Así muere la libertad: con un estruendoso aplauso
De Roma a la Argentina del siglo XXI, la historia muestra cómo sociedades enteras pueden entregar su libertad mientras creen estar defendiendo un bien superior. Una reflexión sobre el poder, el miedo y el cambio de paradigma iniciado en 2023.
“La libertad individual es el límite sagrado en que termina la autoridad del Estado”.
Juan Bautista Alberdi
Se llamaba Lucrecia y pertenecía a la nobleza romana. Eso no le importó a Tarquino, hijo del último rey de Roma, acostumbrado a la impunidad.
Intentó abusar de ella y Lucrecia terminó muerta. Aparentemente se suicidó, o la suicidaron.
“No podemos condenar al príncipe —dijeron los jueces y nobles— porque el cielo va a caernos encima. Mejor tomemos a un infeliz de las calles, lo hacemos responsable, lo ejecutamos y listo”.
Pero la verdad siempre se abre camino. Esta vez lo hizo en horas.
Fiat justitia ruat caelum: que se haga justicia aunque se caiga el cielo, repetía la gente.
Ese día, 509 años antes de Cristo, los romanos eligieron la grandeza sobre el miedo y la obediencia.
1933
Los alemanes aplauden a Adolf Hitler cuando deja el Hotel Kaiserhof después de asumir como canciller en Berlín, Alemania.
1936
La victoria en la Segunda Guerra Ítalo-Etíope y la proclamación del Imperio marcaron el momento de mayor entusiasmo nacionalista, con multitudes aclamando y aplaudiendo a Benito Mussolini desde el balcón del Palazzo Venezia.
1945 – 1972 – 1974
Perón es aplaudido por multitudes el Día de la Lealtad, el día de su regreso a la Argentina y durante su último discurso.
1982
Leopoldo Galtieri, presidente de facto de la Argentina, es aplaudido en Plaza de Mayo cuando las Fuerzas Armadas tomaron posesión de las Islas Malvinas.
2020
Un coronavirus comienza su contagio en un país donde no están vigentes las libertades individuales básicas y, desde allí, se expande hacia muchos otros países. Una especie de Chernóbil, pero no por radiactividad sino por un virus.
Con la tecnología existente, desarrollada fundamentalmente en países donde existen y se protegen las libertades individuales, se logró determinar rápidamente las características del virus, su impacto sobre el ser humano y sus formas de transmisión.
El virus se propagaba cuando una persona infectada hablaba, tosía o estornudaba y pequeñas gotas y partículas respiratorias llegaban al ambiente. También se investigó durante aquellos primeros meses su permanencia sobre distintas superficies y las posibles vías de contagio.
Con el avance de la pandemia comenzó a quedar claro que el riesgo no era idéntico para toda la población y que determinados grupos —especialmente adultos mayores y personas con ciertas condiciones previas— enfrentaban una probabilidad considerablemente mayor de desarrollar cuadros graves.
La existencia de personas infectadas sin síntomas evidentes dificultaba todavía más la prevención de la propagación.
Frente a estos datos, la discusión central debía ser cuál era la estrategia más racional para proteger a los vulnerables sin paralizar completamente a la sociedad.
Pero se desató una paranoia generalizada, estimulada por intelectuales y una parte de la prensa adicta a la intervención estatal. Se asoció la pandemia con una guerra, se tomaron medidas de aislamiento obligatorio sobre prácticamente toda la población y se suspendieron actividades bajo una falsa dicotomía: salud o economía.
Y a las 21 horas, todos los presos en sus propios hogares salían a las ventanas o balcones para aplaudir.
En los aplausos de los últimos cien años hubo, demasiadas veces, un punto en común: la muerte de la libertad.
Los aplausos de 1933 y 1936 precedieron a una Segunda Guerra Mundial que provocó decenas de millones de muertos y se convirtió en el conflicto más mortífero de la historia.
Los de 1945, 1972 y 1974 acompañaron la consolidación de un modelo político que, desde esta perspectiva, contribuyó a una decadencia sin precedentes en un territorio potencialmente muy rico.
Los de 1982 nos llevaron a una guerra con Gran Bretaña que era razonable prever extremadamente difícil de ganar, a pesar de la excelente actitud, valentía y honor de la inmensa mayoría de los integrantes de las Fuerzas Armadas y de los civiles involucrados directamente.
Los aplausos de 2020 fueron, quizás, lo más parecido a un síndrome de Estocolmo: ciudadanos encerrados aplaudiendo a quienes habían dispuesto ese encierro.
En todos ellos, el factor común fue la ausencia de razonamiento relacionado con la defensa de la libertad individual, tal vez obnubilado por un concepto de “bien común” que los jerarcas del momento direccionan según su conveniencia.
La pandemia dejó además una discusión que todavía merece ser analizada. Una parte considerable de los profesionales de las ciencias médicas apoyó o sugirió restricciones severas a la circulación y al contacto social. Al mismo tiempo, buena parte de quienes tenían poder de decisión política optó por seguir esas recomendaciones.
Para el dirigente, además, existía un incentivo evidente: si hacía lo que recomendaban los especialistas y las consecuencias eran negativas, podía ampararse en el criterio médico. En cambio, asumir una estrategia diferente significaba cargar personalmente con el costo político de cualquier resultado adverso.
Y la intervención sobre prácticamente todos los aspectos de la vida de las personas era, para muchos gobiernos, terreno conocido.
En la práctica ocurrió algo previsible: la actividad económica, que es la que sostiene materialmente a la sociedad, cayó abruptamente. Los gobiernos debieron asistir con dinero a quienes ya no podían producir porque estaban confinados.
Los países desarrollados, con capital acumulado o posibilidades de endeudamiento, pudieron sostener ese esquema durante algún tiempo. Pero tampoco era una solución permanente.
2023: el cambio de paradigma
En el año 2023 hubo un cambio de paradigma en una Argentina en decadencia.
En silencio se votó y, con los resultados, se aplaudió.
Pero esta vez la frase del título podía invertirse:
Así nace la libertad
También con un estruendoso aplauso
Ese día, los argentinos, igual que aquellos romanos, eligieron la grandeza sobre el miedo y la obediencia. El horizonte racional se transformó en coherencia y el presidente elegido, Javier Milei, comenzó a proyectarse como una referencia internacional del ideario liberal.
Desde su llegada a la Casa Rosada, el Gobierno impulsó cientos de modificaciones destinadas a eliminar impuestos, regulaciones y obstáculos a la producción. Y ahora se aproxima uno de los cambios que puede resultar más importantes para el presente y el futuro: la transformación del Banco Central de la República Argentina.
BCRA: de sincerar las pérdidas a intentar cerrar la emisión fiscal
El proceso puede dividirse en cinco etapas.
Etapa 1 – Diagnóstico y primera intervención
Cuatro medidas —devaluación, tasas reales negativas, licuación y sinceramiento contable— redujeron el peso real de la deuda y permitieron hacerla más manejable antes de comenzar, durante 2024, a desarmar estructuralmente los pasivos remunerados.
Etapa 2 – Se desarma la “bomba” de pasivos remunerados del BCRA
El cambio fue significativo: se avanzó en la eliminación del déficit cuasifiscal mediante la sustitución de instrumentos financieros con vencimiento diario o de muy corto plazo y se trasladó deuda hacia quien era, en última instancia, el deudor: el Tesoro.
A partir de allí, el rendimiento de esos instrumentos de absorción de liquidez pasó a quedar vinculado a los recursos fiscales y, por lo tanto, a la sostenibilidad del superávit primario.
La estabilidad del esquema quedó atada de manera mucho más directa a la salud de las cuentas públicas.
Etapa 3 – Sinceramiento de la deuda en dólares y limpieza de las LeFi
Aquí el diagnóstico también estaba claro: durante años, el Tesoro había retirado dólares del Banco Central entregándole a cambio Letras Intransferibles denominadas en moneda estadounidense, instrumentos sin mercado líquido y con tasas testimoniales.
Esta ingeniería contable inflaba el activo del BCRA con papeles de difícil realización mientras convivía con reservas netas profundamente deterioradas.
Parte del proceso de cancelación se realizó con recursos provenientes del acuerdo con el FMI. El objetivo fue sustituir activos de baja liquidez por divisas de disponibilidad efectiva y mejorar la composición patrimonial del Banco Central.
Además, el Tesoro redujo parte de su perfil de vencimientos con el propio sector público.
No todo fue lineal ni color de rosas. Durante 2025 hubo episodios que recordaron que la volatilidad continuaba latente y que la confianza no se recupera de un día para otro.
Etapa 4 – Saneamiento y desactivación de pasivos contingentes
Para mayo de 2026, otro de los pasos centrales consistía en eliminar pasivos contingentes que todavía podían representar una amenaza para la estabilidad monetaria.
Entre ellos estaban las opciones de liquidez —los denominados puts— que el Banco Central había otorgado a entidades financieras sobre títulos del Tesoro.
Estos instrumentos permitían a los bancos venderle sus bonos soberanos al BCRA a un precio garantizado durante episodios de estrés, generando el riesgo de que la autoridad monetaria debiera expandir la cantidad de pesos.
La cancelación de esos instrumentos buscó dos objetivos simultáneos: recuperar mayor control sobre la base monetaria y eliminar un mecanismo indirecto mediante el cual el sistema financiero podía provocar una expansión de liquidez.
Con el frente de los pasivos más ordenado, el proceso continuó con operaciones entre el Tesoro y el Banco Central destinadas a cancelar Letras Intransferibles y mejorar la calidad de los activos de la autoridad monetaria.
Etapa 5 – El “candado institucional”: modificar la Carta Orgánica
En esta línea histórica llegamos al punto actual.
El Gobierno de Javier Milei avanzó con un proyecto para modificar la Carta Orgánica del Banco Central y colocar un candado legal a la utilización de la emisión monetaria para financiar al Fisco.
Después de más de dos años de reingeniería patrimonial, la prueba de fuego pasa a ser institucional.
En términos generales, el objetivo es otorgar mayor independencia al BCRA y concentrar su misión en preservar el valor de la moneda y la estabilidad de precios, modificando el esquema establecido por la reforma de 2012, que había incorporado objetivos vinculados con el desarrollo, el empleo y la equidad social.

Si por ley se restringe severamente el crédito del Banco Central al sector público, se clausura una de las vías históricas utilizadas para financiar el déficit mediante emisión.
El recorrido iniciado a fines de 2023 representa así una profunda transformación del funcionamiento y del balance de la autoridad monetaria.
Sin embargo, el análisis macroeconómico exige no perder de vista el desafío que permanece abierto: al clausurar el financiamiento directo del Banco Central y trasladar buena parte de la gestión de liquidez hacia el mercado de deuda pública, la estabilidad monetaria pasa a depender todavía más de la capacidad del Tesoro para sostener el equilibrio fiscal y renovar permanentemente la confianza del mercado.
Desde la década del treinta del siglo pasado, los PFS —Populistas, Fascistas y Socialistas—, que pueden verse como los mismos libros con distintas tapas porque restringen las libertades individuales en nombre de un supuesto “bien común”, fueron, desde esta perspectiva, responsables de buena parte del proceso inflacionario que sufrió la Argentina.
Un “bien” que demasiadas veces terminó beneficiando a los jerarcas, mientras lo “común” para la población fue la pérdida progresiva de libertad.
Y muchos de esos procesos, como recuerda la historia, también comenzaron o se consolidaron con un estruendoso aplauso.
