Elegancia: la mejor respuesta cuando se acaban los argumentos

La verdadera firmeza no necesita gritos ni agravios. Mantener la serenidad, utilizar la ironía con inteligencia y defender las ideas sin perder las formas también es una manera de librar la batalla cultural.

Elegant Suit

La elegancia es la cualidad de combinar gracia, sencillez, proporción y distinción en el comportamiento, la expresión o la estética, reflejando armonía y naturalidad sin necesidad de excesos.

Puede manifestarse de diferentes maneras.

La elegancia estética o visual aparece en el diseño, la moda o la arquitectura mediante líneas limpias, colores sobrios, simetría y ausencia de estridencias.

La elegancia social se expresa mediante los buenos modales, la cortesía natural, la empatía y la discreción en el trato con los demás.

La elegancia en el movimiento se reconoce por la fluidez, la postura equilibrada y la economía de esfuerzo al caminar o gesticular.

Y existe también una elegancia intelectual: la claridad de pensamiento, la capacidad de resolver problemas con serenidad y el talento para expresar ideas complejas de manera sencilla y precisa.

Un pequeño cuento humorístico lo refleja perfectamente.

Cuando tenga que dar una excusa, que sea con elegancia

Un conocido lord inglés reunía todos los martes a sus amistades para tomar el té a la hora señalada en su palacio de Bloodshire.

Cierto martes, el puntualísimo caballero no apareció y los invitados comenzaron a preguntarse qué había ocurrido.

En determinado momento apareció el mayordomo y, con típico british accent, comunicó:

—Señores, milord les pide disculpas por la demora. Después de mucho tiempo se ha reencontrado con su vieja y querida amiga Lulú, de París. Si puede, dentro de una hora estará con ustedes. Y si no puede, dentro de cinco minutos. Muchas gracias.

La ironía y la elegancia pueden ir perfectamente de la mano.

Y también pueden convertirse en una formidable herramienta para la comunicación.

Discutir sin perder las formas

Cuando existen discusiones o debates, la elegancia verbal consiste muchas veces en desarmar la falta de respeto del otro sin abandonar la propia serenidad.

Recurrir a los gritos, las descalificaciones o la grosería suele demostrar que los argumentos comenzaron a agotarse.

En esos casos, la contundencia de un límite bien colocado reside precisamente en la calma, la precisión y la ausencia de dramatismo con la que se pronuncia.

Hay infinidad de ejemplos:

—“Admiro tu firmeza, sobre todo considerando lo poco que dominás el tema”.

—“Tener derecho a expresarte no obliga a nadie a considerar válido lo que decís”.

—“Tu tono de voz sube al mismo ritmo que cae el peso de tu argumento”.

—“Admiro tu capacidad para hablar sin conocimiento”.

—“Creo que sos la primera persona que conozco que alcanzó su máximo potencial”.

—“Tengo envidia de la gente que todavía no te conoce”.

—“Te lo explicaría más despacio, pero no creo que la velocidad sea el problema”.

—“Me sorprende tu capacidad para hablar antes de pensar”.

—“Por gente como vos los Power Rangers anuncian sus colores y el papel higiénico trae instrucciones”.

—“Te daría la razón, pero entonces estaríamos equivocados los dos”.

—“Vas a llegar muy cerca”.

Y tal vez una de las mejores:

—“Me encanta cómo no dejás que los hechos se interpongan con tu opinión”.

La ironía funciona precisamente porque evita entrar en el terreno de la agresión directa.

La serenidad también es firmeza

El dominio de una discusión se demuestra muchas veces cuando la contraparte intenta hacernos perder el equilibrio y encuentra únicamente calma.

Poner un límite jamás requiere necesariamente descender a la agresión.

Firmeza y educación son perfectamente compatibles cuando existe claridad en las ideas.

La agudeza mental, como cualquier herramienta poderosa, no debería utilizarse para infligir daño gratuitamente, sino para defenderse, establecer fronteras, desmontar una provocación y retirarse de una discusión sin perder la compostura.

Este concepto resulta especialmente importante en la denominada batalla cultural liberal.

Cuando una persona escribe en las redes sociales debe recordar que su mensaje no es leído únicamente por aquel con quien está discutiendo.

Hay cientos o miles de observadores silenciosos, provenientes de diferentes ideas políticas, que también están evaluando argumentos, actitudes y formas.

Por eso, cada discusión puede transformarse en una oportunidad.

No necesariamente para convencer a quien está enfrente, sino para demostrar ante quienes observan que es posible defender las propias ideas con racionalidad, datos, firmeza, elegancia y, cuando corresponde, una dosis inteligente de ironía.

Desde una perspectiva liberal, eso implica cuestionar aquellas ideas que restringen las libertades individuales y defender principios como la vida, la libertad y la propiedad.

Pero incluso las convicciones más firmes pierden fuerza cuando son acompañadas únicamente por el insulto.

Porque gritar más fuerte no significa tener más razón.

Y quizás allí se encuentre la verdadera elegancia intelectual:

decir exactamente lo que uno piensa sin necesidad de perder la educación para hacerlo.

Miguel A. Morra
Miguel A. Morra
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