La cinta de Möbius: una metáfora para comprender las relaciones tóxicas y el poder

A partir de la conocida cinta de Möbius, propongo una reflexión sobre los mecanismos de manipulación de los psicópatas, golpeadores y abusadores, y el paralelismo que, a mi entender, puede establecerse con determinados liderazgos políticos.

Cinta de Mobius

La expositora del seminario comenzó diciendo:

—Para hablar sobre este tema voy a presentar un escrito de hace varios años. Para comprender cómo es el esquema relacional de las personas tóxicas y su entorno, puede hacerse un paralelismo con la cinta de Möbius.

Psicópatas, golpeadores y abusadores

Como toda cinta, a simple vista parece que tiene dos caras, pero en realidad tiene una sola. Del mismo modo ocurre con muchas personas, en especial con psicópatas, golpeadores y abusadores.

¿Cómo podemos comprobar que tiene una sola cara y algunas otras cualidades? Para ello tengo tres cintas de papel blanco de cincuenta centímetros de largo por tres centímetros de ancho, una birome y cola para pegar el papel.

Tomamos una de ellas y unimos sus puntas con una gota de cola, luego de darle medio giro a uno de sus extremos. Obtendremos una cinta similar a la de la imagen.

Repetimos el procedimiento con las otras dos y tendremos tres cintas de Möbius.

Toda mujer que ha convivido con un golpeador o abusador suele creer, al principio, que esa persona tiene dos caras: una bondadosa, coherente y amable, y otra prepotente y violenta que aparece según las circunstancias. Sin embargo, no es así, del mismo modo que sucede con estas cintas.

Para comprobarlo, tomamos una de ellas, la apoyamos sobre la mesa y colocamos la birome en el centro, como si fuéramos a escribir. En lugar de mover la lapicera, la mantenemos firme mientras hacemos girar la cinta hasta completar una línea continua que termina uniéndose consigo misma.

Al observar el resultado, vemos que, sin haber levantado nunca la birome, la línea recorrió completamente las aparentes dos caras de la cinta. Es decir, la cinta tiene una sola cara. Igual que estas personas.

Las víctimas suelen creer que, si esa persona tiene dos “caras”, podrán eliminar la parte mala y conservar la buena. Si suponemos que la parte negativa representa la mitad de su personalidad, bastaría tomar una tijera, realizar un pequeño corte longitudinal y comenzar a cortar la cinta por el medio para deshacerse de esa mitad. Pero, ¿qué ocurre cuando el corte vuelve a unirse?

Queda una sola cinta, el doble de larga y con la mitad del ancho original. Ya no es una cinta de Möbius, porque tiene dos vueltas. Es decir, terminó siendo más larga y más complicada. Se perdió tiempo y esfuerzo sin mejorar nada; por el contrario, se obtuvo algo peor.

Pero la víctima continúa pensando que algo bueno debe quedar y vuelve a intentarlo, convencida de que podrá eliminar dos terceras partes negativas de esa persona.

Para representarlo, tomamos la tercera cinta y realizamos un corte longitudinal a un centímetro del borde, aproximadamente un tercio de su ancho. Cortamos manteniendo siempre esa distancia hasta completar todo el recorrido.

¿El resultado?

Quedan dos cintas separadas, pero una enlazada dentro de la otra. La más pequeña, que sigue siendo una verdadera cinta de Möbius, representa a la víctima. La otra, mucho más grande y con varias vueltas, representa al manipulador. La víctima permanece unida a él, cada vez más pequeña y dependiente, mientras el agresor se vuelve aún más complejo y dominante. Nuevamente se perdió tiempo, esfuerzo y quizá también parte de la propia identidad.

El verdadero desafío siempre consiste en reconocer a una persona de estas características antes de construir una relación importante.

Estas personas son como los camaleones: cambian de personaje y de aspecto según la ocasión. Intentar distinguirlas únicamente por su imagen no resulta sencillo, pero existen rasgos afectivos e interpersonales que suelen repetirse.

Son seductores, generan una buena primera impresión, son buenos oradores, aparentan seguridad, se manejan con arrogancia, se muestran carismáticos y conmovedores e incluso parecen preocuparse por los más débiles o por determinadas causas sociales. Todo forma parte de una ficción destinada a captar a quien será su víctima.

La manipulación, la mentira y el engaño constituyen sus principales herramientas de persuasión.

Su mayor satisfacción consiste en anular la voluntad del otro para demostrar superioridad. Simulan sentir amor, pero son insensibles y carecen de remordimientos. Son egocéntricos, solo valoran a quienes los adulan, no toleran las críticas, jamás asumen errores, responsabilizan siempre a terceros, tienen dificultades para controlar sus impulsos y suelen moverse permanentemente en el límite de la legalidad.

Quien quiera protegerse de una relación tóxica y peligrosa debería tener presentes estas características y desarrollar un razonamiento claro.

Antes de enviar este escrito para su publicación lo revisé buscando errores. En lugar de encontrarlos, descubrí otra cosa: un paralelismo que considero sorprendente con determinados dirigentes populistas, fascistas y socialistas.

Las mismas características descriptas anteriormente parecen repetirse.

Cambian de personaje según la ocasión, buscan seducir al electorado, generan una buena primera impresión, apelan a discursos emotivos, prometen proteger a los sectores más vulnerables y construyen relatos destinados a captar voluntades.

La manipulación, la mentira y el engaño vuelven a ocupar un lugar central como herramientas de persuasión.

También se caracterizan por el egocentrismo, la intolerancia hacia quienes piensan distinto, la dificultad para asumir errores y la tendencia permanente a responsabilizar a otros por sus propios fracasos.

Quien quiera protegerse de este tipo de liderazgos debería aplicar el mismo razonamiento que utilizaría para evitar una relación personal tóxica.

Ya sabemos que aparentan tener dos caras, pero en realidad tienen una sola. Si los acompañamos creyendo que podremos cambiar su parte negativa, solo conseguiremos fortalecerlos. En el peor de los casos, terminaremos atados a ellos, transformándonos en personas parecidas y absolutamente dependientes de sus delirios, sin posibilidades de decidir con libertad, so pena de ser maltratados o incluso muertos.

Piense en cualquier dirigente populista, fascista o socialista antes y después de una elección, o durante el ejercicio del poder. Allí podrá verificar por sí mismo muchas de estas “cualidades”.

Aunque el liberalismo logró un avance muy importante al llegar a la Casa Rosada, cuando pocos creían que era posible, una buena parte de la sociedad argentina aún permanece inmersa en una relación de dependencia con muchos gobernadores, legisladores, intendentes y funcionarios que ocupan cargos políticos.

Creo que la defensa de la Vida, la Libertad y la Propiedad constituye el esquema racional que puede mejorar el bienestar de todos. En una palabra: el liberalismo. Por eso considero que vale la pena continuar dando la batalla cultural y política hasta el fondo.

Miguel A. Morra
Miguel A. Morra
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