La doble moral del feminismo: del «hermana, yo te creo» al silencio cuando el denunciado es un aliade
Nacho Levy, líder de Garganta Poderosa denunciado por sus ex parejas. La sororidad de las feministas es selectiva.
Durante años, el feminismo construyó uno de sus principales lemas alrededor de una consigna que se repitió hasta el cansancio: «Hermana, yo te creo». La idea era clara: «acompañar a las mujeres que denunciaban situaciones de violencia» y romper con décadas en las que las víctimas eran sistemáticamente desacreditadas.
Sin embargo, en los últimos años, los violentos y asesinos pertenecían al espacio político vinculado a la izquierda, ahí se comenzó a ver un fenómeno cada vez más evidente: cuando los denunciados pertenecen al propio espacio político, ideológico o militante del feminismo, esa consigna no aplica.
El caso que hoy rodea a Nacho Levy, fundador de La Garganta Poderosa y referente cercano a sectores del kirchnerismo y de la economía popular, volvió a poner esa contradicción en el centro del debate.
El caso Nacho Levy
Las denuncias públicas contra Levy comenzaron luego de que la psicóloga y sexóloga Cecilia Ce relatara situaciones que describió como maltrato psicológico durante la relación que mantuvieron.
En sus publicaciones habló de mecanismos de manipulación, control emocional y privación del sueño como forma de sometimiento psicológico. Posteriormente, otras mujeres comenzaron a compartir experiencias similares, describiendo comportamientos que, según ellas, respondían a un patrón repetido.
Las denuncias fueron ampliamente difundidas en redes sociales, pero la reacción de buena parte del feminismo organizado estuvo muy lejos del histórico «yo te creo».

Sororidad selectiva
Durante años el feminismo impulsó escraches inmediatos, cancelaciones públicas y condenas sociales prácticamente automáticas con los acusados.
Pero cuando las denuncias alcanzaban cada vez más a dirigentes, politicos, artistas o militantes vinculados a organizaciones progresistas o de izquierda, la respuesta cambió.
Con el caso de Levy, las frases del entorno como de Malena Pichot o Julia Mengolini fueron:
- «Hay que esperar.»
- «No conocemos toda la información.»
- «Hay que escuchar todas las versiones.»
- «No podemos responsabilizar a la organización.»
- «No mezclemos lo personal con el colectivo.»
Es decir, exactamente los argumentos que durante años el propio movimiento calificó como formas de revictimización cuando eran utilizados para defender a las personas ajenas a su espacio político. La prioridad es proteger la institución, no la víctima
Se evidencia cada vez más fuerte un cambio completo de criterio: En lugar de la condena inmediata aparecen llamados a la prudencia. En lugar del escrache aparecen pedidos de «esperar». En lugar del acompañamiento incondicional surgen dudas sobre los testimonios o llamados a preservar el proyecto colectivo.
Nacho Levy el «aliade»: su vínculo político
Levy no era una figura que pasaba desapercibida.
Fue uno de los fundadores de La Garganta Poderosa, una organización con fuerte presencia en barrios populares y estrechos vínculos con dirigentes del kirchnerismo, organismos de derechos humanos y referentes de la economía popular.
Durante años compartió actividades y espacios públicos con dirigentes como Juan Grabois y Caren Tepp además de mantener cercanía con numerosos referentes del progresismo argentino.
Su figura fue promovida desde distintos sectores como símbolo del trabajo territorial y de la militancia social.
Precisamente por esa centralidad, las denuncias generaron incomodidad dentro de espacios que históricamente levantaron las banderas del feminismo.
Una crítica que trasciende un caso puntual
El debate no se limita únicamente a Levy.
En los últimos años distintos episodios alimentaron cuestionamientos sobre la coherencia del movimiento feminista frente a denuncias que involucran a personas cercanas a sus propios espacios políticos o culturales.

Quienes cuestionan esa dinámica sostienen que el criterio para acompañar a una denunciante no debería depender de la ideología del acusado.
Si el principio era creer y escuchar a las víctimas, argumentan, ese estándar debería mantenerse independientemente de quién resulte señalado, en este caso, las compañeras afirman que ya sabían que el denunciado era violento pero eligieron hacer silencio.

La hipocresía feminista: doble vara y falsas denuncias
Además hay algo que carece de sentido común, el feminismo con su ideologia cooptó la justicia y puso de moda hacer falsas denuncias, y para eso sí están todas de acuerdo produciendo daños enormes destruyendo la vida de personas inocentes y, al mismo tiempo, cuando hay mujeres que sufren realmente, ¿se encargan de debilitar la credibilidad de quienes sí son verdaderas víctimas cuando el agresor comparte espacio politico?
Hay una contradicción que resulta difícil de ignorar. Durante años, sectores del feminismo impulsaron una lógica donde muchas veces bastaba una acusación pública para condenar socialmente a una persona, con consecuencias que en algunos casos alcanzaron a personas que luego fueron sobreseídas, absueltas o con años de cárcel aunque fueran inocentes. Ese clima contribuyó a naturalizar la idea de que la denuncia equivalía automáticamente a la culpabilidad, debilitando principios básicos como la presunción de inocencia y dejando daños irreparables sobre personas inocentes.
Sin embargo, cuando las denuncias alcanzan a referentes o militantes de su propio espacio político, el discurso cambia: ya no aparece el «hermana, yo te creo», sino el silencio, las dudas, los pedidos de prudencia o la defensa de la institución. Esa doble vara no solo expone una profunda incoherencia, sino que también termina perjudicando a las mujeres que realmente sufren violencia, porque erosiona la confianza pública en las denuncias y transmite la idea de que el acompañamiento depende de la identidad política del acusado y no de la gravedad de los hechos denunciados.


