirigente revolucionario marxista que defendió abiertamente la lucha armada, participó de un régimen de ejecuciones y concibió la violencia como una herramienta legítima para imponer su proyecto político.

Y ése también fue el Che.

Miguel A. Morra
Miguel A. Morra
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