Puente Santa Fe–Santo Tomé: un pilote roto que retrata la mala calidad de la obra pública a pesar de sus sobreprecios

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La rotura de un pilote en la obra del nuevo puente Santa Fe–Santo Tomé encendió alarmas políticas, técnicas y económicas alrededor de uno de los proyectos de infraestructura más costosos impulsados por el gobierno provincial de Maximiliano Pullaro. Un pilote roto puede transformarse en mucho más que un problema de ingeniería: es el símbolo de una obra pública donde la propaganda, la deuda y las sospechas terminan pesando más que la confianza ciudadana.

Lo ocurrido no sorprende a nadie, es una falla derivada de un deficiente control en el hormigonado de pilotes encamisados. Nuevamente aparece el mismo problema: ausencia de inspección real y controles de calidad insuficientes.

La obra, presentada oficialmente como un «símbolo de modernización y desarrollo» para la región, supera los 37 mil millones de pesos y fue financiada mediante endeudamiento externo.

Luego se incorporaron nuevas partidas presupuestarias que elevaron el costo por encima de los 42 mil millones de pesos, una cifra que aun así continúa por debajo del presupuesto destinado a pauta oficial .

Sin embargo, el incidente ocurrido en plena ejecución volvió a poner bajo la lupa no solo la calidad de los trabajos, sino también el sistema de contratación y control de la obra pública santafesina.

Desde la Provincia se esmeran en insistir y mostrar la infraestructura como el eje central de gestión, pero la realidad golpea de frente y el episodio mostró la falta de controles y la utilización política de los recursos públicos, algo que es normal en la gestión de Santa Fe, exponiendo una situación alarmante: obras mal ejecutadas, controles deficientes, sobreprecios y fallas estructurales que terminan pagando los ciudadanos.

En paralelo, numerosos vecinos recibieron durante las últimas semanas folletería oficial destacando la “obra pública de calidad” impulsada por Pullaro, Enrico y su equipo. El contraste entre esa narrativa y la aparición de fallas estructurales en una obra multimillonaria provocó fuertes críticas desde distintos sectores políticos y sociales.

A esto se suma otra polémica: el gobierno provincial destinó para 2026 más de 46 mil millones de pesos en pauta oficial y publicidad para medios de comunicación, una cifra incluso superior al costo total del nuevo puente Santa Fe–Santo Tomé. Para muchos, esto refleja una estrategia destinada a intentar fortalecer el relato de gestión y reducir el impacto mediático de las críticas, más aún en un contexto preelectoral.

Las sospechas aumentan además por antecedentes vinculados al funcionamiento histórico de la obra pública en Argentina. Empresarios arrepentidos en distintas causas judiciales describieron mecanismos donde se inflaban presupuestos y posteriormente se reducían costos reales mediante menor cantidad de materiales, baja calidad de insumos o recortes en etapas constructivas. Esa diferencia económica terminaba convertida en retornos ilegales para funcionarios y empresarios.

En este contexto, se comienza a señalar la participación de firmas históricamente vinculadas al circuito de contratistas estatales. Entre ellas aparece Pietroboni, empresa mencionada en la histórica causa de corrupción en la obra pública, la «causa cuadernos» y considerada una de las constructoras con fuerte presencia en licitaciones de la provincia de Santa Fe.

También quedó expuesto el rol del intendente de Santa Fe, Juan Pablo Poletti, quien acompañó públicamente el proyecto y las presentaciones oficiales vinculadas a la obra. Desde sectores críticos sostienen que tanto Provincia como Municipio apostaron fuertemente al impacto político del puente como emblema de gestión, hipotecando generaciones futuras con tal de obtener algunos votos el año entrante, aunque ahora enfrentan cuestionamientos por las condiciones reales de ejecución.

La discusión ya no gira solamente alrededor de una falla puntual. El debate de fondo apunta a cómo se ejecuta la obra pública, quién controla los procesos y cuáles son las verdaderas prioridades presupuestarias en una provincia que continúa incrementando su nivel de endeudamiento, este episodio de «obra pública golpeada» llama a los santafesinos a pensar los criterios de adjudicación, los mecanismos de auditoría y la transparencia en los controles técnicos que manejan Enrico y Pullaro.

Y en medio de todo aparece una pregunta inevitable: ¿se están cumpliendo efectivamente las normas IRAM y los estándares técnicos exigidos para una obra de esta magnitud?

Porque las normas IRAM no son un simple trámite burocrático. Son parámetros diseñados para garantizar calidad estructural, seguridad, resistencia de materiales y procedimientos adecuados de construcción. Cuando una obra multimillonaria presenta fallas antes de finalizarse, resulta lógico que la sociedad empiece a preguntarse si los controles fueron realmente rigurosos o si nuevamente el marketing político avanzó más rápido que la calidad técnica.

La realidad de la infraestructura pública en Santa Fe es alarmante

Detrás de cada pavimento roto, cada socavón o cada obra que debe rehacerse, aparece un mismo patrón: quienes tienen la responsabilidad de controlar e inspeccionar, simplemente no controlan.

La obra pública viene desarrollándose desde hace años bajo un esquema donde el Estado termina absorbiendo todos los costos de la ineficiencia. Las empresas cobran con demoras eternas, los certificados se pagan fuera de término y eso termina impactando en el valor final de las obras. A eso se suman las constantes redeterminaciones de precios, que casi siempre resultan desfavorables para el Estado y beneficiosas para los contratistas.

¿El resultado? Obras más caras, de peor calidad y con plazos eternos.

El caso del Túnel Subfluvial: una obra que deberá rehacerse

Uno de los ejemplos más graves es el de la repavimentación de hormigón del Túnel Subfluvial, una obra presupuestada en alrededor de 600 millones de pesos y con un plazo original de ejecución de seis meses.

Hoy, gran parte de esos trabajos deberán volver a hacerse debido a la mala calidad del hormigón colocado.

Lo que debía resolverse en medio año terminará demandando, en el mejor de los escenarios, más de un año de obras, complicando el tránsito y perjudicando diariamente a miles de usuarios.

Las críticas apuntan directamente al Arquitecto Espinosa, Director Técnico del Ente, y al Ingeniero Sebastián Caminos, señalados por no haber realizado los controles técnicos necesarios durante la ejecución de la obra.

Mientras tanto, los usuarios siguen pagando religiosamente el peaje, todavía de manera manual y en efectivo, sin la implementación plena de sistemas electrónicos modernos como existen en gran parte del país y que deberían funcionar por ley.

Un sistema sin responsables

El problema no es solamente económico. También es estructural e institucional. En muchos casos, las inspecciones técnicas parecen existir únicamente en los papeles. Maximiliano Pullaro como gobernador, Lisandro Enrico como Ministro de Obras Públicas y Guillermo Boggia como director de la obra deben responder a la seguridad de los santafesinos, sin embargo, denuncias por notables sobreprecios en la ejecución de la obra, alimentan cada vez más las sospechas sobre un sistema donde el costo político y económico termina recayendo sobre los contribuyentes y las responsabilidades se diluyen dentro del aparato estatal, los funcionarios de turno terminan cubriéndose entre sí mientras nadie responde por los errores.

Desde hace meses, este medio «El Liberador» viene publicando investigaciones, informes y denuncias sobre presuntas irregularidades en la obra pública impulsada por el gobierno de Maximiliano Pullaro y el ministro Lisandro Enrico. Sobreprecios, licitaciones cuestionadas, pliegos ultradireccionados, contratistas repetidos y un fuerte incremento del gasto en infraestructura forman parte de una serie de publicaciones que advertían sobre la falta de controles y transparencia en distintas obras provinciales. La aparición de fallas en el puente Santa Fe–Santo Tomé vuelve a poner esas advertencias en el centro de la discusión pública.

Al mismo tiempo, crecen las contradicciones en el discurso oficial. Mientras el gobierno provincial reclama permanentemente más recursos a la Nación y acusa al gobierno nacional de “abandonar” a Santa Fe o de no financiar obras estratégicas, la Provincia destina cifras multimillonarias a pauta oficial, publicidad política y campañas de comunicación. La pregunta que empieza a hacerse cada vez más gente es simple: si la prioridad real es la infraestructura y el desarrollo, ¿por qué se gasta más dinero en blindaje mediático que en garantizar controles técnicos, calidad y transparencia en obras que endeudan a generaciones enteras?

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Ludmila Radolovich
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