El pozo sin fondo de la cooperación: España «regala» 1.300 millones a Bolivia mientras el subdesarrollo se perpetúa
Tras 40 años de inyecciones millonarias de dinero público español, Bolivia sigue sumida en la precariedad estructural. Mientras tanto, Pedro Sánchez redobla la apuesta financiando agendas de género y «saneamiento» que no se ven en las estadísticas de progreso
La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y el Ejecutivo de Pedro Sánchez están de celebración. El motivo: cuatro décadas de enviar dinero a Bolivia. Sin embargo, detrás del triunfalismo diplomático y las fotos oficiales, las cifras revelan una realidad desoladora. España ha donado al país andino más de 1.300 millones de euros (1.500 millones de dólares) sin que Bolivia haya logrado salir del túnel del subdesarrollo, la inestabilidad política y la dependencia externa.
Bajo el lema «La vida que nos une», el embajador español en La Paz, Fernando García Casas, confirmó que España se mantiene como uno de los principales donantes bilaterales. Pero lo que para el sanchismo es un «hito de solidaridad», para muchos analistas es un ejemplo de ineficiencia sistémica y de cómo el dinero público español sirve para apuntalar gestiones cuestionables a cambio de la exportación de dogmas ideológicos.
El legado de Evo y la herencia del despilfarro
Es imposible entender el destino de estos fondos sin mirar hacia atrás, específicamente hacia la era de Evo Morales. Durante casi 14 años de hegemonía del MAS (Movimiento al Socialismo), Bolivia recibió flujos constantes de ayuda española. A pesar de contar con una bonanza gasística histórica y el apoyo incondicional de los gobiernos de izquierda en España (primero Zapatero y ahora Sánchez), el país sigue presentando indicadores de pobreza y debilidad institucional alarmantes.
La pregunta que el contribuyente español se hace es: ¿A dónde fueron esos 1.300 millones? Mientras el discurso oficial habla de «fortalecimiento judicial y electoral», la realidad boliviana ha estado marcada por la erosión de la democracia y la persecución política. Parece que el dinero español, lejos de fomentar instituciones sólidas, ha servido para financiar una burocracia estatal que ha permitido al populismo atrincherarse en el poder durante décadas.
Del agua al «género»: La nueva prioridad del Sanchismo
En el marco actual (2022-2026), el Gobierno de Sánchez ha destinado específicamente 100 millones de euros para reforzar áreas sociales. Pero el enfoque ha mutado. Según las declaraciones oficiales, los «símbolos» de la cooperación ahora son la igualdad de género y el empoderamiento femenino.
Resulta paradójico que en un país donde las infraestructuras básicas son deficientes y la seguridad jurídica es inexistente, el Gobierno de España priorice la financiación de la «Coordinadora de la Mujer» o la formación en «perspectiva de género». Mientras Sánchez envía millones para estos fines, el subdesarrollo en las zonas rurales de Bolivia es total. La narrativa del «saneamiento» (que supuestamente ha beneficiado a 602.000 personas en 15 años) choca con la realidad de miles de bolivianos que carecen de servicios básicos dignos, lo que sugiere una falta de trazabilidad y de auditoría real sobre los resultados de las obras.
El modelo de cooperación de Sánchez no parece buscar que Bolivia sea un país autosuficiente, sino mantenerlo en un estado de asistencia perpetua. El hecho de que España siga siendo la «principal fuente de cooperación» después de 40 años no es un éxito, es la confirmación de un fracaso: el dinero no ha generado desarrollo real, sino una dependencia que el sanchismo utiliza para lavar su imagen internacional y colocar sus piezas en el tablero iberoamericano.
Mientras otras potencias reducen sus presupuestos de ayuda ante la crisis económica global, Sánchez presume de que para España esta es una «prioridad». No es difícil entender por qué: en la opacidad de las subvenciones internacionales es donde mejor florecen las agendas que no pasan el filtro del sentido común nacional.
Los 1.300 millones de euros que han salido de las arcas españolas hacia Bolivia en estas cuatro décadas representan un sacrificio enorme para los españoles, que ven cómo sus servicios públicos se deterioran mientras su dinero financia «marcos de asociación» en el extranjero.
Bolivia sigue siendo el ejemplo vivo de que el dinero, sin libertad económica y sin instituciones transparentes, solo sirve para alimentar la maquinaria del Estado receptor y la propaganda del donante. Sánchez y el legado del populismo andino celebran 40 años de una relación que ha costado una fortuna y que, a juzgar por el estado del país beneficiario, sigue sin dar los frutos que la verdadera dignidad humana requiere.
