El «Síndrome de Estocolmo ideológico»: por qué mujeres occidentales apoyan agendas que las perjudican
La adhesión de sectores del electorado femenino occidental a determinadas agendas progresistas plantea una paradoja: movimientos que se presentan como defensores de los derechos de las mujeres terminan respaldando políticas que, según esta columna, pueden entrar en contradicción con su seguridad, su autonomía y conquistas históricas.
En la historia de la psicología política, pocos fenómenos resultan tan fascinantes —y al mismo tiempo alarmantes— como la adhesión irrestricta de un colectivo a doctrinas o movimientos que, en la práctica, pueden terminar socavando sus propios derechos, su seguridad y su libertad.
Si a nivel individual el Síndrome de Estocolmo describe el vínculo afectivo que una víctima puede desarrollar hacia su captor, en la esfera sociocultural puede utilizarse, a modo de analogía, para analizar un fenómeno colectivo: la firme alianza de amplios sectores del electorado femenino occidental con determinadas agendas de la izquierda radical.
La construcción de la masa militante: del feminismo a la interseccionalidad
Durante las últimas décadas, la izquierda política logró una fuerte hegemonía cultural al apropiarse de causas con alta carga emotiva: el feminismo, las reivindicaciones del colectivo LGBT, el animalismo y el ambientalismo. Bajo el paraguas de la llamada “interseccionalidad”, estas causas fueron integradas dentro de un mismo marco ideológico, en el que muchas veces la crítica interna encuentra fuertes mecanismos de sanción social.
A las mujeres se les presentó durante años el relato de que la izquierda constituye su “protectora natural” frente a una supuesta opresión patriarcal ancestral. Sin embargo, detrás del discurso de empatía y diversidad comenzaron a emerger contradicciones conceptuales y pragmáticas.
Las contradicciones del dogma: identidad, derechos y seguridad
En primer lugar, la adopción irrestricta de determinadas corrientes contemporáneas vinculadas con la identidad de género abrió una discusión acerca del lugar de la mujer como sujeto de derecho biológico y social. Espacios de intimidad, categorías deportivas y conquistas históricas femeninas comenzaron a entrar en tensión con una agenda queer que, paradójicamente, cuestiona la propia definición de “mujer” que el feminismo tradicional buscó reivindicar.
Sin embargo, la contradicción más delicada aparece en el ámbito de la seguridad pública y las políticas migratorias.
En Europa, numerosos partidos y colectivos de izquierda respaldaron durante años políticas migratorias amplias, incluyendo la recepción de importantes contingentes procedentes de sociedades donde persisten concepciones fuertemente restrictivas sobre la autonomía femenina, la igualdad entre hombres y mujeres y los derechos de las minorías sexuales.
En países como Suecia, Alemania, Francia o España, los debates sobre inmigración y seguridad incorporaron durante los últimos años cuestiones relacionadas con delitos sexuales, agresiones grupales, integración cultural y violencia contra las mujeres.
La existencia de esos problemas no permite responsabilizar colectivamente a los inmigrantes ni a una religión determinada. Pero tampoco debería impedir analizar las dificultades de integración cuando determinados valores o prácticas chocan directamente con principios occidentales como la igualdad ante la ley, la libertad individual y los derechos de las mujeres.
Ante esta realidad, parte del debate político responde muchas veces con silencios, relativizaciones o acusaciones cruzadas. Algunas de las mismas plataformas que denuncian con dureza el denominado “patriarcado occidental” muestran una actitud considerablemente más cautelosa cuando las vulneraciones de derechos ocurren dentro de comunidades consideradas minoritarias o culturalmente protegidas.
Un fenómeno de sometimiento social
¿Cómo explicar que una persona justifique o incluso respalde marcos políticos que pueden entrar en contradicción con intereses, valores o derechos que considera fundamentales?
Es aquí donde puede utilizarse, como metáfora política, el paralelismo con el Síndrome de Estocolmo.
A nivel social, el miedo a la condena pública, al ostracismo o a recibir determinadas etiquetas funciona muchas veces como un mecanismo de disciplina dentro de los espacios políticos y culturales.
Muchas mujeres pueden terminar asumiendo determinadas posiciones no solamente por convicción, sino también por la necesidad de mantenerse dentro de una “tribu” ideológica que proporciona pertenencia, aceptación y una determinada identificación moral.
Se genera así una dependencia política respecto de una estructura ideológica que promete protección, pero que puede entrar en contradicción con algunos de los intereses que originalmente decía defender.
El necesario despertar crítico
La libertad real requiere, ante todo, capacidad de juicio crítico y apego a los hechos por encima de cualquier forma de manipulación emocional.
Continuar justificando políticas que puedan afectar la seguridad, la cultura o los derechos de las mujeres simplemente para preservar determinada corrección política no constituye necesariamente un avance. Puede transformarse, por el contrario, en una forma de autoengaño colectivo.
Es necesario señalar la paradoja: la defensa de la mujer no debería quedar subordinada a ninguna ideología ni aceptar contradicciones únicamente porque provengan del propio espacio político.
La protección de sus derechos exige volver a principios elementales: razón, Estado de derecho, igualdad ante la ley, sentido común y, fundamentalmente, libertad individual.
