La producción de acero de Acindar en 20 años: historia, cifras y debate sobre el intervencionismo

En dos décadas, la acería de Villa Constitución pasó de producir más de 1,2 millones de toneladas a cerrar 2024 con apenas 600 mil, su nivel más bajo en 20 años. Entre vaivenes globales, proteccionismo interno y un sindicalismo aferrado al pasado, Acindar simboliza la encrucijada argentina: seguir protegiendo a unos pocos a costa de todos o asumir la transformación que exige el mundo.

acindar

Breve historia de Acindar: de Rosario a Villa Constitución

Acindar (Aceros Industria Argentina S.A.) fue fundada en 1942 por un grupo de empresarios encabezados por el ingeniero Arturo Acevedo. Su primera planta siderúrgica se estableció en la ciudad de Rosario, en el barrio que llevaría su nombre (Barrio Acindar). Allí comenzó produciendo barras de hierro para la construcción a partir de chatarra fundida. El primer horno Siemens-Martin entró en funcionamiento en diciembre de 1943, con capacidad inicial de 15 toneladas por colada (luego ampliada a 30), y en 1944 la planta ya producía 13.000 toneladas de acero. Esta fábrica rosarina fue la primera planta de la industria del acero en Argentina, aprovechando la ubicación estratégica de Rosario con puerto fluvial y ferrocarriles.

En 1951, Acindar se expandió abriendo su Planta 2 en Villa Constitución (provincia de Santa Fe), unos 50 km al sur de Rosario. A partir de entonces, Villa Constitución se convirtió en el principal centro de producción de la empresa. De hecho, factores como las mejores condiciones operativas y productivas de la planta de Villa Constitución llevaron a un progresivo traslado de las actividades desde Rosario hacia allí en las décadas siguientes. El proceso culminó con el cierre definitivo de la planta original de Rosario en 1981 y su desmantelamiento, lo cual dejó al histórico Barrio Acindar sin su fábrica y sumido en el abandono industrial. Para los ex-trabajadores, el cierre se debió tanto a la difícil situación económica del país a fines de los 70 como a la mayor eficiencia de Villa Constitución, que concentró la producción de acero de la firma.

Actualmente, la sede central de Acindar se ubica en Villa Constitución. Además de la acería principal en esa ciudad, la empresa posee plantas de productos terminados en Rosario, La Tablada (provincia de Buenos Aires), San Nicolás (Buenos Aires) y Villa Mercedes (San Luis). Desde 2006, Acindar pasó a formar parte del grupo global ArcelorMittal, el mayor productor de acero del mundo con sede central en Luxemburgo, y en 2008 ArcelorMittal adquirió el control del 99,5% de las acciones de Acindar. Esta integración internacional trajo modernización tecnológica y la inserción de Acindar en la órbita de un gigante siderúrgico mundial, aunque la producción de la filial argentina sigue estando orientada principalmente al mercado interno.

Planta Acindar en Villa Constitución

Dos décadas de producción de acero: altibajos en cifras

En los últimos 20 años, la producción de acero de Acindar ha experimentado fluctuaciones notables, reflejando tanto ciclos económicos locales como shocks internacionales. A grandes rasgos, la industria siderúrgica argentina en su conjunto se ha mantenido estancada en torno a 5 millones de toneladas anuales de acero crudo, sin crecimiento significativo en dos décadas. Dentro de ese total nacional, Acindar –enfocada en aceros largos para la construcción– suele aportar alrededor de 1 millón de toneladas en los años buenos, mientras que el resto proviene mayormente de la siderúrgica Ternium (grupo Techint), líder en aceros planos para industria. La falta de expansión del volumen producivo contrasta con lo ocurrido a nivel global (donde la producción de acero se duplicó desde el año 2000 impulsada por China), evidenciando un estancamiento relativo de la siderurgia local bajo un mercado interno protegido y de escaso perfil exportador.

La producción máxima de Acindar en este periodo reciente rondó los 1,2 millones de toneladas anuales. Por ejemplo, en 2023 la empresa produjo aproximadamente 1.200.000 toneladas de acero, lo que se aproxima al límite de la capacidad instalada de su planta principal (cerca de 1,25 millones de t/año, según fuentes sindicales). Esa cifra representó un repunte importante tras las caídas previas, situándose entre los valores más altos de su historia reciente. Otros picos de producción se dieron en contextos de fuerte demanda interna, como en el boom de la construcción de 2017-2018, aunque sin superar sustancialmente el umbral del millón de toneladas. En contraste, los mínimos ocurrieron en años de crisis: en 2009 (tras la crisis financiera global) la producción cayó drásticamente, y en 2020 la pandemia detuvo obras y fábricas. Sin embargo, nada se compara al desplome actual: 2024 cerró con solo 600.000 toneladas, el nivel más bajo de las últimas dos décadas. De hecho, Acindar nunca había producido tan poco acero en 20 años, ni siquiera en 2009 ni durante la cuarentena de 2020. La comparación es elocuente: 2024 fue exactamente la mitad del volumen de 2023, reflejando una abrupta contracción.

Esta situación crítica impacta directamente en el empleo industrial. Acindar contaba en 2023-2024 con alrededor de 3.500 empleados en total en Argentina (personal propio y contratado). Solo en la planta de Villa Constitución trabajan algo más de 2.700 personas, a las que se suman centenares en las plantas de Rosario, San Nicolás, La Tablada y Villa Mercedes. Durante los picos de producción, la empresa operó a plena capacidad y mantuvo a la plantilla ocupada, pero en los bajones recientes ha debido suspender a cientos de operarios y ofrecer retiros voluntarios. Por ejemplo, a mediados de 2024 se anunciaron suspensiones rotativas que afectaron a 450 trabajadores (sobre esos 3.500) durante paradas temporales de planta. Y a inicios de 2025, ante la profundización de la caída en la demanda, Acindar acordó con el sindicato UOM un esquema de suspensiones escalonadas para 970 empleados, pagando porcentajes reducidos del salario (80% el primer mes, 75% hacia fines de año). A pesar de estas medidas de ajuste, la empresa también procedió a recortar unos 200 puestos vía retiros y a no renovar contratos temporarios, intentando evitar despidos masivos. Villa Constitución, ciudad cuyos latidos dependen del acero, sufre las consecuencias: el cordón San Nicolás–Villa Constitución lideró las tasas de desocupación en Argentina en 2024, superando el 10%

Vaivenes internacionales y factores tras la crisis del acero

Las oscilaciones en la producción de Acindar no pueden entenderse sin considerar el contexto internacional y doméstico de la industria del acero. Se trata de un sector cíclico y sensible a shocks externos: la demanda de acero suele caer fuertemente en recesiones (construcción e industria frenan proyectos) y repuntar en ciclos de auge económico. En los últimos 20 años, Acindar enfrentó alzas y bajas sincronizadas con la economía global. Tras el crecimiento pos-2003, llegó el golpe de 2008-2009: la crisis financiera mundial desplomó los precios del acero y contrajo la demanda, por lo que en 2009 la empresa atravesó una de sus peores caídas (en aquel momento considerada la peor crisis desde 2001). Años más tarde, entre 2014 y 2016, una sobreoferta mundial de acero –originada en gran medida por la desaceleración de China, que inundó los mercados con exportaciones baratas– volvió a deprimir los precios internacionales. Empresas como Acindar vieron reducida su competitividad externa frente al acero chino barato, a la vez que el mercado interno argentino se enfrió por la recesión de 2016-2017. Otro factor externo fue la guerra comercial de 2018, cuando Estados Unidos (bajo la administración Trump) impuso un arancel del 25% al acero importado. Si bien Argentina fue inicialmente exceptuada parcialmente, la incertidumbre global generada por esas medidas proteccionistas afectó las cadenas de valor del acero. Para un productor como Acindar, que exporta poco acero pero sí compite indirectamente con importados en el mercado local, los vaivenes del comercio internacional siempre están presentes.

Más recientemente, la pandemia de COVID-19 en 2020 frenó la construcción y la industria a nivel mundial, reduciendo drásticamente la demanda de acero ese año. Sin embargo, en 2021 y 2022 se dio un rebote importante: los precios internacionales del acero se dispararon por la rápida recuperación económica global y cuellos de botella de oferta. Acindar aprovechó ese viento de cola para aumentar producción, destinando su acero principalmente a abastecer la construcción local reactivada. Así llegó a 2023 con niveles de producción altos (~1,2 millones de t). Pero a finales de ese mismo 2023 y durante 2024 todo el panorama cambió bruscamente: la economía argentina entró en recesión aguda con paralización de la obra pública y caída de la inversión privada, a la vez que a nivel global se desaceleró el sector siderúrgico (particularmente por el enfriamiento de China y la suba de tasas de interés que enfrió la construcción en muchos países). Según la Cámara Argentina del Acero, en los primeros meses de 2024 el país registró caídas interanuales cercanas al -26% en la producción de acero crudo, reflejando este combo de factores adversos.

Directivos de Acindar atribuyeron la crisis reciente a una “caída sostenida de la demanda en el mercado interno” –con ventas derrumbándose entre 35% y 40% interanual–, producto del parate de la construcción tanto pública como privada. Señalan que la obra pública nacional y provincial quedó prácticamente en cero en 2023-2024, restándole a Acindar uno de sus principales clientes (las grandes infraestructuras de vivienda, rutas, acueductos, etc., consumen cantidades masivas de acero para hormigón). A esto se suma, según la empresa, la “importación indiscriminada” de acero desde China. En un mercado interno de capa caída, la entrada de productos importados más baratos presiona aún más a los productores locales. Así, por primera vez en años, Acindar se ve obligada a competir frontalmente con varillas de construcción y otros aceros importados a precios internacionales bajos, algo que antes apenas ocurría gracias a barreras arancelarias o cuotas. El resultado ha sido un excedente de stock y sobrecapacidad ociosa: la compañía admite que “los equipos están parados” y que opera a una fracción mínima de su capacidad.

Desde el sindicato metalúrgico (UOM), por su parte, describen la situación como “dramática e inédita en más de 25 años” Representantes gremiales señalan que “van dos años de récord de producción negativa” y que no se vislumbra aún un repunte. Consideran que la crisis actual incluso supera a las de 2009 y 2020. Los sindicalistas han reclamado fuertemente al gobierno nacional medidas para proteger la industria: piden reactivar la obra pública de inmediato y aplicar controles a las importaciones para frenar el ingreso de acero extranjero barato. Incluso han calificado las políticas recientes de apertura como “industricidio”, culpando al nuevo gobierno liberal de Javier Milei por la situación de las fábricas. Sin embargo, muchos analistas señalan que factores globales explican en gran medida el bajón siderúrgico: no solo Argentina cayó, también el consumo de acero en todo el mundo se contrajo en 2023, y difícilmente un gobierno local podría revertir la tendencia internacional. Culpar a Milei por la baja demanda de acero sería tan absurdo como culparlo por una caída del precio internacional de la soja –otro commodity cuyos vaivenes dependen de la oferta y demanda global–. En otras palabras, el interés mundial por el acero (o la soja) no está en manos de un presidente argentino, sino de fuerzas económicas mucho más amplias. Eso no quita que la política interna pueda mitigar o agravar el impacto local de esas tendencias, pero atribuir la crisis siderúrgica exclusivamente a un cambio de gobierno simplifica demasiado el problema.

Proteccionismo vs. competitividad: el costo de “atar la vaca” en el corral

La delicada situación de Acindar reaviva un antiguo debate en Argentina: ¿hasta qué punto las políticas de protección e intervención estatal han ayudado o perjudicado a la industria nacional? Durante décadas, empresas como Acindar operaron en un entorno relativamente protegido de la competencia externa. El Estado aplicó altos aranceles a la importación de acero y, en muchos casos, las compras de acero para obras públicas debían hacerse a proveedores locales aunque sus precios fueran mayores que los internacionales. Esta protección les aseguraba un mercado cautivo –lo que coloquialmente se dice “tener la vaca atada”, e incluso “cazar dentro del zoológico”–: la empresa podía vender cómodamente dentro de Argentina sin enfrentar el rigor de la competencia global. Así, Acindar se benefició por años de precios internos elevados (más altos que los de referencia mundial) que terminaron pagando los consumidores y contribuyentes argentinos, ya sea en el costo de la construcción privada o a través del sobreprecio en proyectos estatales. En paralelo, esa cómoda posición redujo incentivos para innovar o mejorar la eficiencia productiva, resultando en menor calidad relativa y atraso tecnológico frente a pares internacionales. En síntesis, el intervencionismo buscó “beneficiar al sector” siderúrgico nacional, pero tuvo como contracara precios más altos para los argentinos, menor competitividad y, a la larga, una dependencia de la ayuda oficial que debilita la resiliencia industrial.

Para visualizar las consecuencias de este proteccionismo extremo, vale la pena usar una analogía sencilla. Imaginemos que a comienzos de los 2000, cuando florecían los cybercafés (locutorios de internet), los dueños de estos negocios hubiesen formado un sindicato o cámara sectorial y logrado que el gobierno prohibiera la venta de computadoras personales y smartphones al público, argumentando que “perjudican el negocio de los cibercafés”. Seguramente, a corto plazo habrían “salvado” sus locales de internet de la competencia domiciliaria, pero ¿a qué precio para el país? Si Argentina hubiera restringido la informática para proteger a un puñado de empresarios de cibercafé, nos habríamos quedado sin desarrollo tecnológico: no existirían cientos de miles de empleos en comercio de computadoras y celulares, en programación de software, en servicios de streaming, reparaciones electrónicas, etc. Toda la economía digital que hoy conocemos se vería truncada. Por conservar —digamos— 1000 empleos en locutorios, se habría sacrificado la creación de millones de empleos futuros de mayor productividad. Además, los consumidores habrían seguido pagando precios altísimos por alquilar una computadora por hora, sin acceso personal a internet ni a las innovaciones que mejoran la calidad de vida. El país estaría totalmente rezagado respecto al mundo. Esta situación hipotética suena absurda, pero no es muy distinta de lo que ocurre cuando se sobreprotege una industria tradicional: se frena el progreso tecnológico general para cuidar “el negocio de uno o dos” jugadores dominantes.

Existen ejemplos históricos reales en Argentina de medidas similares. En la década de 1970, los sindicatos y empresarios de la industria electrónica local lograron posponer la introducción de la televisión en color con el argumento de proteger a los fabricantes nacionales de TVs blanco y negro. Argentina retrasó casi una década la adopción del TV color (recién inaugurada en 1980), mientras el resto del mundo disfrutaba de esa tecnología. ¿El resultado? Se “protegió” transitoriamente a unos pocos fabricantes ineficientes, a costa de que millones de argentinos vieran la televisión obsoleta y más cara, perdiendo acceso temprano a avances técnicos. Del mismo modo, los sindicatos de taxis han luchado encarnizadamente contra servicios innovadores como Uber o Cabify, presionando para prohibirlos en muchas ciudades. Han intentado “tapar el sol con la mano”, aferrándose al viejo esquema de licencias caras y escasa oferta de taxis. Pero la tecnología avanza igual: tarde o temprano las aplicaciones triunfan porque ofrecen un mejor servicio. La resistencia solo logró perjudicar a los usuarios durante años (con menos opciones de transporte urbano) y dejó a los taxistas en peor posición cuando el cambio finalmente los alcanzó. En cada caso, el costo de retrasar al máximo posible una transformación inevitable fue altísimo para el bienestar general.

Estos ejemplos ilustran cómo el corporativismo proteccionista, ya venga de sectores empresariales o sindicales, puede convertirse en una suerte de ludismo moderno: se pretende congelar el status quo para no perder privilegios, aunque eso implique “romper millones de puestos de trabajo futuros” y oportunidades de desarrollo para el conjunto de la sociedad. En la industria del acero pasó algo parecido: mientras otros países invertían en eficiencia, automatización y nuevos aceros competitivos, Argentina se conformó con un mercado cautivo. Ahora, al abrirse bruscamente las compuertas a la competencia global, queda en evidencia que ciertos empresarios “no estaban preparados para competir” de igual a igual. El resultado de décadas de complacencia es doloroso: productos más costosos y de menor calidad relativa, menor capacidad exportadora, y trabajadores cuya fuente laboral peligra ante cualquier embate externo porque el sector no ganó la robustez necesaria.

Conclusión: transformación necesaria frente a la encrucijada

La situación de Acindar en 2024-2025 representa un punto de inflexión. Nos encontramos ante la pregunta central: ¿Seguimos retrasando al país para beneficio de unos cuantos, o asumimos de una vez la transformación necesaria? Mantener el esquema proteccionista podría significar intentar “atar de nuevo la vaca” en el corral: volver a subsidiar y cerrar la economía para que Acindar y otras industrias precarias sobrevivan sin cambios. Pero eso solo pospondría el problema y seguiría empobreciendo al conjunto: los precios internos continuarían altos, otras ramas productivas verían encarecidos sus insumos (por ejemplo, la construcción sufriendo por el alto costo del acero) y la economía argentina permanecería estancada, sin inversiones ni innovación, “quedándonos en el tiempo para conservar el negocio de uno o dos”. Peor aún, a medida que más se demore la modernización, más tardará el país en salir adelante luego, porque se pierde competitividad día tras día.

La alternativa es aprovechar la crisis como catalizador de cambio. Eso implicaría “ponerse al día”: abrirse a la competencia internacional pero a la vez invertir en tecnología para elevar la productividad, reconvertir a los trabajadores hacia empleos de mayor valor agregado y bajar los costos domésticos. En el caso de Acindar, significa integrarla plenamente en las cadenas globales de valor de ArcelorMittal, especializar la producción en lo que Argentina pueda hacer eficientemente (por ejemplo, quizá ciertos aceros largos de nicho o con procesos energéticamente más limpios) y no pretender abastecer todo el mercado local a cualquier costo. Seguir el camino de la transformación tecnológica no es indoloro –algunos empleos antiguos desaparecerán, como desaparecieron los faroleros con la luz eléctrica–, pero a mediano plazo crea muchos más empleos nuevos y de mejor calidad en sectores antes inexistentes. Los propios trabajadores metalúrgicos, más que nadie, se benefician si logran adaptarse a industrias modernas competitivas en vez de aferrarse a fábricas inviables. Como dijo un representante gremial, “estamos viviendo una recesión nunca vista en tan poco tiempo… el otro problema es la falta de luz al final del túnel, nadie sabe hacia dónde vamos”. La luz al final del túnel aparecerá cuando se defina claramente ese rumbo: o se continúa con el círculo vicioso del intervencionismo que empobrece, o se emprende el camino (difícil pero necesario) de la apertura y la innovación.

En conclusión, las cifras de Acindar en estos 20 años –estancamiento productivo, vaivenes bruscos y récords negativos recientes– son síntomas de un modelo agotado. La editorial aquí expuesta sostiene que la solución no es volver a tapar el sol con la mano, sino animarse a competir bajo el sol global. Si Argentina logra encarar esa transformación pendiente, industrias como la del acero podrán renacer sobre bases genuinas, ya no “cazando dentro del zoológico” sino saliendo a ganar en el safari de los mercados mundiales. El desafío está planteado: o perpetuamos la protección que enriquece a unos pocos y empobrece al resto, o abrimos camino a una nueva era de prosperidad basada en la eficiencia, la creatividad y la verdadera competitividad. Los próximos años serán clave para definir qué destino escogemos.

Fuentes: Acindar – ArcelorMittal (historia y datos corporativos)es.wikipedia.orges.wikipedia.org; Cámara Argentina del Acero (estadísticas sectoriales)lanacion.com.ar; Informes periodísticos sobre la crisis de Acindarelobservador.com.uyelobservador.com.uy; Declaraciones de representantes de UOM y directivos de la empresacba24n.com.arsumapolitica.com.ar; Archivo histórico de la planta de Rosariofmaeme.com; Editorialización y análisis propios en base a los datos recopilados.

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