Ámsterdam: La marcha del Orgullo se llenó de banderas palestinas apenas días despues del atentado islamita en Berlín
La marcha del Orgullo en Ámsterdam se llenó de banderas palestinas días después de que un extremista islámico de ISIS asesinara a una mujer en la celebración similar de Berlín. Este hecho expone la contradicción de la izquierda suicida que apoya fervorosamente a una causa y religión cuyos regímenes en Gaza penalizan la homosexualidad con la cárcel y la muerte.
Mientras la capital alemana aún limpiaba la sangre de un atentado terrorista perpetrado por un extremista de ISIS contra la comunidad LGBTQ+, sectores de la izquierda europea redoblan su apoyo a Gaza. El insólito cortocircuito de quienes defienden a regímenes que penalizan la homosexualidad con la muerte.
Europa atraviesa un momento de profunda fractura cultural y política, donde las ideologías parecen chocar frontalmente contra la realidad. El reciente fin de semana ha dejado expuesta, con una brutalidad inusitada, la que quizás sea la contradicción más grande del progresismo occidental moderno: el inquebrantable apoyo de ciertos sectores de izquierda y colectivos LGBTQ+ hacia el fundamentalismo islámico y la causa palestina.
El contraste de las imágenes es escalofriante. Mientras en Berlín se lloraba a las víctimas de una masacre perpetrada por un terrorista islámico en plena celebración del Orgullo Gay, en Ámsterdam, a escasos días de diferencia, miles de manifestantes de la misma comunidad marchaban ondeando banderas palestinas y estandartes islámicos, invisibilizando casi por completo la clásica bandera del arcoíris.
El horror en el Tiergarten
Para entender la magnitud del absurdo, es necesario retroceder al 25 de julio. Lo que debía ser el cierre festivo del Christopher Street Day (CSD), la emblemática Marcha del Orgullo en Berlín, terminó en una carnicería. En el parque Tiergarten, una furgoneta embistió deliberadamente a la multitud. No conforme con el atropello, el atacante descendió del vehículo y arremetió contra las víctimas con un machete.
El saldo fue desgarrador: una mujer asesinada y al menos 29 heridos, tres de ellos en estado crítico. El ministro del Interior alemán, Alexander Dobrindt, no utilizó eufemismos: “Estamos frente a un ataque terrorista islamista”. El asesino, abatido por la policía, fue identificado como Abdul Ballout, un joven de 21 años de ascendencia libanesa en cuyo teléfono móvil se encontró un video jurando lealtad al grupo terrorista ISIS.
El ataque fue un mensaje directo, violento y letal contra la comunidad homosexual, motivado por un fanatismo religioso que no tolera su existencia.
La paradoja de Ámsterdam
Cualquiera esperaría que un atentado de esta magnitud generara una ola de repudio unánime hacia el extremismo islámico por parte de los colectivos por la diversidad. Sin embargo, la respuesta en la Canal Pride de Ámsterdam, celebrada el 28 de julio, fue un despliegue masivo de banderas de Palestina.
Bajo el cántico “No pride with genocide” (No hay orgullo con genocidio), activistas occidentales exigieron el fin de la guerra en Gaza, criticando al gobierno neerlandés y a Israel. La escena provocó la indignación de analistas internacionales. El psicólogo evolucionista Gad Saad calificó el fenómeno como un caso de «empatía suicida», mientras que la activista Brigitte Gabriel fue más contundente, tildando la actitud de «enfermedad mental» ante la fresca tragedia berlinesa.
La izquierda europea parece haber caído en una ceguera ideológica incomprensible. Sectores críticos señalan la ridícula paradoja de personas homosexuales occidentales apoyando fervorosamente a una sociedad gobernada por Hamás. En la Franja de Gaza, la homosexualidad no solo está severamente criminalizada, con penas de hasta 10 años de prisión, sino que es perseguida y castigada con ejecuciones extrajudiciales y violencia extrema. Si estos mismos manifestantes que marcharon en Ámsterdam caminaran por las calles de Gaza con su orientación sexual al descubierto, su destino sería la cárcel o la muerte.
El choque de realidades en las calles
El absurdo no termina en la teoría; se palpa en la práctica. En las últimas semanas se han registrado múltiples incidentes en Ámsterdam y otras capitales europeas donde activistas con banderas LGBTIQ+ intentaron sumarse a marchas pro-palestinas y terminaron siendo expulsados, escupidos o increpados por los propios manifestantes de origen musulmán. La alianza interseccional que la izquierda intenta forzar en sus laboratorios sociológicos se desmorona en las calles, donde el conservadurismo religioso islámico rechaza de plano a quienes intentan apoyarlos.
A pesar de esto, una facción de la izquierda radicalizada persiste en su narrativa. Parecen haber adoptado un sesgo sistemático en contra de Occidente —y un feroz repudio hacia Israel, el único país de Medio Oriente con derechos plenos para la comunidad LGBTQ+—, al punto de romantizar ideologías que buscan su destrucción.
Colectivo suicida

Este cortocircuito progresista se enmarca en una crisis europea mucho mayor. Las políticas de fronteras abiertas y la recepción masiva de inmigración proveniente de países con culturas profundamente incompatibles con los valores liberales occidentales están pasando factura.
Desde la llegada del Islam a Europa vemos el aumento de las tasas de criminalidad, robos con violencia y alarmantes cifras de agresiones sexuales hacia las mujeres. Estos números, muchas veces silenciados o minimizados por lo políticamente correcto, reflejan el fracaso de los modelos de asimilación.
Sin embargo, el ala más dura del progresismo continúa defendiendo estas políticas. Festejan la diversidad cultural mientras ignoran que están importando una intolerancia radical que ya ha empezado a cobrarse vidas en sus propias marchas festivas.
La masacre de Berlín y el desfile de Ámsterdam quedarán en la historia reciente de Europa como la radiografía de una época oscura: el momento en que las víctimas decidieron marchar levantando la bandera de sus propios verdugos.
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