El toque K: piso total del Boca de Riquelme y la maldición de todo lo que toca el kirchnerismo
Eliminado de la Copa Libertadores en fase de grupos por primera vez en 32 años, con la Bombonera silbándolo y el clásico rival festejando, Riquelme encarna con precisión quirúrgica un síndrome conocido: la facilidad de criticar desde afuera y la incapacidad de construir desde adentro.
Había una sola cosa que Juan Román Riquelme parecía saber hacer mejor que jugar al fútbol: criticar.
Durante años, desde la comodidad del palco o de la pantalla televisiva, el ídolo xeneize construyó su reputación de dirigente en potencia sobre la base de señalar lo que otros hacían mal. Los técnicos equivocados, las contrataciones fallidas, la falta de proyecto. Siempre tenía la respuesta. Siempre sabía cómo se hacía.
Hasta que le tocó a él.
Y entonces la Bombonera entera empezó a comprender que hay una diferencia enorme entre saber criticar y saber conducir.
Boca Juniors quedó eliminado de la Copa Libertadores 2026 en fase de grupos, algo que no le ocurría desde hacía 32 años, tras caer 1 a 0 de local ante Universidad Católica de Chile, un equipo que convirtió en su única llegada de peligro en todo el partido.
No fue una derrota digna. Ni siquiera una derrota competitiva. Fue una actuación que la prensa definió como “una oda a la imprecisión y el apuro”.
El Xeneize cerró el torneo sin ganar sus últimos cuatro partidos, con tres derrotas, y terminó tercero en su grupo, por detrás de los propios chilenos y de Cruzeiro de Brasil. Ahora deberá disputar un repechaje de la Copa Sudamericana ante O’Higgins, también chileno, en lo que constituye una de las caídas más estrepitosas del club en su historia reciente a nivel continental.

El desastre en números
- Los datos ayudan a dimensionar el derrumbe:
- Boca quedó eliminado en fase de grupos de la Libertadores por primera vez en 32 años.
- Cerró el torneo con cuatro partidos sin ganar y tres derrotas.
- Cayó 1 a 0 de local ante Universidad Católica de Chile, que convirtió en su única llegada de riesgo.
- Empató de local con Cruzeiro en la fecha anterior.
- Terminó tercero en el Grupo D, detrás de Universidad Católica y Cruzeiro.
- Fue eliminado en octavos de la Liga local por Huracán, que también cayó en la ronda siguiente.
- La Bombonera despidió al equipo con una catarata de silbidos.
Pero esto no comenzó anoche. La eliminación en la Libertadores fue apenas el capítulo final de un semestre para el olvido.
En el torneo local, Boca ya había quedado eliminado en octavos de final ante Huracán, perdiendo 3 a 2 en la propia Bombonera. Para dimensionar la magnitud del golpe: el equipo que lo dejó en el camino fue eliminado en la siguiente instancia.

No hubo rival inexpugnable. No hubo épica ajena. No hubo una derrota gloriosa.
Hubo, simplemente, un Boca que no alcanzó.
Riquelme pasó de ser el ídolo intocable al receptor de todos los silbidos. De la ovación perpetua al insulto generalizado. En tiempo récord.
El síndrome del kirchnerismo aplicado al fútbol
No es casual que la gestión de Riquelme en Boca reproduzca, con notable fidelidad, algunos de los rasgos que el kirchnerismo instaló en la política argentina: la vocación por el relato por encima de los resultados, la confusión entre identidad simbólica y capacidad real de gestión, y la tendencia a señalar enemigos externos cuando los problemas son internos.
Como todo dirigente formado en la lógica del relato, Riquelme llegó al poder montado sobre la épica, la nostalgia y el mito de su propia grandeza futbolística. Y como tantas veces ocurre en la política, confundió esa grandeza personal con una habilidad automática para conducir instituciones.

El vínculo entre Riquelme y el kirchnerismo no es una metáfora aislada ni una asociación caprichosa: su cercanía política con ese espacio es conocida. También lo es su alianza con Claudio “Chiqui” Tapia al frente de la AFA, una de las dirigencias más cuestionadas del fútbol argentino.
Tapia es, en el universo futbolístico nacional, una expresión perfecta de ese poder que se protege a sí mismo, distribuye favores y disciplina disidencias. Con ese paraguas político e institucional, Riquelme llegó a Boca y gobernó.
Y con ese paraguas, fracasó igual.
Porque la cobertura de la AFA no alcanza para ganar partidos. Porque tener respaldo político no hace más sólido al equipo en defensa. Porque las amistades con quienes manejan el fútbol argentino no sustituyen a un proyecto deportivo serio.
El Boca de Riquelme tiene todos los apoyos externos posibles, pero exhibe una de las peores performances de su historia reciente en torneos internacionales.
Tener al establishment del fútbol argentino de tu lado no alcanza para ganar partidos. Como en la Argentina kirchnerista: se puede tener todo el Estado y aun así dejar ruinas.
El crítico que no soporta la crítica
Hay algo profundamente kirchnerista también en la forma en que Riquelme procesa —o más bien, no procesa— las adversidades.
El kirchnerismo construyó durante años una narrativa en la que todos los fracasos tenían responsables externos: la derecha, los medios, el campo, el FMI, los poderes concentrados. Nunca la propia gestión. Nunca la conducción. Nunca los errores propios.
Riquelme parece replicar ese manual con precisión. Cuando hay problemas, el problema es el árbitro, la mala suerte, la cancha, el calendario o el contexto. El ídolo no puede ser el problema. La conducción no puede ser cuestionada.
Pero la Bombonera no opina lo mismo.
Esa misma Bombonera que alguna vez lo recibió como a un dios terrenal, que lo aplaudía de pie con la pelota parada y que lo elevó a la categoría de mito, esta semana lo despidió —junto con todo el plantel— con una catarata de silbidos y reprobación.
La gente de Boca, que no es precisamente moderada en sus afectos, llegó al límite. Y cuando el hincha de Boca silba a sus propios jugadores en la Bombonera, algo muy serio está pasando.
Para completar el cuadro, a pocas horas de esa derrota, River Plate festejaba su clasificación a la siguiente ronda de la Liga Profesional. El clásico rival no necesitó comentar nada: los resultados hablaron solos.
El festejo millonario fue, en sí mismo, el editorial más brutal sobre la gestión Riquelme.
La maldición que se repite
El kirchnerismo tiene una particularidad que lo volvió reconocible en la historia política argentina: la capacidad de arruinar incluso aquello que decía venir a salvar.
Gobernadores que prometieron justicia social y dejaron provincias endeudadas. Ministros que hablaron de cuidar el bolsillo y terminaron con inflación récord. Funcionarios que levantaron la bandera de la honestidad y acabaron procesados, condenados o sospechados por causas de corrupción.
El relato siempre fue más importante que el resultado.
Riquelme, alineado con ese universo político, reproduce la lógica a escala futbolística. Llegó a la presidencia de Boca con la legitimidad de una figura histórica, el apoyo de buena parte de los hinchas y la cobertura política de la AFA.
Y en ese camino transformó al club más grande del fútbol argentino en un equipo que no puede pasar la fase de grupos de la Libertadores, que pierde de local con Huracán en la Liga y que recibe silbidos en su propia cancha.
El toque K, en definitiva, parece tener el mismo efecto en una cancha de fútbol que en un ministerio: convierte el capital heredado en decadencia administrada.
Lo que Riquelme no comprende —o no puede comprender, porque aceptarlo implicaría revisar todo— es que la grandeza pasada no garantiza competencia presente.
Haber sido uno de los mejores futbolistas de su generación no lo convierte automáticamente en un dirigente capaz. La narrativa del ídolo no alcanza para ganar partidos de Copa Libertadores. La historia no marca goles. La nostalgia no arma planteles. Y la camiseta no compensa la falta de conducción.
La Bombonera, al final, solo recuerda lo último.
Y lo último, esta vez, fueron los silbidos.
El kirchnerismo no destruye solo por maldad: destruye porque confunde identidad con capacidad, mito con gestión y nombre propio con resultado. Riquelme parece haber aprendido demasiado bien esa lección.
El veredicto de la Bombonera
La historia juzgará a Riquelme, como ya está juzgando al kirchnerismo.
Por ahora, la Bombonera tiene el veredicto más inmediato y más honesto: silencio roto por silbidos, ovaciones convertidas en reclamos y un ídolo que se fue achicando partido a partido hasta que el estadio que más lo amó comenzó a decirle lo que nadie quería decir en voz alta.
Que no alcanza con haber sido grande.
Que conducir es otra cosa.
Que el fútbol, como la política, cobra factura.
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