Día del Periodista: de la Gazeta de Moreno en 1810 a la pauta oficial que corrompió al periodismo
La fecha recuerda la aparición de La Gazeta de Buenos Ayres, el periódico impulsado por Mariano Moreno para difundir las ideas de la Revolución de Mayo. Pero también sirve para mirar otra historia: la de Florencio Varela, asesinado por escribir contra el poder. Dos ejemplos incómodos para una época en la que demasiados comunicadores viven de la pauta, del Estado y de la mentira organizada.
Cada 7 de junio se conmemora en la Argentina el Día del Periodista, en recuerdo de la aparición de La Gazeta de Buenos Ayres, el periódico creado en 1810 por impulso de Mariano Moreno para comunicar los actos de la Primera Junta y difundir las ideas de la Revolución de Mayo.
La fecha debería ser una celebración de la palabra libre, del coraje intelectual y de la prensa como límite frente al poder. Sin embargo, en la Argentina actual, muchas veces se ha convertido en una ceremonia de cinismo: funcionarios saludando periodistas que viven de la pauta oficial, periodistas agradeciendo al poder que los financia, y medios que se presentan como independientes mientras dependen del dinero público para sobrevivir.
El periodismo nació, en su mejor versión, como una incomodidad para el poder. Moreno entendía que la prensa debía servir para explicar, discutir y poner en circulación ideas políticas. No era neutralidad vacía: era batalla cultural, pero con nombre, firma y responsabilidad. La Gazeta no escondía su posición. Defendía una causa. La diferencia es que no se disfrazaba de independencia mientras cobraba para obedecer.
En esa misma tradición de pluma política y riesgo personal aparece Florencio Varela, periodista, escritor y opositor al rosismo. Nacido en Buenos Aires, exiliado en Montevideo y vinculado al Partido Unitario, Varela dirigió El Comercio del Plata, desde donde escribió duramente contra Juan Manuel de Rosas y contra el sitio de Montevideo encabezado por Manuel Oribe.
Su final fue brutal. El 20 de marzo de 1848, al llegar a su casa en Montevideo, fue atacado por la espalda y asesinado a puñaladas por Andrés Cabrera, un hombre que luego fue señalado como enviado desde el campo sitiador de Oribe. Varela no murió en una redacción cómoda ni protegido por un aparato estatal. Murió por escribir contra el poder en una época en la que la palabra podía costar la vida.

La historia de Varela sirve para recordar una verdad elemental: el periodista verdadero no es el que repite lo que conviene, sino el que está dispuesto a pagar un costo por decir lo que cree. Puede equivocarse, puede tener una mirada política, puede defender una causa, pero no debe vender su palabra al poder que debería controlar.
Y ahí aparece la gran degradación de nuestro tiempo. Hoy, buena parte del periodismo argentino —y también mundial— fue cooptado por el poder político, económico o ideológico. El Estado, los gobiernos, los organismos internacionales, las grandes corporaciones y las cajas de publicidad han reducido al periodismo a su mínima expresión: ya no como búsqueda de la verdad, sino como administración profesional del relato.
En Argentina, la pauta oficial convirtió a demasiados medios y comunicadores en empleados informales del poder. No necesitan un cargo público ni un despacho. Les alcanza con un convenio, una productora amiga, una campaña institucional, un municipio que pauta, una provincia que financia o un ministerio que sostiene. Después hablan de independencia, pero saben perfectamente quién paga la cuenta.
Ese no es periodismo libre. Es propaganda con credencial. Es militancia rentada. Es obediencia disfrazada de análisis. El periodista militante, al menos, dice de qué lado está. El mentiroso rentado hace algo peor: se presenta como neutral mientras cobra para callar, exagerar, ocultar o atacar según convenga al que financia.
La diferencia es moral. Un medio puede tener línea editorial, ideas claras y una posición política definida. De hecho, es más honesto decirlo abiertamente que fingir una objetividad que no existe. Lo inadmisible es usar el prestigio histórico del periodismo para encubrir negocios con el Estado, operaciones de prensa y dependencia económica del mismo poder que se dice controlar.

Por eso, el Día del Periodista debería ser menos brindis y más examen de conciencia. ¿De qué vive cada periodista? ¿Quién financia su voz? ¿A quién no puede criticar? ¿Qué tema evita porque toca al que paga? ¿Qué funcionario lo sostiene? ¿Qué pauta lo disciplina?
Mariano Moreno entendía la prensa como una herramienta para despertar a una sociedad. Florencio Varela pagó con su vida el precio de escribir contra los poderes de su tiempo. La vergüenza de hoy es ver cómo, en la Argentina y en buena parte del mundo, esa tradición fue reemplazada por mentirosos mercenarios que se hacen pasar por periodistas, pero no lo son. No defienden la verdad: administran obediencia. No incomodan al poder: lo protegen. Y cuando el periodismo deja de incomodar al poder, deja de ser periodismo para convertirse en una sucursal de la propaganda.
