Lecturas al Cierre: Adam Smith y «La riqueza de las naciones»
En el escenario de la Primera Revolución Industrial, el pensador escocés desarrolló una concepción basada en la división del trabajo, la competencia, la acumulación de capital y la libertad para producir e intercambiar. A 250 años de su obra fundamental, sus ideas mantienen plena vigencia en el debate económico.
Adam Smith, pensador escocés nacido en 1723 y proveniente de una familia acomodada, tuvo acceso a una refinada educación que le permitió abarcar temas de filosofía moral, literatura, política, lógica, economía política y derecho. Hacia 1759 produjo una obra que sería el preámbulo de su pensamiento posterior, Theory of Moral Sentiments, donde destaca la libertad en la conducta humana, el sentido de la propiedad, el hábito del trabajo y la propensión a intercambiar.
A partir de 1766 comenzó a trabajar en su obra fundamental, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, publicada en 1776. Fue su gran obra de economía, fundacional por su análisis y considerada una de las bases de la ciencia económica moderna.
La producción de Smith no es un conjunto de apreciaciones teóricas. Se desarrolla en Gran Bretaña, donde comienza la Primera Revolución Industrial, que se manifestó con la aparición de las primeras máquinas de vapor eficientes y los avances en la fundición de hierro con carbón de coque. Esto permitió desaguar las minas rápidamente y contribuyó al desarrollo de una metalurgia moderna.
El vapor sería aplicado posteriormente a los telares y el taller artesanal, de producción limitada, comenzaría a ser reemplazado por una industria textil aplicada a la lana, el lino y el algodón procedente de las colonias británicas de América del Norte y luego de otras regiones productoras.
Respecto de las variaciones de la estructura interna de Inglaterra, los landlords, grandes poseedores de la tierra, fueron modificando sus actividades productivas y, en muchos casos, orientándose hacia la ganadería intensiva.
En el caso de los cereales, sus precios podían ser considerablemente menores en Francia. En ese país Smith entró en contacto con el grupo de Quesnay, Turgot, D’Alembert, Morellet y La Rochefoucauld, teóricos vinculados con la corriente fisiocrática, cuyas ideas también serían conocidas posteriormente por el joven rioplatense Manuel Belgrano durante su formación en España.
La práctica económica predominante en buena parte de Europa durante aquellos años era el mercantilismo, especialmente en países como Holanda, Francia y España, donde el Estado intervenía fuertemente en la economía. En Francia, el ministro de Luis XIV, Jean-Baptiste Colbert, había creado y promovido manufacturas destinadas a sustituir importaciones, sobre todo en producciones de lujo como cristalería, porcelanas, tapices, muebles y sedas, además de impulsar una determinada estética y moda.
El objetivo era favorecer las exportaciones y obtener metales preciosos, fundamentalmente oro y plata. Pero, en esencia, la nación francesa siguió siendo mayoritariamente agrícola, en una prolongada continuidad con estructuras anteriores. No generó todavía fábricas en el sentido industrial posterior, sino manufacturas con numerosos operarios que producían objetos de lujo consumidos internamente y exportados hacia otros países europeos y América.
En cuanto a los fisiócratas, se centraron en la idea de que la producción agrícola tecnificada era la principal fuente de generación de riqueza. Lo demás era considerado complementario.
Adam Smith iba en otra dirección. No idealiza la vida económica: su obra es inteligible y realista, observa las mutaciones y la diversidad. Consideraba la evolución de las sociedades y sus diferentes fases de crecimiento, desde una organización pastoril a una agrícola y luego industrial y comercial.
La acumulación de capital convertía a las sociedades de cazadores en ganaderas, la apropiación de la tierra impulsaba la agricultura y así sucesivamente. Nos habla de la división del trabajo, el valor de cambio, el precio de mercado, la mano invisible y la distribución del ingreso, proveniente del salario, la renta y el beneficio.
El capital, en general, se forma por el cúmulo de bienes materiales a partir de la producción de bienes tangibles y servicios. El trabajo productivo es el que aporta al proceso económico y la acumulación de capital constituye un movimiento continuo y progresivo.
Smith sostiene que el destino natural del capital se dirige primero hacia la agricultura, luego hacia la industria y finalmente hacia el comercio, tanto interno como exterior. La riqueza de las naciones aparece cuando se deja a los ciudadanos producir libremente.
La fábrica de alfileres constituye su ejemplo clásico: un artesano aislado produce poco en mucho tiempo, mientras que obreros especializados en distintas etapas del proceso pueden producir una cantidad extraordinariamente mayor en mucho menos tiempo.
El interés personal puede beneficiar al orden social, siendo el interés individual uno de los motores de la actividad económica. El Estado no debe controlar arbitrariamente los precios y la competencia debe ocupar un lugar fundamental en el campo económico. Las relaciones económicas pasan así a ordenarse libremente mediante los actos de producir, intercambiar y consumir.
Para Smith, el Estado debe concentrarse principalmente en la justicia, la seguridad y la defensa, aunque también reconoce subsidiariamente la necesidad de determinadas obras e instituciones públicas que, siendo necesarias para la sociedad, no resulten convenientes o rentables para ser emprendidas exclusivamente por particulares.
Adam Smith murió en Edimburgo el 17 de julio de 1790. Es considerado uno de los padres fundamentales de la economía moderna.
En marzo de 2026, al cumplirse 250 años de la publicación de La riqueza de las naciones, el presidente Javier Milei encabezó en el Palacio Libertad un homenaje a Adam Smith y reivindicó la vigencia de sus ideas económicas.
Dos siglos y medio después, conceptos como libertad económica, competencia, propiedad privada, división del trabajo y limitación del poder estatal sobre las decisiones económicas individuales continúan ocupando un lugar central en el debate sobre la creación de riqueza.
