Guardianes de la patria verde: el legado de los Parques Nacionales argentinos
Cada 6 de noviembre, la Argentina recuerda el gesto fundacional del Perito Moreno y una tradición de conservación que convirtió a nuestro país en pionero continental. La protección de la naturaleza, la soberanía territorial y el desarrollo responsable forman parte de un mismo legado histórico.
Por Miguel Morra y Ricardo Nogara
Cada 6 de noviembre, la Argentina conmemora el Día de los Parques Nacionales. Lejos de constituir una simple fecha en el calendario escolar, esta jornada evoca una de las visiones institucionales más vanguardistas de la historia sudamericana: la decisión de resguardar el patrimonio natural no solo como un recurso estratégico, sino como un pilar fundamental de la soberanía, la identidad y el futuro de la nación.
La génesis de esta política pública sitúa al país a la vanguardia internacional, convirtiendo a la Argentina en el tercer país de América —después de Estados Unidos y Canadá— en establecer un sistema de parques nacionales.
El gesto del Perito Moreno y la institucionalización del sistema
El hito fundacional se remonta al 6 de noviembre de 1903. En esa fecha, el destacado científico, explorador y geógrafo Francisco Pascasio Moreno —el Perito Moreno— dirigió una carta al Gobierno nacional mediante la cual donaba tres leguas cuadradas de superficie (unas 7.500 hectáreas) emplazadas en el extremo oeste del brazo Blest del lago Nahuel Huapi.
Dichas tierras le habían sido otorgadas por el Congreso de la Nación en reconocimiento a su labor como perito de límites en la delimitación fronteriza con Chile. Sin embargo, en un acto de desprendimiento y visión de futuro, desprovisto de especulación comercial, Moreno solicitó expresamente que la finca fuera conservada como un «parque público natural», accesible para todos los habitantes y protegido para las generaciones venideras.
En 1907, esa superficie inicial fue ampliada, constituida formalmente en 1922 como el Parque Nacional del Sud y ratificada más tarde bajo la ley que dio origen al emblemático Parque Nacional Nahuel Huapi.
Lo que comenzó como una donación patriótica tomó dimensión de política de Estado en 1934. Con la sanción de la Ley N.º 12.103, la Argentina creó la Dirección de Parques Nacionales (hoy Administración de Parques Nacionales) y declaró formalmente los dos primeros grandes parques nacionales del país: Nahuel Huapi e Iguazú.
La visión de los pioneros de la conservación comprendió tempranamente dos verdades fundamentales:
1. Soberanía y territorio: Proteger las fronteras naturales y los biomas estratégicos del país —desde los bosques andino-patagónicos hasta las selvas subtropicales— era una forma de consolidar la presencia nacional y resguardar cuencas hídricas críticas.
2. Desarrollo sin destrucción: La preservación de la naturaleza no era antagónica con el progreso. Los parques se convirtieron en motores de integración regional, investigación científica y turismo de escala global.
En la actualidad, el sistema comprende decenas de parques nacionales, reservas y monumentos naturales que abarcan desde los hielos continentales de Santa Cruz hasta las yungas salteñas, pasando por el monte centro-occidental, los pastizales pampeanos y el litoral marítimo y fluvial.
Conservación, libertad y futuro
Frente a los relatos catastróficos que conciben la preservación como una prohibición coercitiva de la actividad humana, el modelo argentino histórico demuestra lo contrario: la verdadera conservación florece allí donde hay seguridad jurídica, investigación científica abierta y desarrollo responsable.
El cuidado de las áreas protegidas garantiza bienes públicos esenciales: la preservación de una biodiversidad única, la regulación climática, el resguardo del agua dulce y el incentivo al emprendimiento turístico privado, que genera empleo e infraestructura en comunidades rurales e históricamente postergadas.
Recordar el inicio de los Parques Nacionales es honrar la premisa de que la riqueza de un país se mide tanto por su capital productivo como por el respeto inteligente hacia su patrimonio natural.
A más de un siglo de aquel gesto del Perito Moreno, el desafío contemporáneo consiste en administrar estas reservas con máxima eficiencia, desburocratizar su gestión y resguardar su biodiversidad de las amenazas del fuego y la usurpación ilegal.
Proteger nuestros parques es resguardar la libertad de las generaciones futuras para contemplar, estudiar y disfrutar la Argentina en toda su majestuosidad.
Furtivismo y especies exóticas: una historia de guardaparques en la Patagonia
Entre ciervos colorados, especies invasoras y recorridas a caballo por los bosques patagónicos, el guardaparque nacional Ricardo L. Nogara recupera una experiencia vivida en el Parque Nacional Lanín. Una historia de conservación, cazadores furtivos y encuentros inesperados en plena cordillera.
La especie humana vivió y vive buscando nuevos horizontes, quizás porque el hombre no soporta quedarse en su casa haciendo las tareas domésticas… y por ello buscó y buscó excusas para rajarse por ahí, enfrentarse en batallas de conquista y perderse en los bosques en busca de alguna presa, cosa de volver al hogar con algo para que la doña cocine y no lo regañe por su ausencia.
Y de esa forma, se talaron árboles para construir inmensos barcos que atravesaron los océanos, y en ellos no solo iban hombres y mujeres, sino alguna semillita o plantita que, como recuerdo de su viejo continente, sería sembrada en el futuro asentamiento. Más adelante, también se trasladaron diversas especies animales, como vacas, ovejas, caballos, chivos, cerdos, gallinas, etc.
Y como siempre era poco lo que encontraban por estos pagos, al señor Luro se le ocurrió traer a su establecimiento pampeano ciervos desde Europa con fines cinegéticos, que hoy pueblan los parques nacionales Lanín y Nahuel Huapi, con franca expansión hacia el sur.
Ni hablar del desastre que causaron al traer castores a Ushuaia desde Canadá. Hoy es ciertamente un caso grave, ya que este simpático bicho no encontró predadores naturales en la Isla Grande de Tierra del Fuego, como en su lugar de origen.
Y mejor no hablemos de las especies arbóreas que llegaron de la mano del hombre para dispersarse y acabar con las pobres nativas, que se habían adaptado desde hacía milenios.
Es que, de los miles de plantas y cientos de animalitos que fueron llegando, no todos prosperaron, por suerte, ya que en sitios como las selvas los nichos ecológicos se encuentran bien cubiertos y les resulta muy difícil encontrar uno nuevo.
Pero en nuestro querido bosque patagónico esto no fue así. Es como que el ambiente los estaba esperando para que se produjera la catástrofe.
Y hoy podemos ver cómo los pinos se dispersan por todos lados y los sauces cubren las costas de los ríos que bajan de la cordillera para cruzar hacia el Atlántico. La rosa mosqueta y la retama cubren las zonas que antes se utilizaban para pastoreo, mientras que los jabalíes están cada vez más cerca de los sitios poblados. ¡Por suerte, a nadie se le ocurrió traer osos y lobos!
Desde Parques Nacionales se trabaja mucho para controlar estas especies, ya sean vegetales, animales o bien insectos, como la tan molesta avispa chaqueta amarilla, que en pleno verano no te deja comer tranquilo al aire libre porque se mete en tu comida y, si te llega a picar, ¡tenés que ir urgente al hospital antes de que se te cierre la glotis!
Pero como el hombre no abandonó sus prácticas ancestrales de salir a buscar comida, y no precisamente al supermercado, hoy tenemos una diversidad de cazadores que llegan a San Martín de los Andes y Bariloche para perderse en los cotos de caza deportiva de varias estancias y también de algunos sectores de áreas protegidas del Parque Nacional.
En Lanín, esa área específica está en la cuenca de los lagos Lolog y Curruhué, principalmente. Y el acceso legal a esos cotos, de no menos de 1.500 hectáreas, sale a remate público en el mes de noviembre para que luego, desde marzo a mayo, los dueños de esos espacios prueben suerte buscando un buen trofeo de ciervo o jabalí, durante unos siete días o el tiempo que hayan comprado para su cacería.
En cambio, en las estancias todo está un poco más aceitado, ya que cuidan de esos ciervos durante todo el año. O sea, los tienen cebados con piedras de sal y también existen grandes tendidos de alambrado olímpico para que los futuros machos en celo no se vayan tan lejos.
Es bueno aclarar que, en general, la caza del ciervo se realiza cuando el bicho está en pleno celo, o sea, bastante pelotudo. Ya fuera de este período de su vida resulta muy difícil cazarlo, y tampoco tendrá su cornamenta en esplendor, ya que para fines del invierno se produce el volteo de la misma, para luego, en primavera, comenzar a generar una nueva y más grande.
Cuando me tocó dejar la Seccional Lolog, debía transmitirle a mi sucesor los conocimientos adquiridos de esa enorme jurisdicción, que se caracteriza por tener los mejores cotos de caza de ciervo colorado.
Eso significaba salir a caballo por las distintas picadas o sendas que atraviesan arroyos y suben distintas montañas, hasta por encima de la línea de crecimiento de los típicos árboles de la cordillera, como la lenga, que llega ya en forma achaparrada hasta los 1.700 metros sobre el nivel del mar.
Fue entonces cuando, terminada la temporada de cacería, más o menos para fines de abril, quedamos de acuerdo con mi compañero guardaparque en realizar esa recorrida. Preparamos los caballos, monturas y maletas para afrontar algunas noches de frío cordillerano.
Salimos con la idea firme de llegar al refugio de cazadores de Rincón de los Pinos. Entiéndase que por acá se le dice pino a la Araucaria araucana.
La intención era hacer noche allí, considerando que los días ya eran bastante cortos y que debíamos contar con suficiente luz al llegar para juntar la leña que nos permitiera cocinar en la salamandra y, por supuesto, calentar el lugar, al menos hasta que uno se durmiera después de compartir unos buenos tragos de la infaltable bota de vino.
Ya habíamos dejado atrás el río Auquinco, que todavía permanecía bajo, ya que las lluvias de otoño habían sido escasas. Al paso seguro de nuestros caballos, íbamos enfilados entre paredes de caña colihue y algunos ñires, sabiendo que en breve estaríamos por divisar el techo de chapa del pequeño refugio.
Lo había construido un poblador del sector del lago Huechulafquen hacía muchos años, para lo cual se ocupó de trasladar con su catango y sus bueyes los materiales de construcción necesarios para que este lugar tuviera hasta un piso de cemento.
Estos personajes ya no existen. Eran, evidentemente, otros hombres. ¡¡¡Que no medían sus sacrificios y disfrutaban de la montaña con sus desafíos y nevadas, que muchas veces les impedían volver pronto al confort de sus ranchos!!!
De pronto, y para mi sorpresa, siento olor a humo, cosa que no debía suceder, y menos si este provenía del refugio al cual estábamos por llegar.
Solo había una respuesta: alguien que no debía estar allí evidentemente estaba encendiendo la estufa a leña.
Ahí nomás le digo a mi compañero que se prepare para un encuentro no deseado con posibles furtivos, al tiempo que desenfundábamos las viejas pistolas calibre .45 Ballester-Molina para meter bala en boca, como se dice habitualmente, ya que no es costumbre viajar con el arma lista para disparar por una cuestión de seguridad.
Divisamos el techo del refugio y la presencia de dos personas. Fue entonces cuando dije que, pasara lo que pasara, tendríamos que pasar la noche con esa gente, con la esperanza de que tan solo fueran caminantes aventureros.
Nos aparecimos de golpe, con las pistolas enfundadas y un fuerte y firme:
—Buenas tardes, ¿quiénes son ustedes? ¿Qué hacen acá?
Al tiempo que yo desmontaba para dirigirme, sin mediar preguntas, hacia el interior del refugio, que estaba con la puerta abierta y dejaba ver claramente un fusil de caza apoyado en la pared de madera, al costado de una ventana sin vidrio, pero con un plástico duro para que no entrara el viento helado.
Y ahí comenzó el amable diálogo con estos personajes, que no entendían cómo los habíamos sorprendido.
Por suerte, y al menos eso creo hasta hoy, no habían cazado nada. Venían desde Lagunita Verde, donde los habían dejado sus esposas para que pudieran hacer todo el sendero hasta Puerto Arturo y, según ellos, llevaban el arma por si los atacaba algún animal salvaje.
En medio de las preguntas y respuestas, yo ya le había quitado el cerrojo al fusil y los hombres aseguraban que no tenían otra arma. Les creímos, pero de todas formas teníamos que cumplir con nuestro deber y labrar la correspondiente acta de infracción, además de secuestrar el elemento de prueba.
Fue justo en ese momento cuando nos percatamos de que no habíamos llevado ni una libreta, ni un lápiz… nada.
Paso siguiente, mi compañero se aproxima con un prolijo pedazo de cartón y un carbón apagado. Y así fue como redactamos la infracción y el secuestro del cerrojo.
Ya aclarados los tantos, desensillamos los montados, los atamos con las sogas largas y los bozales para que pastorearan, luego de llevarlos a tomar agua del río.
Y como si fuéramos viejos compañeros, los cuatro juntamos más leña para la noche y, por supuesto, compartimos el vino y la cena.
Esta gente no conocía muy bien el lugar y, como andaban de a pie, me preocupaba más que llegaran bien a su destino que lo que pudieran haber cazado.
Cuando entré a Parques, me quedó bien clara una frase que leí en un libro de los Parques Nacionales de Estados Unidos: “Lo principal es cuidar a la gente del Parque y sus riesgos”.
Al otro día regresamos sin poder terminar nuestro programa de recorrida, pero satisfechos de haber sorprendido a los posibles cazadores, que en su debido momento se presentaron para pagar la infracción y recuperar su preciado fusil Máuser corto de caballería.
Creo que prefiero a ese hombre que todavía tiene ese espíritu de cazador… y no a aquel que no tiene ni idea de lo que significa caminar por las montañas desafiando el viento helado.
Llegado el momento, ese cazador va a defender mejor la necesidad de contar con áreas naturales donde no llega la señal del wifi.
