Pakistán le declara la guerra a Afganistán y comienzan bombardeos sobre la capital talibán
Bombas sobre Kabul, operaciones «Furia del Bien» y la sombra nuclear: dos vecinos musulmanes se desangran mientras el mundo mira para otro lado
La noche del jueves 26 de febrero de 2026 cambió las reglas del juego en Asia Central. Lo que durante años fue una guerra fría entre vecinos musulmanes —insultos diplomáticos, acusaciones cruzadas de terrorismo, enfrentamientos locales en la frontera— estalló en guerra abierta y declarada. Afganistán lanzó operaciones ofensivas masivas contra posiciones pakistaníes. Pakistán respondió bombardeando Kabul, Kandahar y Paktia. Y el ministro de Defensa de Islamabad, Khawaja Asif, rompió toda ambigüedad: «Nuestra paciencia se agotó. Ahora es guerra abierta entre nosotros.»
Esta no es una pelea de tribus en una frontera remota. Es un conflicto entre una potencia nuclear (Pakistán) y un régimen talibán que derrotó a la OTAN, armado hasta los dientes con arsenales estadounidenses abandonados en 2021. Y está sucediendo ahora, mientras Occidente distraído mira hacia Ucrania y el Pacífico.
La chispa: Cuando el «vecino terrorista» deja de ser metáfora
La escalada no fue improvisada. Pakistán venía advirtiendo desde hace semanas que su paciencia se había agotado. El 11 de febrero, el ministro Asif advirtió que actuaría contra militantes en Afganistán antes de Ramadán si los talibanes no detenían los ataques desde su territorio.
La advertencia se convirtió en promesa cumplida tras una serie de atrocidades que sacudieron Pakistán:
- 6 de febrero: Atentado suicida en una mezquita chiita en Islamabad: 36 muertos. Reivindicado por el Estado Islámico – Provincia de Jorasán (ISKP).
- 19 de febrero: Ataque a un puesto de control en Bajaur: 11 soldados pakistaníes y un niño asesinados.
- 21 de febrero: Nuevo atentado suicida en Bannu.
El gobierno de Shehbaz Sharif no buscó más excusas. El 21 de febrero, la Fuerza Aérea de Pakistán lanzó siete ataques aéreos selectivos contra supuestos campos de entrenamiento del Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP) y del ISKP en las provincias afganas de Nangarhar, Paktika y Khost.
Islamabad llamó a esto «operaciones basadas en inteligencia». Kabul lo llamó «violación flagrante de la integridad territorial» y masacre de civiles.
La cifra de muertos en ese primer round: al menos 18 personas, incluyendo mujeres y niños, según autoridades afganas. Una sola familia en Girdi Kas perdió 18 de sus 23 miembros.

La noche del 26 de febrero: Cuando la venganza deja de ser diplomática
Los talibanes no perdonan. Y no olvidan. El jueves 26, a las 20:00 hora local, el portavoz militar talibán Mawlawi Wahidullah Mohammadi anunció lo que ningún gobierno afgano había hecho desde la caída del régimen pro-occidental: operaciones ofensivas a gran escala contra Pakistán.
Ataques coordinados en seis provincias fronterizas. Objetivo: puestos militares y bases del ejército pakistaní a lo largo de la Línea Durand —esa frontera de 2.600 kilómetros que Afganistán nunca reconoció formalmente.
El resultado, según Kabul: 55 soldados pakistaníes muertos, algunos cuyos cuerpos fueron llevados a territorio afgano, «varios otros capturados vivos», 19 puestos destruidos y dos bases reducidas a escombros. La operación duró cuatro horas, hasta la medianoche.
Islamabad negó las mayores. El portavoz del primer ministro, Mosharraf Ali Zaidi, admitió solo dos soldados muertos y tres heridos. Pero la respuesta no se hizo esperar: «Operación Ghazab Lil Haq» —»Furia del Bien» o «Furia por la Verdad»— lanzada en la madrugada del viernes 27.
Bombas sobre Kabul: La escalada que nadie previó
Por primera vez desde la caída del régimen talibán en 2001, aviones de guerra pakistaníes bombardearon la capital afgana. Kabul, la ciudad que vio la retirada humillante de Estados Unidos en 2021, amaneció bajo fuego. También Kandahar —cuna espiritual del talibanato, donde se oculta el misterioso líder Hibatullah Akhundzada— y Paktia.
Una residente de Kabul describió la escena a CNN: «Estaba aterrorizada. Oímos disparos. Cuando miramos por la ventana del departamento, vimos llamas como balas subiendo al cielo. Desde la primera explosión, las luces de la mayoría de las casas y departamentos alrededor nuestro estaban encendidas. Estoy segura de que cada residente de Kabul está sentado con miedo de ser golpeado por una bomba.»
Pakistán afirmó haber matado a 133 combatientes talibanes y destruido 27 instalaciones militares afganas.
Afganistán reconoció solo ocho soldados muertos y once heridos.
Las cifras son propaganda de guerra. Lo que es real: la guerra aérea entre potencias ha vuelto a Asia Central.
Y no terminó ahí. Por la tarde del viernes, el ministro de Información de Pakistán, Attaullah Tarar, confirmó ataques con drones en tres ciudades pakistaníes —Abbottabad, Swabi y Nowshera— atribuidos a los talibanes afganos.
«Pequeños drones», dijo. «Sin daños a la vida». Pero el mensaje estaba claro: la guerra ya no respeta fronteras ni distingue entre frente y retaguardia.

«Guerra abierta»: La declaración que cambia todo
Lo que convierte a esta escalada en algo distinto a los enfrentamientos previos —incluso a los sangrientos choques de octubre de 2025 que dejaron más de 70 muertos— es la ruptura del lenguaje diplomático.
El ministro Asif no habló de «operaciones antiterroristas» ni de «legítima defensa». Hablo de «guerra abierta» y acusó explícitamente a los talibanes de haber convertido Afganistán «en una colonia de India».
La referencia no es casual: Nueva Delhi ha estrechado lazos comerciales y diplomáticos con Kabul, ofreciendo alternativas a la dependencia paquistaní, y eso envenena a Islamabad.
«Pakistán hizo todos los esfuerzos para mantener la situación normal mediante medios directos y países amigos», escribió Asif en X. «Se comprometió en diplomacia de pleno derecho. Pero los talibanes se convirtieron en un proxy de India. Incluso hoy, millones de afganos ganan su sustento en nuestro suelo. Nuestra copa de paciencia se desbordó.»
El primer ministro Shehbaz Sharif fue igualmente belicoso: «No habrá indulgencia en defender nuestra amada patria, y cualquier agresión será respondida con una respuesta apropiada.»
Del lado afgano, el portavoz talibán Zabihullah Mujahid prometió: «Afganistán responderá en el momento adecuado con una respuesta medida y apropiada.»
El ex presidente Hamid Karzai, desde la oposición, fue más poético: «Los afganos defenderán su amada patria con completa unidad en todas las circunstancias y responderán a la agresión con coraje.»
El dilema nuclear y la guerra de proxies
Aquí es donde el conflicto deja de ser un problema regional para convertirse en amenaza global. Pakistán es una potencia nuclear con armas tácticas desarrolladas precisamente para escenarios de guerra asimétrica contra India. Afganistán no tiene bomba atómica, pero tiene algo que en la práctica resulta más difícil de contrarrestar: decadas de experiencia en guerra de guerrillas, redes tribales transfronterizas, y la capacidad de desestabilizar el propio Pakistán.
Como señaló Al Jazeera, los talibanes carecen de fuerza aérea, pero poseen «la fuerza aérea del pobre: drones kamikaze y bombarderos suicidas.»
Y tienen el TTP —el Tehreek-e-Taliban Pakistan—, hermano ideológico y enemigo mortal de Islamabad, operando desde refugios en el este de Afganistán.
El analista Abdul Basit, citado por Al Jazeera, advirtió: «Tienen suicidas y la fuerza aérea del pobre, drones kamikaze. Creo que usarán ambas opciones en grandes cantidades, y parece que los centros urbanos pakistaníes verán violencia por el futuro previsible.»
Pakistán, por su parte, apuesta a su superioridad convencional: Fuerza Aérea con experiencia operativa, artillería pesada, y la doctrina de «respuesta rápida y masiva» desarrollada contra India. Pero como señaló el experto Iftikhar Firdous, director de The Khorasan Diary: «Si te drawn en una guerra de desgaste, estás del lado perdedor, no importa qué capacidad nuclear o poder aéreo poseas, porque estás luchando en su territorio.»

El fracaso de la diplomacia: Catar, Turquía y la OTAN ausente
Esta guerra no tenía que suceder. En octubre de 2025, tras los enfrentamientos más mortales en años, Catar medió un cese al fuego frágil que duró apenas meses.
Negociaciones posteriores en Estambul (noviembre 2025) fracasaron.
El 11 de febrero de 2026, Arabia Saudita logró la liberación de tres soldados pakistaníes capturados en los choques de octubre —un gesto de buena voluntad que resultó inútil.
Ahora no hay mediadores visibles. Estados Unidos, que perdió 2.400 soldados y gastó 2,3 billones de dólares en Afganistán, mira desde lejos. La OTAN está ocupada con Ucrania. China, aliada de Pakistán y con intereses mineros en Afganistán, guarda silencio cómplice. Rusia, que mantiene contactos con los talibanes, no mueve un dedo.
La comunidad internacional está dejando que dos naciones musulmanas, vecinas, armadas hasta los dientes, se desangren en una guerra que puede irradiar terrorismo, refugiados y inestabilidad hacia Asia Central, Irán, y eventualmente Europa.
Evaluación: ¿Hacia dónde va esto?
La «Operación Furia del Bien» de Pakistán no resolvió nada. Los bombardeos sobre Kabul no destruyeron la voluntad talibán de combatir. Y la retaliación afgana demostró que Kabul puede golpear donde le duele a Islamabad: en sus propias bases militares, no solo en puestos fronterizos aislados.
Hay tres escenarios posibles:
- Escalada controlada: Ambos lados agotan su furia inicial y buscan una nueva mediación (Catar, Turquía, China). Esto es optimista y poco probable dada la retórica de «guerra abierta».
- Guerra de desgaste: Pakistán intenta imponer su superioridad aérea; Afganistán responde con insurgencia transfronteriza, drones y suicidas. Esto desestabilizará ambos países durante años.
- Escalada nuclear: Improbable pero no imposible si Pakistán siente que su existencia está amenazada. Islamabad ha desarrollado armas tácticas de bajo rendimiento precisamente para escenarios de «defensa del honor nacional» contra adversarios asimétricos.
Lo que es seguro: la guerra entre Pakistán y Afganistán ya no es una hipótesis. Es una realidad que comenzó la noche del 26 de febrero de 2026. Y el mundo, ocupado en otros frentes, podría estar cometiendo el error de ignorar el conflicto que más fácilmente puede desestabilizar a Asia y resucitar el terrorismo global.
Como escribió el ministro Asif: «Ahora es guerra abierta entre nosotros.» Es hora de que Occidente escuche.
